CD [Disco Compacto] de
Advance/Pulpit
Agotadas desde hace mucho tiempo pero recordadas con afecto, las revistas
Advance [Avance] y Pulpit [El púlpito] bendijeron a miles de ministros.
Ahora el archivo entero de Advance/Pulpit casi 40 años de información,
inspiración, ayudas, e historia está disponible para usted en CD separados.
En inglés solamente.
"Jamás seré pastor", declaró Pedro.
"Uno confía en las personas y ellas lo tratan tan mal
a uno."
Contemplé con asombro el triste y amargado rostro de mi
hijo de 9 años y me embargó una repentina ola de culpa.
La prueba por fuego que yo experimentaba era tan dolorosa que me
había olvidado que había otros en la familia que podrían
estar sintiendo el calor.
"Nunca creí que los Pérez se fueran", musitó.
"Yo tampoco nunca creí que se fueran, hijo", contesté.
Era cierto. Dana era mi mejor amiga. Ella y Juan habían
estado en la iglesia desde que mi esposo Pablo había tomado
el pastorado hacía años. Eran nuestros más
leales defensores y compañeros más cercanos en la
obra.
Luego Juan no estuvo de acuerdo con una posición doctrinal
que Pablo tomó. A pesar de ser suave de voz y humilde, Pablo
jamás cambia de parecer sobre lo que cree ser la verdad en
la Palabra de Dios. Una temerosa noche la situación culminó.
Dana y Juan llegaron a nuestra casa dispuestos a arreglar el asunto
de una vez y por todas. Cuando se encontraron cara a cara con razones
bíblicas que no pudieron impugnar, el desacuerdo pasó
de ser doctrinal a ser personal.
"Tú eres muy reducido de opinión y legalista",
dijo Juan paseándose enojado por la sala. "No creemos
que estamos siendo alimentados espiritualmente. Nos iremos y buscaremos
una iglesia que satisfaga nuestras necesidades."
Dana se unió a las quejas algunas válidas
y otras insignificantes, pero todas presentadas con condena.
Yo estaba devastada. ¿Cómo podían aquellos en
quien confiábamos comportarse tan malignamente? ¿Cómo
podían nuestros miembros más leales traicionarnos
tan de repente? Estaba tan aturdida que nunca pensé en nuestros
hijos, que fácilmente podían oir las fuertes e iracundas
voces a través de las delgadas paredes de nuestra pequeña
casa.
Pablo estaba ofendido, pero siguió como siempre cumpliendo
con su ocupado horario de siervo. Yo no. Por días estuve
perdida en una neblina de depresión. ¿Cómo podía
volver a confiar en nadie? ¿Acaso estaba destinada a no tener
amigos por el resto de mi vida?
Anduve taciturna hasta que la evidente amargura de Pedro me sacó
de mi autoconmiseración. Entonces vi que nuestros otros tres
hijos también estaban sufriendo. Pablo, hijo y Elizabeth,
de 11 y 13 años, estaban en una edad particularmente vulnerable.
Hasta Rebeca con 7 años de edad, se daba cuenta del conflicto.
Pero yo no sabía qué decir. No quería que mis
hijos se amargaran, como muchos otros hijos de pastores que yo había
conocido, pero no sabía cómo ayudarlos a salir adelante.
El pastorado era como aguas inexploradas para mí. Mis padres
no iban a la iglesia cuando era niña, y yo asistía
sólo cuando alguien me invitaba. No tenía ni la menor
idea de cómo relacionarme con estos hijos de pastor míos.
Así que busqué refuerzos. La familia de Pablo, al
contrario de la mía, había sido fiel en la iglesia
durante toda la niñez de él.
"¿Cómo reaccionabas cuando había conflicto
en la iglesia?" le pregunté.
"Nunca me dí cuenta. Mis padres nunca hablaban frente
a nosotros de los problemas de la iglesia."
Vi la sabiduría de eso. Después de todo, algunos
problemas son de tamaño para los padres, demasiado grandes
para los chicos. Pero eso no ayudó mucho en nuestro caso.
Todos se daban demasiada cuenta de la situación. ¿Qué
podía hacer yo ahora? Le pedí consejo a un amigo.
Él se había criado en un pastorado, y ahora pastorea
una iglesia.
"Los muchachos perciben tus reacciones", me dijo. "Papá
y mamá no hablaban de los conflictos de la iglesia en presencia
nuestra. Cuando teníamos que saberlo, papá expresaba
mucha calma. Decía que servir al Señor no siempre
era fácil, y que siempre habría personas que nos desilusionarían.
Papá decía, y lo demostraba con su comportamiento,
que Dios es fiel y que nos ayudaría cuando sufriéramos."
Eso en realidad me hizo retorcerme. Con razón mis hijos
habían tomado tan a pecho la situación con los Pérez.
Debimos haberles explicado con calma la situación, dándoles
tanta información como fuera necesaria y no más. En
vez de eso, habíamos dejado que se formaran sus propias conclusiones
de las cosas que habían oido. Además, yo no había
hecho nada más que llorar y andar taciturna por días.
Pero no quería que se amargaran, de modo que decidí
proyectar una actitud correcta, sin importar lo que en realidad
sintiera.
Al día siguiente hice wafles un desayuno de celebración
tradicional.
"¿A qué se debe la ocasión?" preguntaron
los chicos.
"He decidido no pensar más en los Pérez",
les dije. "Estamos aquí para servir al Señor,
no para ganar un concurso de popularidad. La gente nos puede desilusionar,
pero Dios jamás. Así que, ¿por qué preocuparnos?"
Los niños respondieron con sonrisas de alivio y se comieron
sus wafles con obvio deleite. Por supuesto que me observaban para
ver si mi actitud mejorada pesistiría. Me propuse demostrar
alegría y cumplir con el trabajo que había descuidado.
Para mi sorpresa, me di cuenta que al demostrar alegría,
comencé a sentirme más alegre. Me di cuenta que las
palabras que seguía repitiendo sobre la fidelidad del Señor
eran ciertas. A mí me tocaba servirlo a Él, y servirlo
era en sí suficiente recompensa para mí.
Todo parecía ir bien, hasta que surgió un nuevo problema
unas semanas más tarde. Rebeca, nuestra hija menor, de repente
desarrolló un misterioso dolor de estómago que recurría
cada domingo.
"¿Qué sucede?" le pregunté por fin,
consolándola. "A ti siempre te ha gustado la escuela
dominical. ¿Es tu nueva maestra?"
"Algo así", admitió Rebeca. "Me gusta,
pero ¿qué si yo no le gusto a ella?"
Confusa, le pedí que explicara.
"Bueno, es que la Sra. Pérez era mi maestra antes,
y a veces decía que yo hablaba mucho en clase. Luego ellos
se enojaron y se fueron. Quizás si yo no hubiera hablado
tanto ella no se hubiera ido."
De repente el problema me pareció muy claro. Los niños
tienden a echarse la culpa por las cosas que suceden en su mundo.
Lo vemos a menudo en los hijos de los divorciados. "Si tan
solo yo me hubiera portado mejor", dicen, "quizás
papito no se hubiera ido."
Ahora veíamos esa tendencia en nuestra hija.
Yo le aseguré que el problema no tenía nada que ver
con ella.
"Pero ¿por qué se enojaron tanto con papito?"
preguntó, con sus grandes ojos azules llenándose de
lágrimas.
Respiré hondo, oré pidiendo sabiduría, y me
lancé a darle una explicación.
"A veces cuando las personas se encuentran con cosas que no
quieren creer, buscan razones para no creerlas. Si no pueden encontrar
ninguna, se enojan con el mensajero que les dice esas cosas. La
gente se enojó con los profetas y los apóstoles. Hasta
se enojaron con Jesús. Papito entiende que habrá gente
que a veces se enojará con él también."
Pareció aceptar la explicación, y pronto los dolores
de estómago del domingo por la mañana se convirtieron
en algo del pasado.
Llegó otra repercusión más de la prueba con
los Pérez. Pablo, hijo había crecido con Juanito Pérez
desde sus días en la sala cuna. Estaban en la misma clase
en la escuela, jugaban en el mismo equipo de pelota, y compartían
el mismo grupo de amigos. Cuando los padres de Juanito se fueron
de la iglesia, llevándose con ellos a Juanito, Pablo sintió
el vacío. Tampoco sabía cuál debía ser
su relación con Juanito.
"Supongo que no puedo invitar a Juanito a mi fiesta de cumpleaños",
dijo un día.
"No veo por qué no", le contesté. "Los
problemas que sus padres tuvieron fueron con tu padre, no contigo.
Estoy segura que le gustaría venir."
"Pero, me siento como un traidor si soy amigo de Juanito cuando
sus padres ofendieron tanto a papá."
"No tienes que defendernos a nosotros", le aseguré.
"Dios nos ha dado la gracia para perdonarlos. Tú no
tienes que preocuparte por eso. Queremos que seas amigo de Juanito
tal como siempre lo fuiste."
"Creo que lo voy a llamar para invitarlo", dijo, con
obvio alivio.
Aunque hubo unos cuantos momentos desagradables en el camino, él
y Juanito permanecieron buenos amigos hasta que los Pérez
se mudaron a otro estado y con el tiempo se llegó a perder
todo contacto con la familia.
Han pasado muchos años desde el incidente con los Pérez.
Aunque hemos tenido menos problemas de los que nos tocan (gracias
a la tierna dirección por Pablo de su manada) ha habido las
inevitables ofensas en el camino.
Tan solo el otro día Pablo vino con los hombros familiarmente
caídos por el desaliento. "Temo que vamos a perder a
los Martínez", dijo.
Inmediatamente me asaltó el enojo. Aquí estaba otra
familia que habíamos preparado y alimentado espiritualmente
con tanto cuidado, sólo para que se fueran cuando las cosas
no iban como ellos querían. Sentí deseo de dar una
fiesta de autoconmiseración e invitar a todos mis amigos.
Afortunadamente, ya sé comportarme mejor. Si quiero que
mis hijos sean vencedores, yo tengo que dirigir el camino siendo
vencedora al perdonar y tener fe. No se hace más fácil
con la práctica, pero al responder de una manera que agrada
a Dios se evita mucho dolor de corazón para mí
como también para esas personas importantes que viven con
nosotros en la casa pastoral.
-Suzanne Jordan Brown es una esposa de pastor
que vive en Oklahoma City, Oklahoma.