CD [Disco Compacto] de
Advance/Pulpit
Agotadas desde hace mucho tiempo pero recordadas con afecto, las revistas
Advance [Avance] y Pulpit [El púlpito] bendijeron a miles de ministros.
Ahora el archivo entero de Advance/Pulpit casi 40 años de información,
inspiración, ayudas, e historia está disponible para usted en CD separados.
En inglés solamente.
El Nuevo Testamento dice claramente que la iglesia cristiana es
una institución divinamente llamada. La palabra griega para
iglesia, ecclesia, significa “llamado a salir”.
Todo creyente que está en Cristo ha sido llamado.
Judas escribió su epístola “a los llamados”
(versículo 1*). El llamado del creyente
es “de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9).
Es también un llamado a echar “mano de la vida eterna”
(1 Timoteo 6:12). El apóstol Pablo rogó a los creyentes
que “andéis como es digno de la vocación con
que fuisteis llamados” (Efesios 4:1). Estos llamados son en
referencia al llamado que Cristo hace a todos los que reciben su
gentil oferta de salvación, pues Dios no quiere “que
ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”
(2 Pedro 3:9).
El llamado de Dios para ministerio
Pero hay otro llamado, y es al que presto atención en este
artículo. Es el llamado de Dios al ministerio. Pablo reconoció
este llamado cuando expresó su profunda gratitud a Cristo
Jesús que lo “fortaleció. . . porque me tuvo
por fiel, poniéndome en el ministerio” (1 Timoteo 1:12).
Más tarde Pablo identificó este llamado más
específicamente cuando escribió: “Para esto
yo fui constituido predicador y apóstol. . . y maestro de
los gentiles en fe y verdad” (1 Timoteo 2:7).
El primer orden de importancia al ministerio es el llamado mismo.
Esto se expresa en la serie de penetrantes preguntas que hace Pablo
en su carta a los Romanos: “¿Cómo, pues, invocarán
a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán
en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán
sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán
si no fueran enviados?” (Romanos 10:14,15). Sin el nombramiento
y la asignación del mensajero, el mensaje no se puede entregar.
Las Asambleas de Dios siempre ha reconocido que nuestro Señor
ha hecho provisión para un “ministerio divinamente
llamado y bíblicamente ordenado” (Constitución
de Las Asambleas de Dios, Artículo V, Sección 11). Cuando
se estudia el llamado de los profetas del Antiguo Testamento y el
de los apóstoles del Nuevo Testamento, es obvio que ninguno
de ellos solicitó su trabajo. Dios los llamó a todos
ellos, aunque sus llamados fueron de diversas maneras. Tenemos por
sagrado el soberano derecho de nuestro Señor Jesucristo para
llamar a sus mensajeros.
El llamado de Jesús a los doce
El llamado de los apóstoles originales por nuestro Señor
nos da un modelo para el llamado al ministerio hoy. Marcos 3:13-15
relata ese suceso: “Después subió al monte,
y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron
a él. Y estableció a doce, para que estuviesen con
él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad
para sanar enfermedades y para echar fuera demonios.”
“Subió al monte” (Marcos 3:13). Cristo buscó
el ambiente del monte para hacer su llamado. Dio a los discípulos
un sentido simbólico de la fortaleza, la supremacía,
y la santidad del nombramiento que recibían. Jamás
debemos olvidar que el llamado de Cristo al ministerio es un llamado
supremo (Filipenses 3:14), un llamado santo (2 Timoteo 1:9), y un
llamado celestial (Hebreos 3:1). Jamás se debe tratar como
algo mundano o insignificante.
Jesús llamó “a sí a los que él quiso” (Marcos 3:13).
Como la cabeza de la Iglesia, Cristo se reserva para sí el
derecho de determinar quiénes serán sus embajadores.
El llamado a predicar todavía proviene directamente del Maestro
mismo. A Jeremías Dios dijo: “Antes que te formase
en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué,
te di por profeta a las naciones” (Jeremías 1:5).
“Y vinieron a él” (Marcos 3:13). Cristo siempre tendrá
gente que predique su Palabra, que responderá a su llamado
y que aceptará con gusto su desafío. El asunto es,
“¿Seré yo?” ¿Diré “heme
aquí, envíame a mí”? (Isaías 6:8).
¿Obedeceré cuando El llame?
“Y estableció a doce” (Marcos 3:14). Había
muchos discípulos más, pero El comisionó a
12. Cristo es el que ordena al ministerio. El declaró: “Como
me envió el Padre, así también yo os envío”
(Juan 20:21). Otra vez dijo: “No me elegisteis vosotros a
mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto
para que vayáis y llevéis fruto” (Juan 15:16).
El llamado de Dios hoy
Las Asambleas de Dios otorga credencial para predicar el evangelio,
reconociendo así el llamado de Dios en la vida del ministro.
Pero sólo la Cabeza de la Iglesia, nuestro Señor Jesucristo,
tiene la autoridad de asignarnos un deber tan sagrado. Solo El puede
otorgar el divino derecho de representar su causa.
En nuestro ambiente cultural norteamericano de hoy, el ministerio
se enfrenta con tiempos muy perturbadores. Los ministros están
pasando por el desaliento y la desilusión en proporciones
mayores. La investigación de James Dobson ha indicado que
40 por ciento de todos los pastores estarán fuera del ministerio
dentro de 5 a 10 años.
Para los ministros que están contemplando dejar el ministerio este
es un momento oportuno para volver a evaluar el llamado que Dios
les ha hecho y cumplir con ese llamado. El título de este artículo,
“Recupere su llamado al ministerio”, indica al ministro el camino
hacia una renovación de su** llamado original,
cuando el Señor le dio por primera vez una comprensión
de su propósito para su vida.
Debemos comprender que no es el Señor el que ha cambiado
sus intenciones para con nosotros. Como dice James Moffatt en su
traducción de Romanos 11:29: “Puesto que Dios nunca
se arrepiente de sus dones y su llamado.” Nos toca a nosotros
recuperar lo que hemos dejado que se nos escape. Lo bueno es que
es posible reavivar, reinvigorar, y reponer lo que hemos perdido
si nos arrepentimos y volvemos a dedicarnos a nuestro soberano Señor.
Por supuesto que lo mejor es atesorar y proteger nuestro llamado
para no permitr que el mundo, la carne, ni el diablo nos roben aquello
a lo que el Señor nos ha llamado.Todo ministro debe permanecer
alerta para mantener el llamado y evitar la erosión que tanto
prevalece hoy.
Recupere la divina asociacion
Jesús llamó a sus discípulos “para que
estuviesen con él” (Marcos 3:14). El primer elemento
de un llamado es que podamos tener una divina asociación
con el que nos llamó. Jesús quiere que sus ministros
tengan una relación especial con El para que lo conozcamos,
no que sólo sepamos algo sobre El. Y El quiere estar cerca
de nosotros, y El quiere que nosotros estemos con El.
Los judíos, al ver la conducta y el ministerio de los apóstoles,
“les reconocían que habían estado con Jesús”
(Hechos 4:13). Jesús quiere que nos contagiemos de El para
que nos comportemos, pensemos, y vivamos como El. Cristo habló
de una relación especial con sus ministros: “Tenía
en su diestra siete estrellas. . . las siete estrellas son los ángeles
de las siete iglesias” (Apocalipsis 1:16,20). Los ministros
están en su mano derecha para ser observados, animados, instruídos,
corregidos, y ungidos para el servicio al que han sido llamados.
Es importante que el ministro vuelva a examinar lo que lo motivó
a entrar al ministerio. Si ha entrado al ministerio como a una profesión,
una preferencia sobre otras profesiones, un deseo de hacer el bien,
un medio de ganarse la vida, o por la influencia o el consejo de
amigos o ministros, entonces por favor salga de él. Debemos
evaluar sinceramente nuestros motivos. Si el ministerio es sólo
nuestra ambición personal, hay razón para concluir
que no es un llamado divino.
El llamado divino exige que pasemos tiempo en oración y
en comunión con nuestro Señor. Los apóstoles
señalaron esto cuando dijeron: “Y nosotros persistiremos
en la oración y en el ministerio de la palabra” (Hechos
6:4). El Dr. Chalmers declaró que la mayoría de los
fracasos en el ministerio se deben, no a una falta de visión,
de estudio, o de actividad organizacional, sino a la falta de oración.1
Esto es cierto hoy. Una falta de pasar tiempo con Jesús pronto
llevará al ministro al desconsuelo y a abandonar el ministerio.
El ministro que quiere recuperar su llamado al ministerio debe
volver a establecer la vital íntima relación con el
que hizo el llamado. El consumidor celo del apóstol Pablo
por su llamado lo hizo decir: “Porque me es impuesta necesidad;
y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1
Corintios 9:16).
Recupere la divina asignacion
Marcos nos dice que Jesús llamó a sus discípulos
“para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar”
(Marcos 3:14). El segundo elemento de un llamado divino es que aceptemos
la divina asignación de ir “por todo el mundo y predicad
el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15), y de hacer “discípulos
a todas las naciones” (Mateo 28:19).
Predicar es una parte vital del evangelio. Pablo declaró
que Dios no lo había mandado a bautizar “sino a predicar
el evangelio” (1 Corintios 1:17). Añadió que
Dios “a su debido tiempo manifestó su palabra por medio
de la predicación” (Tito 1:3). Como dijo el pastor
Odunaike de Nigeria, “Los apótoles tomaban en serio
la predicación y así debemos hacerlo nosotros los
pentecostales. No es sólo un poquito de aderezo en la ensalada
de un culto evangelístico. La predicación es el plato
principal.”
Predicar no está en declive como sugieren algunos. Jesús
no ha anulado esta divina tarea. El dijo: “Y será predicado
este evangelio del reino en todo el mundo; para testimonio a todas
las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14).
En su libro A Guide to Preaching, R.E.O. White señala lo
que la predicación ha llegado hoy. “Para algunos es dogmatismo opinionado,
una agresiva expresión de sí mismo que busca el ego, un pavo real
paseándose para relucir su plumaje y el inocente alivio de un esposo
tiranizado.” Pero identifica lo que debe ser la predicación: “Un
acto de adoración en el que la verdad divina se explora y se proclama
de fe a fe, en el poder del Espíritu Santo con miras a la persuasión
y a la decisión.”2
Muchos ministros hoy se han desilusionado por lo que han permitido
que se convierta su predicación y su consiguiente fracaso en el
púlpito. El obispo Quayle pidió a sus ministros la definición de
predicar: “¿Es el arte de hacer un sermón y entregarlo? ¿O es el
arte de hacer un predicador y entregar eso?” Añadió: “No es problema
predicar, pero es un vasto problema formar a un predicador. Recuerden
que nada sucedió cuando Giezi fue enviado con el báculo de Eliseo
para resucitar al muerto. El poder del báculo fue anulado por las
manos que lo sostenían.”3
Para que un ministro recupere su llamado a predicar, debe permitir
que el Espíritu Santo revele la verdad de las inspiradas
Escrituras, que son el fundamento de la predicación. A menos
que el ministro tenga la confianza de que la Palabra de Dios es
inerrante, inspirada, e infalible, no se logrará la eficaz
predicación. El ministro que es llamado de Dios debe saber
que no sólo deber preparse el mensaje, sino que también
se debe preparar al mensajero.
Recupere una divina autoridad
Jesús dio autoridad a sus discípulos “para
sanar enfermedades y para echar fuera demonios” (Marcos 3:15).
El tercer elemento del llamado divino es que reconozcamos la necesidad
del poder de Dios para cumplir con el ministerio al que Cristo nos
llamó. Recibimos autoridad por medio de la sangre del sacrificio
de Cristo, el bautismo en el Espíritu Santo, y la Palabra
de Dios.
Jesús dijo: “Toda potestad me es dada en el cielo
y en la tierra” (Mateo 28:18). Es en la utoridad de El que
se espera que el ministro cumpla con su comisión. Pablo escribió
que “el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder”
(1 Corintios 4:20), y que los siervos de Cristo han de fortalecerse
“en el Señor, y en el poder de su fuerza” (Efesios
6:10).
Si es que el ministro ha de predicar con éxito esta verdad
a los demás, debe conocer personalmente el poder que tiene
la sangre de Cristo para redimir. Jesús prometió que
“recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros
el Espíritu Santo” (Hechos 1:8). Sin embargo, algunos
ministros pentecostales se han frustrado porque funcionan con un
rito de Pentecostés sin las manifestaciones del Espíritu.
Esto sólo puede llevar a la desesperanza y a la resignación.
El apóstol Pablo nos ofreció un modelo cuando describió
su predicación en 1 Corintios 2:4: “y ni mi palabra
ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana
sabiduría, sino con demostración del Espíritu
y de poder.” Busquemos con ahínco el poder del Espíritu
Santo en nuestro ministerio, y será el gozo de nuestro Señor
ayudarnos a recuperar la unción en nuestra predicación.
El poder que existe en la Palabra de Dios predicada se ve en el
testimonio de Jesús cuando visitó la sinagoga en Nazaret.
El dijo: “El Espíritu del Señor está
sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas
a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner
en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable
del Señor” (Lucas 4:18,19). El pueblo “se admiraba
de su doctrina, porque su palabra era con autoridad” (Lucas
4:32).
Sin el llamado de Dios el ministro no puede hacer frente a los
poderes de las tinieblas en este mundo, pues la autoridad del ministro
reside en el llamado. El ministro que ha perdido la unción
en su vida debe tratar con ahínco de recuperar el llamado.
Si no lo hace, experimentará continuo desaliento al tratar
de ministrar el evangelio sin esa seguridad. Es lo mismo que tratar
de funcionar en el ministerio con el llamado de otro. ¿Recuerda
a los siete hijos del sacerdote judío llamado Esceva? Pensaron
que podían echar fuera a un espíritu malo por medio
del llamado de Pablo. El espíritu malo dijo: “A Jesús
conozco, y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes
sois?” (Hechos 19:15). Lo que sucedió después
no es bonito.
El ministro no puede tener ningún ministerio aparte de su
propio llamado en Cristo. Si ese llamado está en duda, es
que el ministro se ha desconectado de su fuente de autoridad y poder.
Conclusión
El llamado de Dios es para ser cumplido por un hombre o una mujer
de Dios. Cuando Pablo llamó a Timoteo “Oh hombre de
Dios” (1 Timoteo 6:11), usaba un título que se refería
al que estaba totalmente entregado a los propósitos de Dios.
El ministro debe proteger el llamado de Dios al seguir “la
justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre”
(1 Timoteo 6:11). Debemos mantener nuestra vida y nuestro ministerio
sin mancha hasta que Jesucristo, el que nos ha llamado, aparezca
otra vez (1 Timoteo 6:14).
James K. Bridges es tesorero general
de Las Asambleas de Dios, Springfield, Missouri.
*Las referencias bíblicas son de la Nueva Versión
Internacional.
Endnotes
James S. Stewart, Heralds of God (Vancouver: Regent College
Publishing, 2001), 202.
R.E.O. White, A Guide To Preaching (Grand Rapids: W.B.
Eerdmans Publishing, 1973).