CD [Disco Compacto] de
Advance/Pulpit
Agotadas desde hace mucho tiempo pero recordadas con afecto, las revistas
Advance [Avance] y Pulpit [El púlpito] bendijeron a miles de ministros.
Ahora el archivo entero de Advance/Pulpit casi 40 años de información,
inspiración, ayudas, e historia está disponible para usted en CD separados.
En inglés solamente.
Acababa de aceptar el llamado a la Primera Iglesia.* Aunque el
lugar de mi nuevo cargo era rural, la iglesia era grande e histórica.
Algunos de los mejores y más brillantes pastores que la denominación
ofrecía me habían precedido en ese púlpito.
Durante sus días de gloria la iglesia se jactaba de un popular
ministerio por televisión, mega producciones, y sobresalientes
ofrendas misioneras. Había sido una de las iglesias más
grandes dentro de la confraternidad. Pero todo eso estaba en el
pasado.
Mi predecesor había sido despedido por su larga relación
adúltera con una mujer de la iglesia. ¿Dije que había
sido despedido? No, eso no lo dice todo. Fue despedido en el momento.
Se le despojó de sus credenciales ministeriales. No volvió
a la iglesia para despedirse ni para pedir perdón. Sin notificar
al distrito, sacó todo de su oficina y de su casa a medianoche
y se fue lejos. El periódico sacó una noticia sobre
su partida en la página principal junto con una foto suya.
Un domingo la iglesia tenía pastor; el próximo domingo
la iglesia era informada por un líder de la denominación
de cosas que ninguno quería oír, cosas que no tenían
sentido.
Mi historial personal es bastante largovarias iglesias, trabajo
en comité, y un corto tiempo como profesor en un instituto
bíblico prueban que existo desde hace mucho tiempo. Sin embargo,
no estaba bien preparado para lo que me esperaba. Un amigo me dijo
que pastorear en First Church sería como beber en el toma
de agua. ¿Cómo lo sabía? Un conocido simplemente
remarcó: “Que Dios tenga misericordia de tu alma.”
Yo hubiera preferido un simple “felicidades”.
¿Quién de nosotros no ha sabido del trágico
fracaso moral de algún predicador? Un artículo en
la revista Newsweekde 1997 notó que varias encuestas
sugerían que tanto como el 30 por ciento de ministros hombres
protestantes habían tenido relaciones sexuales con mujeres
aparte de su esposa. El Journal of Pastoral Care en 1993
informó de una encuesta entre pastores bautistas en la que
el 14 por ciento admitió haber participado de “comportamiento
sexual indecoroso para un ministro”. También informó
que 70 por ciento había aconsejado a por lo menos una mujer
que había tenido coito con otro ministro. Tan inquietantes
como son estas estadísticas, lo más inquietante fue
que sucedió en la iglesia a la que yo había llegado
a pastoresar y a la gente a quien yo había llegado a amar.
Hay un gran golfo entre la realidad y los informes de los medios
publicitarios. El reportero de la televisión comparte un
dramático momento en 30 segundos. Quizás se muestre
un breve video sobre el arrepentido ministro. La gente oye, pero
no entiende el impacto total de lo que ha sucedido. La visión
de la iglesia local fallece como a causa de un masivo y repentino
infarto cardiaco. El dolor es parecido al dolor de muelas que nunca
se quita. La confianza en el clerotodo el cleroes reemplazada
por el enojo, la sospecha, y un sentido de traición.
Un caballero en la iglesia no me quería (¿dije uno?).
Yo sabía que yo no había hecho nada para engendrar
su animosidad, pero sus palabras y su actitud onfirmaron que yo
no podía esperar nada de él el Día de Aprecio
por el Pastor. Tratando de hacer el papel de pacificador, por fin
decidí invitar al hermano a almorzar (yo pagué). Antes
de sentarnos, su feo enojo se derramó como una taza de café
caliente sobre un confiado cliente. Pronto me di cuenta que la especialidad
del día sería pastor a la parrilla. No me había
dado cuenta, pero mi antagonista había llevado consigo un
libro para la reunión. Antes que yo tomara asiento, tiró
el libro sobre la mesa y me dijo: “Pastor, quiero saber qué
va a hacer usted acerca de esto.” Su huesudo dedo señalaba
el título del libro, Integridad, escrito por el anterior
presidente de PTL, Richard Dortch. Luego prosiguió a decirme
cómo todos, desde el distrito hasta los diáconos,
habían fallado en la prueba de integridad en sus tratos con
mi predecesor. El quería saber qué iba a hacer yo
para devolver a la iglesia esa virtud.
Debido a los grandes hombres que habían pastoreado First
Church, yo me deleitaba en preguntar a la gente sobre los puntos
fuertes de mis predecesores y cuál les había gustado
más. Ciertos nombres surgían una y otra vez a medida
que la gente recordaba. Sin embargo, me pareció muy raro
que si acaso alguien mencionaba el nombre del errante pastor, lo
hacía en un susurro. Era casi como si su nombre estuviera
fuera de límites, como si la sola mención de su nombre
contaminara. Era seguro que su recuerdo iba acompañado de
cierta vergüenza.
El proceso de restauración
Un día, mientras me encontraba en mi oficina, recibí
una nota de Dios. Encontré la nota metida en las palabras
de 2 Corintios 2:6-11. El apóstol Pablo escribió:
“Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos; así que,
al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle,
para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo cual os
ruego que confirméis el amor para con él. Porque también para este
fin os escribí, para tener la prueba de si vosotros sois obedientes
en todo. Y al que vosotros perdonáis, yo también; porque también
yo lo que he perdonado, si algo he perdonado, por vosotros lo he
hecho en presencia de Cristo, para que Satanás no gane ventaja alguna
sobre nosotros; pues ignoramos sus maquinaciones.”
Yo fui lo suficiente inteligente como para comprender lo que decía
el Señor. Ya era tiempo de restaurar y perdonar al hermano
caído. Satanás había ganado una victoria, pero
Dios tenía un plan por el que El ganaría la guerra.
El plan de batalla se basaría en la habilidad de la iglesia
para perdonar y ofrecer gracia.
En su libro, The Bondage Breaker, Neil Anderson nota: “Perdonar
es estar de acuerdo en vivir con las consecuencias del pecado de
otro.” Como el pastor, no ha habido ni un solo día desde que tomé
el puesto como líder de esta iglesia, en que no he soportado las
consecuencias del pecado de mi predecesor. La congregación también
ha tenido que tratar con las consecuencias del pecado de él. Algunos
ya no asisten a la iglesia. Otros usaron el pecado como una excusa
para hacer lo mismo. Por lo tanto algunos matrimonios fueron negativamente
afectados. Otros fueron ofendidos por compañeros de trabajo que
los acusaban diciendo que la iglesia estaba compuesta de nada más
que un montón de hipócritas. Los enemigos de la cruz estaban de
fiesta. Ahora estaba claro que el Señor llamaba a los creyentes
a perdonar este gran pecado ¿Lo harían? ¿Cómo podrían?
Contacto inicial
Fue poco después de la Navidad cuando hice mi primer contacto
con el ministro caído. Me sentí un poco raro al escribirle
una carta, comunicándole mi interés en comenzar un
proceso de restauración. Miles de preguntas me pasaron por
la mente. ¿Cómo responderá? ¿Responderá?
¿Cómo reaccionará la junta directiva?¿Y
qué de la congregación? ¿La comunidad? ¿Mi
superintendente? ¿Mi esposa? ¿La otra mujer? ¿Mi
personal?
Yo comprendía totalmente que los riesgos eran grandes. El
viejo dicho advierte: “Los necios se apresuran a entrar donde
los ángeles temen poner el pie.” ¿Era yo uno
de esos necios? ¿Estaba a punto de dejar que saliera algo
que no se podría volver a meter? No lo sabía. Sin
embargo, sentía que el Señor había hablado.
Eso era suficiente.
El proceso no fue fácil, ni tampoco lo fue cada paso sucesivo
claramente marcado. Hubieron ocasiones en las que no sabía
si caminaba sobre cáscaras de huevo o en medio de un campo
de minas. Siempre supe que el Señor era mi luz, pero hubo
momentos en los que deseaba que El hubiera usado más kilovatios.
Pero una cosa sí estaba clara. Como el pastor principal,
era yo el que tenía que supervisar el proceso. No podía
delegar esta tarea a uno de mis asociados. No importaba si quería
o no tener la bola en mis manos. Era mía.
El hermano me llamó poco después de la Navidad. Me
dijo cómo había llorado después de leer mi
carta. Por primera vez en varios años tenía un rayo
de esperanza de que su larga pesadilla quizás por fin llegaría
a su fin. Dijo que se sometería al proceso y que haría
cualquier cosa que yo creyera necesaria. Su esposa había
permanecido con él. Ella también tenía esperanza,
pero también estaba cautelosa.
La investigación en el asunto de restaurar a un individuo
así probaba no ser muy alentadora. Un amigo en capacidad
de saberlo me advirtió bruscamente que si el predicador había
cometido un fracaso moral, cometería otro.
Otro asesor me adivirtió que no prosiguiera. Su razonamiento:
“¿Y qué si vuelve atrás?” Otra
vez recibí una nota. Esta vez era de 1 Samuel 17. David estaba
ante el rey Saúl. Goliat esperaba. El joven pastor expuso
su caso sobre la razón por la que se le debía permitír
enfrentarse con el gigante. “Jehová, que me ha librado
de las garras del león y de las garras del oso, él
también me librará de la mano de este filisteo”
(versículo 37). Como David, yo también recordé
ciertas victorias. La gente había dicho que un homosexual
no puede ser cambiado, y que “una vez se es adicto a la heroína,
siempre se será adicto”, sin embargo yo había
visto a ambos ser liberados y restaurados por el poder de Dios.
¿Qué era un fracaso moral en las manos de la omnipotencia?
En este momento aceleró la comunicación entre mi
predecesor y yo. Acordamos en una fecha límite. Yo necesitaba
tiempo para arreglar ciertas cosas. El y su esposa también
necesitaban algún tiempo. La fecha límite nos aseguraba
a todos que el proceso no se prolongaría indefinivamente.
Esta fecha se convirtió en la luz al final del túnel.
Proverbios 15:22 dice que “cuando falta el consejo, fracasan
los planes” (NVI). Yo sabía que no podía fracasar,
por lo tanto me rodeé de un buen grupo de hombres y mujeres
sabios. Después de hablar con mi esposa, me dirigí
a un hombre de la iglesia. Yo respetaba su sabio consejo. Este sabio
diácono conocía quizás mejor que nadie los
sentimientos de la iglesia. Cuando le dije lo que estaba en mi corazón,
me animó a proseguir. Prometió guardar el asunto en
estricta confianza y me ofreció su total y fiel apoyo.
Reunión con los líderes de la iglesia
En el transcurso de las siguientes semanas, me reuní en
privado con todos los que habían sido diáconos y pastores
del personal hasta el momento del incidente. En confianza, yo les
abrí mi corazón. Les leí la Escritura, cartas,
y compartí con ellos mis objetivos. Otra vez, hubo apoyo
unánime para el plan. Pero un anterior diácono expresó
ciertas dudas y sintió como que yo debía detener el
proceso. Un anterior pastor miembro del personal dijo que no le
importaba ni una cosa ni otra y que no quería tener nada
que ver con la restauración. ¿Es necesario decir que
estaba amargado? Sin embargo, yo sentía como que ya tenía
la luz verde que necesitaba.
Varios otros individuos probaron ser muy valiosos, incluso el mejor
amigo de mi predecesor. El me ayudó a determinar la sinceridad
del arrepentimiento del errante, como también sus motivos
para acordar pasar por el proceso. Hablé con George Wood,
secretario general de Las Asambleas de Dios, con H.B. London de
Focus on the Family, con Richard Dobbins de EMERGE Ministries, y
con tres superintendentes de distrito que también eran amigos
míos. Un santo misionero y su esposa me apoyaron con horas
de oración. Cada uno de estos individuos me ofreció
un poco de sabiduría que no recibí de ningún
otro. Es interesante notar que aun con tantos participantes, la
integridad del proceso nunca fue comprometida por ni tan siquiera
un soplón. Cada una de todas estas personas se comportó
sabiamente.
Contacto con la otra mujer
H.B. London me dijo que para que el proceso tuviera verdadera integridad,
la otra mujer Connie tenía que participar. Ella
también necesitaba ser restaurada. (Aunque yo sabía
que esto era verdad, no era lo que quería oír.)
Había visto a Connie una o dos veces. Estaba divorciada
y ya no asistía a la iglesia. Yo sabía que se sentía
rechazada por el cuerpo de Cristo, y no estaba seguro cómo
recibiría mi llamada telefónica. Connie contestó
antes del quinto timbrazo. (Después de cinco timbrazos yo
hubiera colgado y le hubiera dicho al Señor que no me pude
comunicar con ella.) Ella me respondió calurosamente. Dijo
que justamente la semana antes de mi llamada había tomado
todas las tarjetas, cartas, y recortes del periódico que
se relacionaban con ese tiempo en su vida y los había quemado
en la chimenea. También dijo que una amiga le había
recordado que todavía tenía tiempo para enjuiciar
a la iglesia y al anterior pastor si quería. Ella no estaba
interesada. En sus propias palabras, ya había causado suficiente
dolor a la iglesia. Al comenzar a compartir mi propósito,
Connie comenó a llorar. Había estado orando que esto
mismo sucediera. Se emocionaba a medida que penetraba en su mente
la verdad de que Dios había contestado las oraciones de una
mujer adúltera. Connie cooperaría, pero lo más
importante, ella también estaba en camino de ser restaurada
espiritualmente.
Reunión con el distrito
Durante este tiempo era importante que mi predecesor se pusiera
en contacto con el distrito y ofreciera reunirse con los líderes
del distrito. Pedir perdón estaba en orden. Lo pidió
y se le otorgó. Luego también se le instruyó
que escribiera una carta a Connie. Sin pasar a específicos
del pasado simplemente debía pedirle perdón. Yo leí
y entregué personalmente la carta. Estaba correcta y profesional
sin las comunes frases de “querida” ni “cariñosamente”.
Aunque la relación había terminado años atrás,
la carta ofrecía a los participantes un cierre formal. También
le daba a él un medio para decirle que había fracasado
como su pastor y que de verdad se arrepentía.
Restaurar al hermano caído
Reunión con la junta directiva y el personal
Por fin llegó la fecha que habíamos fijado. Mi predecesor
y su esposa comprendían que esa noche debían reunirse
conmigo y con mi esposa, con los presentes y anteriores pastores
del personal, y con los miembros de la junta desde la fecha en que
se cometió la ofensa. Las esposas también fueron invitadas.
En palabras muy gráficas y sinceras, él confesó
su pecado y rogó ser perdonado. Sólo una vez antes
había visto yo tanta agonía demostrada en arrepentimiento.
No había ni un solo ojo sin lágrimas en el lugar.
Uno por uno su anterior grupo de líderes se puso en pie y
lo afirmó y le aseguró que estaba perdonado. Entonces
él me pidió que dirigiera en una renovación
de votos entre él y su esposa. El notó que había
sido en esta iglesia donde había violado sus votos, y que
era aquí donde quería restaurarlos.
Estuvimos de acuerdo en que estaba en orden una segunda reunión.
Esta sería la grande. El y su esposa volverían en
2 semanas un domingo por la noche y hablarían a la congregación.
El debía confesar su pecado (sin los repulsivos detalles)
y pediría perdón. Al siguiente domingo por la mañana
comuniqué a la congregación mi plan para la restauración
de mi predecesor y el proceso que se había venido desarrollando.
Otra vez, nadie tenía ni la menor idea. Luego prediqué
sobre la gracia y el perdón. Les dejé saber que a
través del proceso, mis dos preocupaciones principales habían
sido caminar en obediencia a lo que yo creía que el Señor
ponía en mi corazón, y salvar el bienestar de la iglesia.
Les recordé que en la larga historia de First Church, sólo
una mancha principal había empañado los testimonios
de sus pastores. Esa mancha obviamente era el pecado de mi predecesor.
Era momento de quitar esa mancha y reemplazarla con el gran amor
de Dios. En el futuro, cuando alguno revisara la historia de esa
iglesia, sería menos atraído al pecado que a la gracia
que cubría el pecado.
Otra reunión con la congregación
Por fin llegó la noche del domingo de la reunión.
El largo proceso ya se reducía a un culto. El y su esposa
llegaron temprano. Mientras los dos se dirigían a la plataforma
después de un lapso de 6 años, el lugar prorrumpió
con expresiones de amor y gran aplauso. Todos se pusieron en pie.
Luego casi todos soltaron el llanto. Después que él
y su esposa compartieron entre lágrimas sus declaraciones,
yo dije que permitiría a de 5 a 10 personas responder a lo
que acababan de oír. Inmediatamente se llenaron los pasillos
de personas esperando compartir expresiones de gracia, amorosos
recuerdos, y síperdón.
Créamelo, ninguno de los que estuvieron ahí esa noche
olvidará ese culto. La iglesia era verdaderamente la Iglesiael
cuerpo de Cristo. Parecían la iglesia, se comportaban como
ella, y hablaban como ella. ¿Puedo confesar sentir orgullo?
Me sentí y me siento muy orgulloso de ellos. ¿Recuerda
al caballero que quería ver restaurada la integridad? Esa
noche jamás dijo ni una sola palabra. Simplemente caminó
frente a la plataforma y me dio la señal de aprobación.
Yo comprendí.
Después que mi esposa y yo volvimos a casa, me senté
en mi sillón. Me sentía como si por fin mereciera
descansar. El cielo no se había caído y la iglesia
no se había amotinado. Mi esposa estaba en la cocina cuando
Dios se me manifestó otra vez. Esta vez no mandó una
nota. Esta vez mandó a su precioso Espíritu Santo.
Lo sentí tan cerca como jamás lo había sentido.
Simplemente me habló al corazón y dijo: “Bien
hecho.” No pude detener las lágrimas de complacencia
ante el placer de Dios.
Conclusión
Desde esa noche, mi predecesor se ha convertido en un querido amigo
de confianza. De verdad lo amo a él y a su bella esposa.
El nunca volvió a caer. No caerá. La denominación
le devolvió sus credenciales ministeriales, y un distrito
lo recomienda regularmente a las iglesias. Yo lo he hecho venir
a predicar a mi iglesia. Lo hace muy bien. Connie se mudó,
volvió a casarse, y según se me ha dicho, ha vuelto
a la iglesia. Como ve, Dios la amaba a ella también.
Al pensar en ese tiempo, veo que he llegado a comprender que beber
en el toma de agua no es tan malo que se diga, si el agua que brota
es el agua de vida de la gracia de Dios.
El nombre del autor permance en confidencia
*Todos los nombres, lugares, y fechas en este artículo han
sido cambiados.
**Las referencias bíblicas son de la Nueva Versión
Internacional.