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Perdónenme mientras arreglo mi halo

Por Suzane Jordan Brown

Era el maratón del domingo por la mañana y yo ya estaba corriendo.

“Bueno, pongan todos atención”, grité mientras metía a la fuerza los brazos de la bebé en las mangas del abrigo. “¿Ya se cepillaron los dientes? ¿Ya se peinaron?”

Con velocidad olímpica, iba por toda la casa reuniendo todo el cargamento importante para acarrear a la iglesia.

“Beth, lleva el pastel”, dije, entregando nuestra contribución para la cena de confraternidad en las manos de mi hija de 6 años. “Chicos, ustedes pónganse la chaqueta. Hoy no podemos llegar tarde.”

Desplegando un arranque final de velocidad al entrar a la última vuelta, me colgué a la bebé de un brazo y tomé el montón de materiales didácticos, la biblia, y los libros de referencia bajo el otro.

“Y ahora, Pablo, sólo dame la ensalada. No, ponla en la otra mano. En la que está pegada al brazo donde tengo colgada a la bebé. Muy bien. Ahora cuélgame la cartera en el dedo.”

“¿Mamá?” inquirió mi hijo.

“¿Sí?”

“¿Vas a ir a la iglesia con las pantuflas puestas?”

Estremeciéndome ante el casi desastre, volví al dormitorio tambaleándome con toda mi carga. No quise deshacerme de ella. No habría tiempo de volverla a tomar. Lancé las pantunflas y busqué a tientas con el pie en el ropero. Ah—encontré un zapato, pero ¿dónde estaba el otro. Atisbé la punta debajo de la cama. Estaba lleno de figuras de vaqueros plásticas, pero con una agilidad que sería el orgullo de una gimnasta, lo vacié y me lo puse sin se me cayera nada, aparte de la cartera y un volumen de las notas bíblicas de Spurgeon.

“¡Buenovámonos!”

Esta vez íbamos a llegar a tiempo. Se supone que la familia del predicador debe estar en la iglesia temprano, y hoy yo quería hacer todo lo que se esperaba de mí. Este era el día que tenía que dar por primera vez la clase dominical a las mujeres adultas. Sólo pensarlo me hacía sentir por dentro como la ensalada de gelatina que trataba de sostener.

Se espera que la esposa del pastor pueda enseñar sobre cualquier tema, a cualquier grupo, con corta noticia; y con las clases de los niños, yo no lo había hecho muy mal. Con cuatro hijos menores de 7 años, me sentía con bastante confianza con mi preparación en el hogar para salir adelante. Pero los adultoseso era otra cosa. Las esposas de pastores que yo había conocido antes de casarme con mi esposo pastor eran mujeres calmadas, dulces, y santas. Tocaban el piano y cantaban bellamente, y siempre tenían un aura de serenidad y aplomo. Yo no podía tocar el piano ni podía cantar bellamente.

Y temía no poder impartir una clase a los adultos.

Respiré hondo al llegar al aparcamiento. Serena, me murmuré a mí misma. Piensa con aplomo. Mi calma y mi comportamiento sereno duraron hasta que dejé a la bebé en la sala cuna y a los otros niños en sus respectivas clases.

Corrí a mi salón de clase, todavía cargada con el Sr. Spurgeon, la ensalada de gelatina, y, desafortunadamente, la bolsa de pañales. El apresurado viaje de regreso a la sala cuna me costó los pocos minutos con que contaba para llegar temprano. Me deslicé en mi asiento justamente momentos antes que llegaran las primeras hermanas a la clase.

Me arreglé la chaqueta y por casualidad eché un vistazo a los pies. Me congelé horrorizada. En la hebilla del zapato estaba montado un pequeño vaquero plástico, a estilo de bronco, pero eso lo remedié fácilmente. El verdadero problema era que los zapatos no hacían juego. En mi ligereza me había puesto zapatos de dos pares diferentes. Los dos eran negros, pero ahí terminaba la similaridad. No sólo eran de estilos obviamente diferentes, sino que uno tenía el tacón alto y el otro bajo. ¿Cómo no pude haberme dado cuenta que caminaba en dos niveles?

Las hermanas iban entrando, y mis pies son, ¡ay de mí!, demasiado grandes como para esconderlos. Déjeme asegurarle que es físicamente imposible crear un aura de serenidad y aplomo cuando se llevan puestos zapatos que no son pares. No había nada que me ayudara. Mi desempeño como esposa de predicador tendría que ser descartado hoy. Lo único que podía hacer era renunciar del concurso de popularidad, dar al Señor mi reputación, y hacer lo mejor que pudiera para impartir la clase. Sin duda que eso era lo que el Señor tenía en mente.

“¡Miren lo que hice!” exclamé, enseñándoles mis pies impares. “Estoy tan nerviosa por querer impartir tan bien esta clase, y quería tanto dar una buena impresión, pero ni siquiera pude venir con zapatos que hacen juego.”

La clase prorrumpió en risa.

“No se preocupe”, me dijo compasivamente la mayor y la más intimidante del grupo. “Todo le saldrá bien. Todas le vamos a ayudar.”

Libre de mi necesidad de aparecer calmada y serena, impartí la lección en mi natural estilo alocado. Toda la clase participó, compartiendo cada una anécdotas divertidas y penetrantes.

“Lo hizo muy bien”, me aseguraron todas. “Esperamos ansiosas la clase de la próxima semana.”
De repente, yo también la esperaba ansiosa. El absurdo error de los zapatos desiguales me rescató de la trampa en que en cierto momento caen la mayoría de los que están en el ministerio.

Con frecuencia nos quejamos de que la gente no acepta al pastor ni a su familia como las personas verdaderas, vivas que son. Esperan que seamos criaturas medio humanas y medio angelicales. Sin embargo, seguimos tratando de vivir según esas expectaciones no realistas. Es muy tentador llevar puesto ese halo lo más posible, sin darnos cuenta de que el halo viene con sus cadenas.

El Señor por su gracia me ha guardado de ese síndrome dándome una propensidad a hacerlo todo mal. Siempre que comienzo a ponerme ese halo, hago algo tan temeroso que me es inútil seguir aparentando. Como la vez que asombré a la iglesia durante una comida de confraternidad al decir: “Estoy simplemente devastadora”. (Quise decir devastada de hambre, siempre confundo esas dos palabras.)

Sin embargo, los de la iglesia siempre son amables conmigo y me tratan con mucho cariño. No esperan que sea más de lo que soy. ¿Y por qué han de esperarlo? Yo soy solamente yo. Esto aquí para servirlos, no para impresionarlos.

Y ese es el asunto. Si queremos que la iglesia nos acepte como personas de verdad, tenemos que aceptarnos a nosotros mismos como personas de verdad y darles lo mejor que tenemos que ofrecer, no importa cuán insignificante a veces parezca “lo mejor”. La bendición es que el Señor puede tomar y usar al siervo que se rinde a El, aunque sea el más alocado e ineficaz.


Suzanne Jordan Brown es esposa de pastor y reside en Oklahoma City, Oklahoma.