CD [Disco Compacto] de
Advance/Pulpit
Agotadas desde hace mucho tiempo pero recordadas con afecto, las revistas
Advance [Avance] y Pulpit [El púlpito] bendijeron a miles de ministros.
Ahora el archivo entero de Advance/Pulpit casi 40 años de información,
inspiración, ayudas, e historia está disponible para usted en CD separados.
En inglés solamente.
Photo: Courtesy of the Billy Graham
Center Museum, Wheaton, ILL.
El 6 de julio de 1415, Jan Hus descendió de
la plataforma de madera en la catedral de
Constancia. Miles de ansiosos ojos lo seguían. Él
acababa de oír un sermón basado
en Romanos 6:6 “para que el cuerpo
del pecado sea destruido”. Hus era
el “cuerpo del pecado”. Este
era el día de su condena y ejecución.
Siete obispos avanzaron y le quitaron los
inmundos trapos, infestados de piojos que
había llevado en la cárcel.
Le pusieron limpias ropas sacerdotales. Le
pusieron un cáliz de vino en la mano
derecha. Luego, para simbolizar su degradación
del sacerdocio, le arrancaron del cuerpo
los mantos sacerdotales y le arrebataron
el cáliz. Le encadenaron a la espalda
las descarnadas, enjutas manos y lo llevaron
a recibir el aterrador castido del día
para los herejes—ser quemado en la
hoguera.
Las autoridades lo protegían con
soldados armados. Estaban nerviosos. Hus
era muy popular entre la vasta multitud que
se apiñaba en el camino que lo llevaría
a su ejecución. Sus sencillos sermones
predicados en el dialecto común —no
en el latín usado por la mayoría
de los sacerdotes— habían conmovido
sus corazones de campesinos. Reconocían
a primera vista la santidad y la pureza.
Hasta sus enemigos más estridentes
no encontraban ningún defecto en su
carácter moral.
Para complicarlo todo, la mañana
de su juicio (el 7 de junio) un eclipse lunar
oscureció al sol por varias horas.
Esto convenció más a la gente
de que Dios no se agradaba con el brutal,
injusto trato que las autoridades católicas
romanas daban a Hus. Todos los nervios estaban
de punta a medida que Hus caminaba hacia
su ejecución.
El verano de 1415 fue uno de gran confusión.
El cristianismo estaba dividido entre tres
rivales que competían por el trono
papal. Cada uno decía ser sí infalible,
y cada uno usaba su poder para excomunicar
y condenar a sus competidores. El emperador
había convocado al Concilio de Constancia
para resolver la confusión. Hus, bajo
promesa de darle seguro pase, había
sido invitado para que explicara sus controversiales
puntos de vista sobre las enseñanzas
del reformador inglés John Wyclif.
Apoya con
su andar lo que dice
Cuán inocente había sido Hus
en confiar en la promesa del emperador. Hacía
sólo 10 meses que había salido
de Praga rumbo a Constancia. Su reputación
de poder espiritual, santidad, y elocuencia
lo había precedido. Grandes multitudes
se apiñaban a los lados del camino
elogiándolo. Fue festejado por las
autoridades y se le pidió que predicara
en la catedral de cada ciudad. Y el pueblo
no se desilusionaba con el mensaje de Hus. Él
daba énfasis al avivamiento moral,
espiritual, y doctrinal, y protestaba contra
la corrupción del clero. El pueblo,
con hambre de la sencillez y del poder de
la Palabra de Dios, escuchaba entusiasmado.
Poco después de su llegada a Constancia,
el emperador maliciosamente no cumplió con
su promesa. El día de su ejecución,
Hus cojeaba con su quebrantado cuerpo extenuado
por 7 semes de encierro en una subterránea
celda medieval infestada de ratas. Al caer
la noche el carcelero lo encadenaba a la
pared de piedra de la celda. Dolores de muelas,
piedras en la vesícula, fiebres y
ataques de vómitos lo habían
atormentado persistentemente. En una ocasión
casi murió de hambre, pero el emperador
le dio de comer para que las autoridades
no fueran deprivadas de llevarlo a la hoguera.
Las desilusionadas multitudes lo miraban
pasar silenciosas. Parecía que dondequiera
que Dios levantaba a un líder de verdad
e integridad, las autoridades lo destruían.
Aunque estaban acostumbrados, no podían
hacer nada, y se sentían amargados
y cínicos. ¿Será culpable
de verdad? se preguntaban algunos. Quizás
las autoridades tenían razón.
Las cadenas le herían las muñecas,
y con la poca fuerza que le quedaba luchaba
por erguir su emaciado cuerpo. Ser quemado
en la hoguera era algo horroroso. Los afortunados
morían rápidamente. Pero para
algunos, se tomaba 45 minutos o más. ¿Cuánto
se le tomaría a él? Las palabras
de Pablo de 2 Corintios 4:17,18 quizás
le daban ánimo: “Porque esta
leve tribulación momentánea
produce en nosotros un cada más excelente
y eterno peso de gloria; no mirando nosotros
las cosas que se ven, sino las que no se
ven; pues las cosas que se ven son temporales,
pero las que no se ven son eternas.” Él
le había escrito a un amigo diciendo
que Dios, o apagaría las llamas, o
le daría la valentía para soportar
la ardiente prueba. Él confiaría
en Dios, no en sí mismo.
Recuerda
su juventud
Cuán irónico que él
muriera por las verdades que John Wyclif
había recobrado. A diferencia de Hus,
su héroe había muerto en la
cama.
La primera vez que Hus fue expuesto a los
escritos de Wyclif fue cuando Hus estaba
terminando los estudios para su título
en la Universidad de Praga. Al principio
Wyclif lo ofendió. Demasiado radical,
pensó. Tan diferente de
las tradiciones que enseñaban otros. Pero cuando fue
a la Biblia, sus argumentos contra el razonamiento
de Wyclif se disolvieron. Era material revolucionario,
pues Wyclif enseñaba que la libertad
de conciencia y el sacerdocio de todo creyente
que siguen a la elevación de la Escritura
estaban sobre las enseñanzas de los
hombres.
Hus sabía por intuición cuán
costosas serían estas radicales ideas.
El cemento que unía al cristianismo
era la autoridad del papado. Poner la Ecritura
en un plano mayor que el del Papa era amenazar
la misma tela de la vida y cultura medievales.
Recordaba sus felices años en la
Universidad de Praga cuando él y sus
amigos leían a Wyclif, y luego la
Biblia para ver si Wyclif tenía razón.
Se reunían para hablar de las radicales
verdades de Dios y orar. La Universidad de
Praga estaba a la vanguardia, y había
un sentido de gran exhilaración al
vivir en medio de un cambio tan radical.
Un ministerio
de poder
Aunque él era un estudiante mediocre,
se recibió con dos títulos.
Recordaba el gozo de su ordenación
y de su primera experiencia de predicar en
el poder de Dios. Su don le abrió camino.
En 1402, cuando tenía 30 años
de edad, la Bethlehem Chapel [Capilla Belén],
la gran estación de predicación
en Praga, le pidió que fuera su pastor.
Ahí él predicaba la Palabra
de Dios dos veces al día. Una unción
poco común estaba sobre él.
En poco tiempo, las hambrientas multitudes
se desbordaban por las calles circundantes.
Él recordaba cómo su creciente
gozo en la Palabra de Dios en Bethlehem Chapel
igualaba su creciente detestación
de las iniquidades cometidas por sus compañeros
sacerdotes. El celibato era un chiste. Muchos
clérigos flagrantemente vivían
con concubinas. Algunos tenían hijos
y nietos. Cómo había aumentado
su ira cuando el Papa Juan XXIII comenzó a
vender el perdón de los pecados a
ignorantes campesinos para así levantar
un ejército y hacer guerra contra
la ciudad de Nápoles.
Como Juan el Bautista, fue profundamente
agraviado por el rey, los nobles, los prelados,
los clérigos, y los ciudadanos que
todos a una se indulgían en avaricia,
orgullo, borrachera, lascivia, y toda clase
de libertinaje. En medio de todo esto él
permaneció como una conciencia encarnada. ¿Quién
se puede erguir a una tarea semejante? Él
no pudo. Era necesario tener el ánimo
y la fortaleza de Dios.
Él había gozado de 12 buenos
años en la Bethlehem Chapel. Fueron
los mejores de su vida. Con gozo él
vio a Dios usar su predicación para
cambiar a miles de corazones y vidas. Hasta
la reina le había pedido que fuera
su confesor. La ciudad de Praga, y toda la
nación de Bohemia, había comenzado
a volverse a Cristo. Inspirado por el contenido
de los escritos de John Wyclif, él
seguía predicando la Palabra de Dios.
Él comprendía que su creciente
fama y popularidad amenazaban el control
papal de Bohemia. Recordaba el interdicto
que el Papa impuso en Praga. Para proteger
a Praga, él se alejó al campo.
Y ahora se encontraba aquí. Él
siempre había dicho: “Es mejor
morir bien que vivir mal.” Necesitaría
de toda la gracia de Dios para morir bien.
El mariscal le puso al cuello el mohoso
collar de hierro y lo aseguró a la
estaca de metal. La silenciosa multitud miraba
aprensivamente. Los soldados amontonaron
la paja y la madera hasta llegarle a la barbilla.
Quizás él pensaría: ¿Dejaré algún
legado?¿Ha sido en vano mi vida? Pero
Dios había prometido: “Silenciarán
al ganso (Hus quiere decir ganso en el idioma
checo), pero dentro de 100 años de
sus cenizas levantaré a un cisne que
nadie jamás podrá silenciar.” “Dios
mío, dame fortaleza”, oró. “Mi
esperanza está en ti. No tengo ninguna
fuerza en mí.”
Luis de Bavaria, el mariscal, se acercó y
rogó a Hus que renunciara a sus errores
y así preservara su vida. “¿A
qué errores he de renunciar?” preguntó Hus. “No
soy culpable de ninguno. Llamo a Dios como
testigo de que todo lo que he escrito y predicado
ha sido con el propósito de rescatar
a las almas del pecado y la perdición;
y por lo tanto, con el mayor gozo confirmo
con mi sangre esa verdad que he escrito y
predicado.”
El mariscal ordenó que se encendiera
el fuego, y a medida que subían las
llamas, Hus comenzó a cantar “Jesús,
Hijo de David, ten misericordia de mí.” Después
de tres versos las llamas ardían furiosas
y apagaban la voz de Hus. Por fin cesó de
cantar. Fortalecido por la gracia de Dios,
Hus pereció para la gloria de Dios
en el horno del martirio. De tales hombres
este mundo no es digno.
Posdata
Cuando llegó a Praga la noticia de
la traición de Juan y de la muerte
de Hus en la hoguera, irrumpió el
desorden civil. La gente había probado
la verdad de la predicación de Hus
y no podía volver atrás.
El Papa levantó un ejército
de 150.000 e invadió a Bohemia. Desesperanzados
y rezagados, los ejércitos husitas
fueron dirigidos por Jan Zizka, un valiente
soldado con un solo ojo, a 5 victorias consecutivas
a través de 15 años. Los triunfos
de los husitas, con Zizka como caudillo,
comprenden uno de los relatos más
maravillosos, aunque poco mencionado, de
la historia. Usando tácticas con 200
años de adelanto – y a veces
rezagados de 10 a 1 – Zizka movilizó a
un ejército de campesinos y repetidamente
vencieron a los mejores ejércitos
profesionales de Europa. “Un mayor
milagro no se ha encontrado en los anales
de la guerra”, escribió Lynn
Montross.
Dios cumplió con su promesa a Hus.
Ciento dos años después, Martin
Lutero clavó las 95 tesis en la puerta
de su iglesia en Wittenberg, y así comenzó la
Reforma. Jan Hus no murió en vano.
William P. Farley es
pastor de Grace Christian Fellowship en Spokane,
Washington. Su libro, For His Glory [Para
su gloria], Pinnacle Press, se puede pedir
al llamarlo al 1-509-448-3979, o en bfarley@cet.com.
*A Jan Hus también se conoce como
John Hus.
Bibliografía
Schaff, Philip. History of the Christian Church, 3rd ed.,
vol. 6. Peabody, Mass.: Hendrickson Publishing Company, 1996.
Wylie, J. A. History of Protestantism, Vol. 1. www.doctrine.org/history/
Fudge, Thomas A.“To Build a Fire.” Christian History
(Fall 2000): 10.
Montross, Lynn. War Through the Ages. New York: HarperCollins
Publishers, 1960.