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La guardería: ¿Cuento de hadas o pesadilla?

¿Alguna vez se ha preguntado cómo sería ser la persona nueva en su edificio, congregación, o culto de adoración?

Por J. Diane Awbrey

El cuento de hadas

Como Ricitos de Oro en la casa de los tres osos, los que visitan su iglesia con frecuencia buscan algo que les quede bien. Están probando el local, los cultos, los ministerios especiales, su suavidad, su temperatura, y su tamaño. ¿Alguna vez se ha preguntado cómo sería ser la persona nueva en su edificio, congregación, o culto de adoración?

El año pasado mi esposo y yo buscábamos una iglesia. En el proceso descubrimos ciertas sorprendentes, y a veces divertidas, prácticas. Algunas iglesias se han puesto demasiado cómodas con sus rutinas y se han olvidado de lo que es ser un extraño en su medio. Quizás nuestra experiencia sirva para instruir a los que no tienen la oportunidad de visitar otras iglesias ni oír de los que visitan su propia iglesia.

La pesadilla

Una experiencia en particular ilustra varios problemas que se presentan a las visitas con niños pequeños. Una mañana visitamos una iglesia de casi 400. Nunca antes habíamos estado en el edificio, así que no sabíamos dónde se encontraba nada. Nuestra primera prioridad era encontrar la guardería para nuestra hija de 2 años. Todos parecían pasar por la misma puerta doble, así que nosotros también pasamos por ella. Una avivada multitud se amontonaba en el vestíbulo, casi bloqueando la entrada. Todos conversaban, obviamente entre amigos, conocidos, y todos parecían contentos de estar ahí.

Siendo que no vimos a ningún recibidor o ujier, ni ningún rótulo en la entrada que indicara dónde estaba la guardería, seguimos a una mujer que iba frente a nosotros con una niña de edad comparable a la de la nuestra en los brazos. Esperábamos que se dirigiera a la guardería. Tropezamos y empujamos en el repleto vestíbulo y lo atravesamos por casi tres cuartos del edificio. Cuando llegamos al destino de la otra mujer al final de un largo pasillo, nos encontramos con la guardería para los bebés. Su hija era unos meses menor que la nuestra. La encargada sugirió que lleváramos a nuestra niña a la sala para los de 2 y 3 años de edad.

“¿Dónde está?” tuvimos que preguntar.

Nos miró sin expresión. “Uh, déjenme preguntar”. Se dirigió a una joven que estaba en el pasillo. “¿Sabes dónde están los de 2 y 3 años?”

Ésta creyó que sí sabía, y nos llevó de regreso entre la multitud hasta la primera aula que estaba cerca de la entrada. En el camino saludó a sus amigos, se detuvo para contestar preguntas, pero ni una vez nos habló a nosotros. En la puerta, nuestra guía desapareció sin decir una sola palabra, así que entramos al aula y esperamos que alguien nos recibiera.

Las encargadas se ocupaban de los otros niños mientras nosotros permanecíamos de pie. Nuestra hija vio un juguete al otro lado del aula, así que entró a ésta por su cuenta. Por fin me acerqué a una encargada y le indiqué que mi hija estaba ahí. “Va a estar bien”, dijo, y comenzó a volverse.

“Somos nuevos aquí. ¿Qué hacemos?”

“Sólo déjenla aquí. Nosotros la cuidaremos”.

¿Le gustaría saber cómo se llama?pensé yo. “Se llama Grace. Nosotros vamos a estar en el santuario”.

“¿Dónde en el santuario?”

“Bueno, siendo que somos nuevos aquí, no estoy segura. Quizás al lado derecho, como a la mitad” (nuestro lugar de costumbre en cualquier iglesia). No intercambiaron números, no nos dieron nombres, ni mostraron ninguna reacción al saber que éramos visitantes.

Nos dirigimos al santuario, nos sentamos a la mitad del lado derecho, y esperamos que comenzara el culto.

¿Qué hay de malo en este escenario?

¿Qué se puede aprender de esta experiencia? Comencemos con los rótulos. ¿Qué es lo primero que las visitas ven, oyen, o sienten cuando entran a su iglesia? ¿Acaso las diferentes entradas comunican distintos mensajes? ¿Ha caminado usted alrededor de su efificio (o aún mejor, ha pedido a un extraño que lo haga) y ha seguido los rótulos que indican dónde están los servicios, las guarderías, o el salón social?

Imagínese que entra a su vestíbulo con un niño de 2 años en los brazos. ¿Qué es lo primero que buscaría? ¿Cómo puede aliviar la ansiedad de las visitas que no conocen su local? ¿Mejores rótulos? ¿Un quiosco de información? ¿Recibidores bien preparados?

La energía y el entusiasmo que se sentía entre la congregación al saludarse hablaron muy bien de la confraternidad y comunidad que existe entre este grupo de creyentes. Pero la falta de atención a las preguntas básicas que podrían tener las visitas al entrar al edificio comunicaba que los de afuera no eran bienvenidos en este club.

Demasiado frío

Segundo, hablemos del cuido de los niños. En la iglesia que visitamos, parecía que la mano derecha no sabía (ni le importaba) lo que hacía la izquierda. Las que trabajaban en la guardería para bebés no sabían dónde estaban los niños de 2 años. Para nuestra guía, obviamente nosotros fuimos un desvío de su rutina normal del domingo por la mañana de saludar a sus amigos y atender otros asuntos. El sistema para cuidar a los niños en sí no inspiraba mucha seguridad al no ofrecer ninguna corroboración en cuanto a quién debía recoger a los niños, cómo se llamaban, o cómo serían llamados los padres fuera del culto en caso que fuera neceario. Además, toda persona con la que nos encontramos en nuestro camino para depositar a nuestra hija demostró indiferencia a nuestro estado como visitas.

Demasiado caliente

Aunque esa iglesia exhibió muy poco interés en los controles para el cuido de los niños, una vez visitamos una iglesia que exageró en lo contrario. En esta iglesia grande, el área de cuidar a los niños estaba micromanejada por una militante mujer que claramente valoraba el sistema más que a las personas. Los niños para el segundo culto no se podían dejar antes de que los niños del primer culto hubieran sido todos recogidos. No importaba que la iglesia sólo permitía 10 minutos entre los cultos, causando un atasco de tráfico de personas que iban y venían.

No se permitían a los padres en las aulas bajo ninguna circunstancia. No se podía recoger a los niños sin el brazalete numerado que correspondía con el número en la línea del cuadro donde estaba apuntado el nombre del niño. De algún modo mi esposo, con el brazalete de requisito puesto, se metió al aula con Grace. Cuando llegué a recoger a los dos, se me reprendió severamente por no tener mi brazalete. El estilo de esta encargada quizás simplemente divierta o ligeramente moleste a los regulares, pero para los nuevos, ella era una formidable portera.

Cabal

La mejor guardería que he encontrado ofrecía una estación para inscribir a los niños que separaba a los regulares de las visitas con un lugar para los nuevos claramente marcado en el mostrador. Esta área especialmente diseñada me comunicó que la encargada que estaba al otro lado ya anticipaba el hecho de que yo no conocía la rutina. Ella me trató con respeto y me enseñó el sistema para cuidar a los niños de la iglesia. Los que trabajaban en la guardería eran entrenados para saludar a las visitas, enseñarles el sistema, y hacer que se sintieran cómodas en su nuevo ambiente. Su sistema era tan complejo como el de la segunda iglesia, pero las encargadas demostraban un genuino interés por las personas primero, y luego por los controles. Esta sencilla diferencia nos alivió de mucha tensión para que pudiéramos concentrarnos en otros aspectos de la iglesia.

Conclusión

Aunque los rótulos y los sistemas de guardería tienen muy poco peso en el valor principal que tiene la iglesia para el reino de Dios, poner atención a estos detalles puede disminuir las frustraciones de los visitantes. Y los visitantes se convierten en asistentes, los asistentes se convierten en miembros, y los miembros mantienen en su curso la vida de esa su parte particular del cuerpo de Cristo. Piense en ser una visita en su iglesia. Vea lo que puede hacer para facilitar que las visitas, en su búsqueda de algo que les quede bien, decidan con más prontitud si la iglesia es muy grande, muy pequeña, muy caliente, muy fría, o cabal para ellas.

J. Diane Awbrey, Ph.D., es escritora independiente. Vive en South Burlington, Vermont.