CD [Disco Compacto] de
Advance/Pulpit
Agotadas desde hace mucho tiempo pero recordadas con afecto, las revistas
Advance [Avance] y Pulpit [El púlpito] bendijeron a miles de ministros.
Ahora el archivo entero de Advance/Pulpit casi 40 años de información,
inspiración, ayudas, e historia está disponible para usted en CD separados.
En inglés solamente.
"No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica" (2 Corintios 3:5,6)
En un mundo lleno de expectativas de buen éxito y logros, las interrogantes de adecuacia o habilidad desafían nuestro ministerio. Pablo luchó con preguntas similares: ¿soy la debida persona para ministrar a estas personas? o ¿cómo puedo cumplir esta obra? La respuesta de Pablo revela su lucha personal con la confianza en sí mismo, y su lucha pública concerniente a su apostolado.
Pablo enseñó que la clave para un ministerio feliz, sano, y lleno de esperanza está en comprender que nuestra suficiencia está en Cristo, no en nosotros mismos. Primeramente, Dios ha hecho a los pastores partícipes de su gracia y misericordia. En segundo lugar, somos ministros de esperanza y sanidad a un mundo agobiado por el pecado. Pablo mostró que Dios llama, equipa, y declara a los pastores competentes para proclamar su evangelio hasta los confines de la tierra.
Así como el olor de costillas a la braza atrae a la gente hambrienta, un ministro que tiene un amor ardiente por la obra de Dios atrae a gente espiritualmente hambrienta. Las palabras descriptivas de Pablo de que los creyentes son "olor de vida para vida" (2 Corintios 2:16) aluden al templo donde el hedor de animales, sangre, desechos, y muerte estaba disimulado por el aroma de carne que se tostaba en el altar. El olor evocativo del sacrificio edificaba la fe en el corazón de la gente. Las personas recordaban que sus pecados estaban perdonados, y las familias podían ser restauradas a una debida relación con Dios.
"Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?" (2 Corintios 2:16). Algunos tal vez pensaban que un buey sacrificado en el altar no era una expiación adecuada para sus pecados, mucho menos los pecados de Israel. Pero un buey era lo que Dios ordenó que el pueblo de Israel sacrificara; y más importante, era lo que Él aceptaba.
Dios nos llama al ministerio a pesar de nuestra fragilidad. Los desafíos a nuestro llamado al ministerio vendrán de dentro y de fuera, pero los que andan en la gracia de Dios y cobran ánimo del ejemplo de Pablo verdaderamente pueden ser "suficiente para el ministerio".
El adjetivo griego hikanos se traduce como "suficiente" ("haber llegado a ser alguien o estar a tiempo"). La suficiencia describe la preparación, la habilidad, la competencia, y la valía del equipo ministerial de Pablo a pesar de lo que se consideraban. Las luchas de Pablo con sus cualificaciones (Filipenses 3:5; 1 Corintios 15:9) fueron sobrellevadas por su declaración de que Dios "nos hizo ministros competentes" (2 Corintios 3:5,6) Nuestra competencia no se debe a nuestros atributos y talentos personales, sino únicamente a la gracia de Dios. El Señor nos ha llamado y nos ha comisionado para un ministerio mucho mayor que nuestras magras capacidades.
Son necesarios tres componentes básicos para que los pastores alcancen este nivel de seguridad en sí mismos. Primero, deben tener una firme confianza en el llamado de Dios en su vida. Segundo, tienen que mantener una viva consagración a la causa de Jesucristo. Tercero, tienen que cultivar y desarrollar compasión por la gente que los rodea. Cada una de estas convicciones extraen fortaleza de pozos mucho más profundos de lo que los pastores jamás encontrarán en sí mismos, de modo que tienen que ser preservadas y renovadas de una fuente mucho más grande, que es Dios.
CONFIANZA EN NUESTRO LLAMADO
El llamado de Dios es una comisión a servir en su Reino. Dios no nos llama debido a nuestros talentos o habilidades. Él envía a pastores a ministrar en maneras que están más allá de sus habilidades para que pueda obrar por medio de ellos.
Eliseo estaba arando un campo cuando Elías lo cubrió con su manto. Escuchó el llamado para seguir al profeta. Siguió a Elías, y Dios lo preparó para un futuro ministerio. Cuando Elías fue llevado al cielo, Eliseo inmediatamente probó el llamado de Dios al golpear el agua con el manto, diciendo: "¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías?" (2 Reyes 2:14). Las aguas se partieron y Eliseo recibió respuesta. Dios estuvo con Eliseo a orillas del río, aunque Elías ya no estaba con él. Creció la confianza de Eliseo cuando salió de la sombra de Elías y ministró más allá de sus propias habilidades y sabiduría.
Muchos ministros luchan con sentimientos de incompetencia. Luchan con problemas comunes de este mundo y pueden sentirse como un santo en cuerpo de pecador, aun cuando aconsejan, cuando predican, o cuando enseñan la Palabra de Dios. La verdad, sin embargo, es que la confianza de un ministro no puede estar en él mismo, sino tiene que estar en Dios que nos "ha hecho suficientes como ministros" a nuestros vecinos y al mundo. Aunque los pastores son imperfectos, Dios ha puesto su sello de aprobación en aquellos que ha llamado, y pueden ministrar con confianza al pueblo de Dios.
COMPROMISO A NUESTRA CAUSA
La causa del ministro está arraigada en la muerte de Jesús por los pecados de la humanidad, en que reconcilió al hombre con Dios. El amor de Dios por el hombre pecador es el más maravillosos mensaje, y la reconciliación con Él es la más grande esperanza del mundo. Pablo declaró: "Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios" (2 Corintios 5:20). Los que han sido librados de su carga terrenal de pecado levantan la carga de Dios. Siguen el ejemplo de Jesús y llevan a los hombres al arrepentimiento y a la reconciliación con Dios.
La causa que proclaman los ministros exige un costoso compromiso. Para los oyentes del evangelio, aceptarlo o rechazarlo conlleva a ramificaciones eternas. Pero el proclamador también tiene la obligación de cumplir el llamado con fidelidad y obediencia. El llamado de Dios tiene que eclipsar otros intereses y volverse una prioridad en el andar con Dios del ministro. Aunque el arduo trabajo de un pastor es terrenal, su causa es celestial. Sus palabras se convierten en su arado, su pluma se convierte en una guadaña, y su ganancia es la cosecha en los campos de la humanidad.
Si el ministro vacila en su compromiso al llamado imperioso de Dios, su mensaje a los no creyentes también será inestable y poco convincente. Los pastores tienen que desafiar los ideales del mundo, proclamar valerosamente el evangelio, y con entusiasmo conducir al reino de Dios a los que buscan ser reconciliados con Él. El compromiso de un pastor depende de su relación personal con la Palabra de Dios, lo cual incluye la comunión diaria con Dios en oración. El compromiso trae visión al llamado, valor al mensaje, y victoria a las almas abatidas que buscan al ministro de Dios para obtener ayuda y esperanzas.
COMPASIÓN POR NUESTRA MULTITUD
Jesús amaba a las multitudes. Pasó mucho de su tiempo en la tierra enseñando a la gente, tocando a las personas, y hablando con ellas. Jesús mostró compasión y empatía. Enseñó, hizo discípulos, y corrigió sus erróneas ideas. Lloró con ellos. Y más que nada, amó a las multitudes.
Jesús no era un sumo sacerdote que no podía "compadecerse de nuestras debilidades", sino "uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (Hebreos 4:15). Su humanidad proveyó el perfecto sacrificio expiatorio por la salvación de la humanidad. El sacrificio de becerros y machos cabríos sólo cubría el pecado de los hombres, pero Jesús pagó la culpa por el pecado de toda la humanidad cargando en su cuerpo nuestros pecados, "para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia" (1 Pedro 2:24).
En este ejemplo se ve la suficiencia del ministro para alcanzar a la gente con el evangelio. La humanidad encarnada ha sido llamada a superar su propia debilidad y ministrar espiritualmente a la gente que sucumbe bajo el peso de su naturaleza pecaminosa. El privilegio de la "carne" que ministra al "espíritu" es obra del Espíritu Santo. El Espíritu obra a través de nuestras imperfecciones para mostrar la gracia y el poder de Dios a los espiritualmente hambrientos en nuestra esfera de influencia. Dios se vale de nuestra frágil y finita humanidad para consumar su grande e infinito plan de reconciliar a los que vienen a Él.
Las multitudes ofrecen muchas oportunidades de ministerio. Al acercarse a las multitudes, los pastores pueden ministrar a la gente que los rodea. Al comprometerse con las multitudes, los pastores instruyen, aprenden, y dejan algo de sí mismos (y de Jesús) con las personas. Los bien intencionados discípulos a menudo intentaban proteger a Jesús de la muchedumbre, pero sus más grandes milagros fueron hechos por Él cuando el clamor desesperado de un ciego o el brazo extendido de una mujer enferma lo tocaron. Jesús amaba a la gente, y las multitudes lo amaban.
Pablo tuvo sus luchas con la percepción de sí mismo (2 Corintios 12:7-12). Tal vez si hubiera sido más alto, si hubiera tenido buena visión, o si hubiera podido hablar elocuentemente le habría dado más confianza. Evidentemente, a los ojos de Dios estos no eran requisitos para el ministerio de Pablo. Más bien, a propósito, utilizó las dolencias de Pablo para enfatizar su gracia y poder en la vida del Apóstol. "Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad" (2 Corintios 12:9). La respuesta de Pablo: "Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo " (2 Corintios 12:9).
Los pastores, como Pablo, ¿alguna vez dudan de su habilidad para cumplir el llamado de Dios en su vida? ¿Les inquieta la manera en que los demás perciben su ministerio? Los triunfos de Pablo en el ministerio fueron posibles por la confianza que mantuvo en el plan y los propósitos de Dios para su vida. Dios ha dado a los pastores todo lo que necesitan para cumplir su llamado. Los ha hecho hikanos: suficientes como ministros para el pueblo de Dios.
Stephen Phillip Green es ministro licenciado; vive en Springfield, Missouri, Estados Unidos.