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El término desarrollo espirituales bastante nuevo entre los pastores pentecostales y los cristianos evangélicos en general. Tradicionalmente consideramos a pastores y a cristianos extraordinarios como personas espirituales. Los reconocemos por su integridad, su amor, y sus experiencias místicas con Dios que son periódicamente manifestadas por los dones espirituales de la profecía, el mensaje en lenguas, y la interpretación de lenguas? y aun quizá por los milagros. Lamentablemente, aunque admiramos su espiritualidad, rara vez pensamos en la jornada que la produjo. Pero hoy, por cuanto enfrentamos muchos espiritualismos extraños y una profesionalización del ministerio cada vez mayor, es urgente que los pastores identifiquen y sigan un proceso de auténtico desarrollo espiritual en su vida y ministerio.
El uso del adjetivo espiritual tiene precedente en las Escrituras. Pablo escribió lo siguiente a los corintios: “De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales (pneumatikois), sino como a carnales, como a niños en Cristo” (1 Corintios 3:1). A los miembros más maduros de la iglesia de Galacia dijo: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales (hoi pneumatikoi), restauradle con espíritu de mansedumbre” (Gálatas 6:1).
El Espíritu había producido el nuevo nacimiento en los corintios a quien Pablo llamó “hermanos”, pero en cuanto a su desarrollo espiritual eran “niños” (nepios “bebé, infante, niño; inmaduro; inocente; menor de edad”), y todavía “carnales” (sarkinos “carnales”). Espiritual no era el término apropiado para describir su desarrollo cristiano. Sin embargo, Pablo consideró que la fe de algunos de los gálatas era lo suficientemente madura como para llamarlos espirituales.
El contraste entre los niños corintios y los creyentes espirituales en Galacia es un serio recordatorio de que todos los creyentes, especialmente los pastores necesitan crecer continuamente en su relación con Cristo. Su desarrollo espiritual no es simplemente asunto de una crisis espiritual o de un único y convincente llamamiento al ministerio. Es un proceso de formación bajo la dinámica instrucción de la Palabra de Dios y del Espíritu.
Hechura de Dios
La fe cristiana es mucho más sobrenatural de lo que muchos pastores enteramente reconocen. Los escritores del Nuevo Testamento repetidamente enseñan que la vida cristiana no consiste sólo en una reforma moral, la cual los pastores tienden a imponer a sí mismos. Pablo enfatiza esto en su epístola a los efesios: “Porque por gracias sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. Entonces añade: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:8-10).
Conforme a las palabras de Pablo, la salvación es antes que nada un “regalo” (todöron) de Dios, algo que ni se puede ganar ni alcanzar. El Apóstol enfatiza aun más la iniciativa divina por el hecho de que los creyentes son “hechura de Dios” (poiëma).Poiëma es algo creado o hecho. Pablo recuerda a los creyentes que realmente son nueva criatura únicamente por la iniciativa sobrenatural de Dios y la intervención de Él en la vida quebrantada y pecaminosa de ellos.
Pablo expresó lo mismo en otros pasajes valiéndose de otras figuras literarias: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Esto es simplemente un cambio de metáfora para describir la misma realidad de la cual Jesús habló a Nicodemo: “De cierto de cierto te digo que el que no naciere de nuevo (gennethe anothem), no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). En su conversación con Nicodemo, Jesús relacionó la experiencia del nuevo nacimiento con la obra del Espíritu Santo: “De cierto de cierto te digo, que el que no naciere (gennethe) del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5).
Por lo tanto, el desarrollo espiritual comienza, no por la determinación de la persona de cambiar su conducta? aunque ese es el punto del arrepentimiento?, sino por la obra sobrenatural de la renovación espiritual interior. Nuevamente, como escribe Pablo en Tito 3:5: “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración (palingenesias) y por la renovación (anakainoseos) en el Espíritu Santo”. La palabra “regeneración”, que usan los teólogos para describir la experiencia del nuevo nacimiento, proviene de la palabra palingenesias.
Por ser una persona que ha nacido de nuevo sobrenaturalmente, el Espíritu Santo habita en el creyente. Uno los muchos ministerios del Espíritu es dar testimonio de que en verdad somos redimidos y regenerados hijos de Dios. Como dice Pablo: “Habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:15,16). El cuerpo como templo del Espíritu Santo es otra poderosa imagen de la que Pablo se vale para expresar el ministerio interior del Espíritu en el hombre regenerado (1 Corintios 6:19). En ese pasaje, “templo” es la palabra griega naos que usualmente denota el propio templo donde habita la presencia de Dios, en vez de la palabrahieron que se refiere a todo el complejo del templo con sus atrios y habitaciones adicionales.
En vez de que la regeneración sea para el pastor una experiencia olvidada del pasado o una doctrina aprendida en el estudio de la teología elemental, debe ser la fuente de su existencia. El Espíritu que habita en él produce nueva vida y una poderosa intimidad con Dios que es única para la fe cristiana y vital para todo el ministerio pastoral.
Carne —y no leche
A veces aun los pastores miran a la primera iglesia a través de una neblina romántica, y piensan que los primeros cristianos eran excepcionales desde el primer día de su conversión. Pero una cuidadosa lectura del Nuevo Testamento nos muestra que muchos de ellos eran tan carnales e inmaduros como muchos cristianos hoy. Poco después de que Pablo partiera de en medio de su joven congregación en Corinto, halló necesario escribirles: “Os dí a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía” (1 Corintios 3:2). El escritor de la epístola a los Hebreos se quejó igualmente de aquellos a quienes escribía: “Porque debiendo ya ser maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido” (Hebreos 5:12). Estas observaciones canónicas son un alarmante recordatorio o aviso de que la fe cristiana? aunque es producida y hecha posible por el Espíritu? debe convertirse en un estilo de vida pensado, deliberado, y disciplinado que es desarrollado en el transcurso de toda la vida. No se obtiene instantáneamente ni por el feligrés ni por el pastor en un único y culminante momento de regeneración, de bautismo en el Espíritu, o algún otro momento de éxtasis espiritual.
Los escritores del Nuevo Testamento se valieron de varios llamados para motivar a sus congregaciones, a veces reacias, a alcanzar un nivel más alto de fe. Pablo presentó el concepto de madurez a los corintios en riñas: “Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar” (teleioi; NASB “maduro”; 1 Corintios 14:20).1 La palabra traducida “maduros” es el adjetivo teleios, que significa “completo, perfecto, entero”, o en referencia a personas, “totalmente desarrollado” o “maduro”. Pablo escribe a los colosenses: “A quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto (teleion; NASB “completo”; NRSV “maduro”)2 en Cristo Jesús a todo hombre” (1:28).
Hebreos continúa con un semejante entendimiento de la madurez: “Pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez (teleion), para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (5:14). Además dice: “Por tanto, dejando ya los rudimentos de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección” (teleioteta—sustantivo que denota “entereza” y traducido aquí como “perfección”, Hebreos 6:1). Santiago escribió a su congregación palestina (probablemente): “Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos (teleion) y cabales (holokleros “cabales, sanos, completos”) sin que os falte cosa alguna” (Santiago 1:4).
En vez de simplemente ser predicadores de madurez, los pastores son llamados a ser modelos de madurez. Como Pablo instruyó a una joven pastor de quien era mentor: “Sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Timoteo 4:12).
La Palabra —no un impulso
La buena enseñanza siempre ha sido un factor principal en la madurez cristiana. Desde el principio, el ministerio de la enseñanza fue fundamental para la comunidad cristiana. De conformidad con la tradición judía, Jesús fue conocido como un predicador, pero más aun como un maestro. Dedicó largas horas a la instrucción personal de los Doce y de un grupo más grande de discípulos. Los pastores modernos, en su función de maestros, necesitan crecer personalmente mientras alimentan a quienes sirven.
Recuerde que la Gran Comisión no sólo se refiere a la evangelización. Es también acerca de enseñar a los convertidos todo lo que Jesús mandó, lo que es un proceso continuo y sin final (Mateo 28:20). Para esta gran encomienda, Jesús prometió la ayuda del Espíritu Santo en este ministerio de enseñanza (Juan 14:26).
Entre las primeras actividades registradas de la iglesia primitiva estaban sus reuniones en el templo y de casa en casa para recibir la enseñanza de los apóstoles (Hechos 2:42; 5:42). El núcleo de la enseñanza apostólica—el kerygma— era acerca de la vida, muerte, y resurrección de Jesús. Pero también incluía instrucciones sistemáticas—el paranaesis— acerca de la forma en que Jesús enseñó que los creyentes debían vivir. Las epístolas son buenos ejemplos de lo que los apóstoles enseñaron, con énfasis en la buena doctrina pero también tratando extensivamente acerca de la experiencia espiritual y la conducta ética personal.
En 2 Timoteo 3:16,17 Pablo da testimonio del valor de estas enseñanzas bíblicas: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para [1] enseñar (didaskalia “lo que es enseñado, enseñanza, doctrina; acción de enseñar, instruir”), para [2] redargüir (legmos “refutación de un error”), para [3] corregir (epanorthosis “corregir faltas”), para [4] instruir (paideia “disciplina; instrucción, entrenamiento”) en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”.
En este pasaje, la Palabra de Dios cumple cuatro funciones definitivas que los pastores deben facilitar tanto en su congregación como en su propio crecimiento espiritual. En primer lugar, la Palabra es el contenido de de la enseñanza del pastor, y la fuente y medida de la doctrina y de la madurez espiritual personal. En segundo lugar, la Palabra es útil para reprender o reprobar los errores pecaminosos e inevitables en la vida de un pastor. En tercer lugar, la Palabra corrige las faltas de un pastor en el sentido de que endereza lo que es pecaminoso e inmaduro. En cuarto lugar, la Palabra provee la segura guía así como un buen tutor orienta a un joven en su vida personal. En vez de sucumbir ante las cambiantes éticas de las culturas humanas, los pastores deben moldear su carácter cuidadosamente y metódicamente conforme a las Escrituras inspiradas por Dios.
En vez de ser un manual que ha perdido su fuerza o es difícil, la Palabra de Dios es especialmente dinámica. Para describir su naturaleza, Pablo usó la palabra theopneustos, una palabra compuesta de theo, “Dios”, y pneo, “respirar”. Theopneustos implica que Dios no tan sólo es el que originó su Palabra, sino que también está poderosamente presente en ella cuando el pastor la lee, la escucha, y reflexiona en ella. Como Edgard W. Goodrick dice con discernimiento: “Las Escrituras como theopneustos…[están] ‘vivas con la vitalidad de Dios, la cual Él mismo respiró en ellas cuando las creó’ ”.3
Es absolutamente esencial para un vigoroso desarrollo espiritual que los pastores oigan la voz de Dios en la lectura regular y sensible de la Biblia. Conocer la Biblia es la labor y el gozo del pastor.
Bautizado en el EspÍritu
Sobrenatural desde el principio, la fe cristiana es una jornada continua en la obra sobrenatural del Espíritu Santo, una que los pastores deben anhelar para su vida. El Antiguo Testamento establece el fundamento para el desarrollo espiritual de hoy al mostrarnos una variedad de experiencias espirituales entre los líderes de Israel. Saúl, el primer rey de Israel tuvo un “cambio” de corazón y luego “el Espíritu de Dios vino sobre él con poder, y profetizó entre ellos (los profetas)” (1 Samuel 10:9,10).
Cuando Samuel ungió a David, “desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David” (1 Samuel 16:13). Jeremías y Ezequiel escribieron que llegaría el día en que Dios pondría su Espíritu en los creyentes del nuevo pacto y les daría un nuevo corazón (Jeremías 31:31-34; Ezequiel 36:25-27). El Antiguo Testamento también profetiza acerca de encuentros más dramáticos con el Espíritu en la era del nuevo pacto. Por ejemplo, Moisés vio un tiempo en que el Señor pondría su Espíritu en todo su pueblo y se convertirían en profetas (Números 11:29). Joel predijo que el Espíritu se derramaría sobre todas las personas y todos profetizarían (Joel 2:28,29), una promesa hecha aun más explícita en el día de Pentecostés (Hechos 2:16-18).
Cristo enseñó que todos los creyentes debían tener una relación dinámica y continua con el Espíritu Santo. Él modeló para los discípulos lo que era ministrar en el poder del Espíritu. El Espíritu sería su Ayudador y Guía en los tiempos de persecución (Mateo 10:16-20; Marcos 13:9-11; Lucas 12:11,12; 21:12-15). Además de producir el nuevo nacimiento (Juan 3:5), el Espíritu sería Consolador y Maestro que recordaría a todos lo que Jesús había enseñado y que también los guiaría a toda verdad (Juan 14:26; 16:13). Como lo hizo Juan el Bautista, Jesús también habló de la promesa de un bautismo en el Espíritu por venir (Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33; Hechos 1:5) y dio instrucciones específicas a sus discípulos de que no se fueran de Jerusalén a comenzar su ministerio sin ser “investidos de poder de lo alto” (Lucas 24:49; compárelo con Hechos 1:8).
El prometido bautismo en el Espíritu Santo se convirtió en una realidad histórica e inicial en el Día de Pentecostés. Vino un “estruendo como de un viento recio que soplaba” y “lenguas repartidas como de fuego” se asentaron sobre cada uno de los 120 creyentes. El viento y el fuego eran símbolos regulares de una teofanía, la manifestación personal de Dios en el Antiguo Testamento. Aquí, este fenómeno parece indicar la venida del Señor a morar personalmente en el templo que es su pueblo. “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:4).
El bautismo en el Espíritu Santo consiste de un divino poder y plenitud radical; el hablar en lenguas no es la esencia del bautismo en el Espíritu sino la señal inicial de que se lo ha experimentado (Hechos 2:4; 10:44-46; 19:6). Es interesante que el verbo para “les daba que hablasen” es el griego apophthengomai, usualmente usado en el griego de ese tiempo para indicar lenguaje profético divino4 que es tan apropiado para la profecía de Joel.
Junto con el bautismo en el Espíritu, Pentecostés trajo una abundancia de dones espirituales que dieron ímpetu al ministerio de la primera iglesia —dones de profecía, sabiduría, sanidades y otros milagros, guía, poder para testificar, etc. Por lo tanto, el ministerio y la vida de los primeros cristianos era carismático.
El término, carismata, la palabra predominante en el Nuevo Testamento griego usada para referirse a los dones espirituales, implica que la iglesia vive y sirve solo por el poder y la presencia del Espíritu Santo que llena, da poder, transforma, y equipa a su pueblo para la vida y el servicio. No era una simple adición sino que el bautismo en el Espíritu era esencial para la formación y la preparación de los creyentes y líderes del primer siglo. También es un paso crucial para el desarrollo cristiano de los pastores hoy, que no debe ser descuidado en el esfuerzo y proceso de adquirir las destrezas técnicas necesarias para la oficina pastoral.
Andar en el EspÍritu
Una cosa es tener una poderosa experiencia inicial de bautismo en el Espíritu Santo y otras es incorporar esa experiencia para una vida victoriosa y un ministerio productivo. Una manera dramática de ilustrar el camino dinámico y bíblico a la madurez es usar la metáfora de Pablo de “andar en el Espíritu”. “Digo, pues: Andad (de peripate) en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gálatas 5:16).
Las versiones modernas, como la NVI, usualmente traducen esto como “vivan por el Espíritu”, que no es fiel al significado comunicado por Pablo, pero la noción de andar con su progreso deliberado y medido es particularmente impresionante. Pablo siguió diciendo: “Si vivimos (zomen) por el Espíritu, andemos (stoichomen) también por el Espíritu” (5:25). El Apóstol llama a nada menos que un envolvimiento diario con el Espíritu de Dios y a estar atento a Él para que dirija y llene de energía nuestro pensamiento, nuestras actitudes, y nuestras acciones conforme a la Palabra de Dios. En consecuencia, el desarrollo espiritual tanto del pastor como del feligrés está en la constante interacción con el Espíritu.
Las Escrituras también enseñan acerca de renovaciones periódicas del Espíritu en la vida personal. Aun la lectura casual de los Hechos muestra “un bautismo, muchas plenitudes”. En otras palabras, los 120 fueron bautizados en el Espíritu una vez en el Día de Pentecostés (Hechos 2:1-4). Pero después vemos al Espíritu venir sobre ellos muchas veces a fin de animarlos e infundirles poder para tareas específicas. Pedro fue “lleno del Espíritu Santo” en un momento crítico para testificar al Sanedrín acerca de la resurrección de Jesús y explicar la sanidad del ciego a la Puerta la Hermosa (Hechos 4:5-22). Todos los que participaron en la urgente reunión de oración “fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios” (Hechos 4:31). Este patrón continuó a través del libro de los Hechos y no debe perderse en aquellos que han sido separados para enseñar y dirigir al pueblo de Dios.
Pablo usó otros términos para animar a sus discípulos a extraer continuamente de las riquezas y del poder del Espíritu Santo para su vida diaria. Escribió a los romanos: “En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor” (12:11). También dio a los efesios un enérgico mandato en cuanto a la vida llena del Espíritu: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, [1] hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, [2] cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; [3] dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. [4] Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Efesios 5:18-21).
El imperativo de Pablo, “sed llenos”, está en presente y puede ser traducido como “continúa siendo llenado”. Para describir al menos en parte, lo que es ser lleno del Espíritu, Pablo usó sucesivamente cuatro cláusulas de participio que en el pasaje son identificadas por un número. En primer lugar, los que están llenos del Espíritu hablan con los demás creyentes (un ministerio horizontal en comunidad) de una manera comunicativa y mutuamente edificante por medio de salmos, himnos, y cánticos espirituales, y el último posiblemente sea “cantar en el Espíritu”. En segundo lugar “cantan” y “alaban” en su corazón (un ministerio vertical y personal de alabanza a Dios). En tercer lugar, “dan siempre gracias” a Dios por todo en el nombre de Jesús. En cuarto lugar, se “someten” voluntariamente en reverencia a Cristo y a su Palabra. Si estos pasajes son significativos para los feligreses, sin duda también lo son para los pastores que los dirigen.
Las obras de la carne
Andar en el Espíritu significa, tanto para los pastores como para los feligreses, tener comunión regular con el Espíritu de Dios a los objetos de ser llenos de poder y de sabiduría para vencer las tentaciones del mundo, de la carne, y del diablo. Como Cristo, Pablo fue específico, acerca de los pecados que deben ser evitados. Una de sus listas de vicios se encuentra en Gálatas 5:19-21 en la que se vale de la metáfora “las obras de la carne”. Aunque no es una lista completa, se encuentran en ella los pecados de “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas”.
Pablo concluye categóricamente que “los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”. Es significativo que Pablo desistiera de hacer pronunciamientos legalistas acerca de evitar el pecado. Como tan elocuentemente había indicado en Romanos 7, el pecado no puede ser vencido por puro esfuerzo humano. Al contrario, se vence por el poder de una vida llena del Espíritu. “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gálatas 5:16). Es por el Espíritu que podemos hacer “morir las obras de la carne” (Romanos 8:13). En la jornada del desarrollo espiritual, el incesante ministerio del Espíritu muestra a los pastores y a todos los creyentes sus pecados, los convence de pecado, los dirige diariamente en confesión y renovación, y les da la victoria sobre el pecado. Conforme con el Nuevo Testamento, ni los pastores ni los feligreses pueden vencer por simplemente hacer un mayor esfuerzo. Vencen por alimentar la vida llena del Espíritu. Esta dinámica del Espíritu es bien descrita en el título de un mensaje evangelístico de un antiguo predicador escocés: “El poder expulsivo de un nuevo amor”
Equipados —para servir
Demasiadas veces los pastores pentecostales y carismáticos se preparan para el ministerio y lo practican como profesionales educados y exitosos con aparente poca necesidad de la dependencia del Espíritu. Muchas veces la obra del Espíritu por los dones espirituales es considerada como una experiencia para unas pocas personas espirituales. Siguiendo tal herejía, los creyentes prácticos y racionales pueden pasar su día sin ninguna incursión en el mundo sobrenatural. Lamentablemente, en la adquisición de destrezas litúrgicas y de liderazgo, el clérigo ha descuidado esta parte de su formación. En el presente estado de cosas, muchas veces la tecnología de conducir un serviciorecibe más importancia que la función del Espíritu y de sus dones.
Entonces no debe sorprendernos que uno de los aspectos menos entendidos del desarrollo espiritual de los pastores es la importancia de los dones del Espíritu, el cultivo de ellos, y su uso en el ministerio personal. La reflexión de Pablo acerca de su preparación para el ministerio ilumina el asunto: “Del cual yo fui hecho ministro (diakonos) por el don (dorean) de la gracia (charitos) de Dios que me ha sido dado según la operación (tenenergian) de su poder (tes dunameos)” (Efesios 3:7). El rabino adiestrado no dejó de estar preparado, pero lo que lo hacía un ministro no era su educación. Su calificación esencial para el ministerio cristiano provino de la plenitud sobrenatural de la dinámica gracia de Dios y de sus dones. Pablo solo pudo describir el misterio de la obra de Dios en él al referirse a esto como un don de gracia hecho posible por el activo (tenenergian) y grande poder (tesdunameos) de Dios y acompañado de éste.
El desarrollo espiritual también debe tomar en serio la enseñanza bíblica de que todo creyente es un ministro. El clérigo, que son designados un “don” (doreas en Efesios 4:7 y domataen el 4:8) deben equipar a sus hermanos y hermanas ministros: “Y él [Cristo] mismo constituyó a unos, apóstoles…profetas…evangelistas…pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos (ton hagion) para la obra del ministerio (diakonias, lo que es “ministerio”)” (Efesios 4:11,12).
Por lo tanto, los líderes pastorales no son los únicos llamados y equipados para hacer la obra del ministerio. Las enseñanzas de las epístolas apoyan la teología narrativa del libro de los Hechos en el cual personas fuera del grupo apostólico recibían dones espirituales.
Pablo, quien nos dio la mayoría de la enseñanza del Nuevo Testamento acerca de los dones espirituales, escribió a los corintios: “Pero a cada uno (hekast) le es dada la manifestación (phanerosis) del Espíritu para provecho (sumpheron)” (1 Corintios 12:7). En otros pasajes también el Apóstol reiteró la importancia de los dones de cada miembro. Dijo a los romanos: “De manera que, [todos] teniendo diferentes dones (charismata), según la gracia (charin) que nos es dada” (12:6). Dijo a los efesios: “Pero a cada uno (hekast) de nosotros fue dada la gracia (charin) conforme a la medida del don de Cristo [literalmente, “la medida del don (doreas) de Cristo”]” (4:7). Pedro hace eco a las enseñanza de Pablo: “Cada uno (hekast) según el don (charisma) que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia (charitos) de Dios” (1 Pedro 4:10).
Puesto que han sido equipados para “ministrar a los ministros”, los pastores deben servir con gozo, poder, y efectividad usando su conjunto particular de dones que forma las características principales de su estilo de liderazgo particular.
Desee los mejores dones
Una reflexiva lectura de los pasajes anteriores en su contexto claramente revela varios principios transformadores que son vitales para el desarrollo espiritual del pastor. En primer lugar, el Dios trino, por el Espíritu, da dones espirituales a todos los creyentes sin importar la etnia, el color, la edad, la educación, la experiencia, o la estación de vida. Es de notar el repetido énfasis en “cada uno”. En segundo lugar, cada uno de los dones pueden ser identificados como una “manifestación” (1 Corintios 12:7). El término que usa Pablo es phanersis que significa “traer a la luz” o una “declaración”. En otras palabras, algo acerca de la naturaleza y de la actividad de Dios es revelado y realizado por el Espíritu mediante la expresión de estos dones en seres humanos regenerados. En tercer lugar, para Pablo el don es para “provecho” de todos (1 Corintios 12:7), y según Pedro, es para “ministrar a otros” (1 Pedro 4:10). Por consiguiente, la práctica de los dones es vital para el buen funcionamiento del cuerpo de Cristo y, por implicación, vital para la espiritualidad de todo miembro del cuerpo de Cristo.
Si seguimos la palabra favorita de Pablo para referirse a los dones espirituales, charisma, podemos identificar varias listas de dones espirituales. Están en Romanos 12:6-8; 1 Corintios 12:8-10, 28-30; y 1 Pedro 4:10,11 (también véase Efesios 4:7-13, que tiene una variación del término griego). Aparentemente la intención de Pablo no era mencionar todos los dones. Por ejemplo, la habilidad en el oficio o artesanía y la música son actividades en el Antiguo Testamento inspiradas por el Espíritu.
Es obvio que algunos dones, incluidos los nueve tradicionales en 1 Corintios 12:8-10, son más sobrenaturales. Su uso parece requerir un movimiento especial del Espíritu en la persona con el don, proveyendo un ímpetu discernible y definitivo para el ministerio, como la profecía, la palabra de sabiduría o la de ciencias, los mensajes en lenguas y sus interpretaciones, y varios milagros. Para enfatizar la iniciativa del Espíritu y la necesidad de la sensibilidad espiritual para su recepción y uso, describiré a estos dones como espontáneos.
Pero en la tradición pentecostal-carismática, otros dones son descuidados. En las listas de Romanos 12:6-8 y de 1 Corintios 12:28, Pablo también usa la palabra charismata para referirse al “servicio”, a la “enseñanza”, a la “exhortación”, al “dar”, a “presidir”, a “hacer misericordia”, al “ayudar”, y a la “administración”, así como menciona la “profecía” (que también se encuentra en la lista de los dones sobrenaturales en 1 Corintios 12:8-10). Podemos admitir que estos últimos dones mencionados por su índole parecen ser menos sobrenaturales. Por esa razón muchas veces se los refiere como dones ministeriales. Sin embargo, todo don espiritual es un don ministerial. Alguien que ha sido dotado con ellos no tiene que esperar por una visitación inusual u ocasional del Espíritu para ponerlos en práctica. Para enfatizar la naturaleza constante y permanente de este grupo de dones, los describiré como residentes. Aunque son dados y activados por el Espíritu, siempre está presente la inclinación o vocación a estas funciones particulares y deben ser usados regularmente y diligentemente en el ministerio, sea el de un ministro acreditado o el de un voluntario.
Los dones espirituales, aunque son dados por Dios, también los humanos pueden apropiarse de ellos. Por una parte, los dones son distribuidos por el Espíritu (1 Corintios 12:11), Dios obra por medio de ellos (12:5), y la manifestación del Espíritu es dada (pasiva) (12:7) o recibida (1 Pedro 4:10). Dios ha puesto dones en la iglesia (1 Corintios 12:28). Por otra parte, los mejores dones deben procurarse ardientemente (12:31; 14:1,12,39) y los creyentes deben procurar “abundar en ellos para edificación de la iglesia” (14:12). La responsabilidad humana también es promovida en cuanto al momento apropiado y al uso debido de los dones espirituales en la alabanza y la vida en comunidad de la iglesia. Los que practican los dones verbales en el servicio de adoración deben tener discernimiento, dar la oportunidad a otros creyentes con dones, limitar las expresiones congregacionales a un número edificante, y aceptar la primacía de la Palabra de Dios sobre lo que se sienta que el Espíritu está haciendo o diciendo (14:13-33). Sería un increíble desdén a una de las principales enseñanzas bíblicas el que los pastores descuiden la dinámica de la charismata en su propio desarrollo espiritual, en el de sus feligreses, en sus servicios de adoración, o en los varios ministerios de la iglesia, sin mencionar que sería una trágica pérdida de poder espiritual y de efectividad. Aun el pastor Timoteo necesitaba un firme recordatorio: “Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios (charisma) que está en ti por la imposición de mis manos” (2 Timoteo 1:6). Los Timoteos modernos deben “procurar, pues, los dones mejores” (1 Corintios 12:31) y así también avivar su fuego.
Fe prÁctica
Tan importantes como son para el desarrollo espiritual la buena doctrina y las experiencias cristianas auténticas, ninguna garantiza que el pastor crecerá en madurez para la vida y el ministerio. Cuando las desilusiones, los sufrimientos, y las tentaciones llegan a la vida de los pastores, a veces Dios puede parecer distante. En esos momentos puede que no haya la consciente sensación de su presencia ni las señales de una intervención sobrenatural. Podemos pensar en Pablo cuando en su segundo viaje misionero iba muy optimista camino a la provincia de Asia y su ciudad principal solo para ser frustrado cuando la puerta se cerró frente a él hasta que terminó en la pequeña ciudad portuaria de Troas en la esquina noroeste de Asia Menor. Solo allí descubrió que Dios tenía otros y mayores planes para llevarlo a Europa, y Troas era el lugar ideal de donde partir (Hechos 16:6-10). Es probable que fuera más desconcertante la experiencia de Pablo con un “aguijón en la carne” revelado también como “un mensajero de Satanás” para atormentarlo, lo que aparenta ser algún problema físico de fuente demoníaca (2 Corintios 12:7-9). Para hacer las cosas peores, Dios rehusó quitar el aguijón y dijo a Pablo: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (12:9). Aun Cristo, agobiado por la inminente carga del pecado en la Cruz, clamó en angustia: “Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa” (Marcos 14:36).
La pregunta crucial en tiempos como esos es, ¿cuán eficaz es mi fe? Hay una fe de salvación válida que ponemos en práctica cuando recibimos a Jesús como Salvador. En ocasiones en la vida, recibimos el don de fe ?fe que mueve montañas (1 Corintios 12:9; Marcos 11:22-24). Pero para la efectividad diaria en la vida cristiana y en el ministerio, también debemos tener una fe dinámica arraigada en la Palabra inspirada de Dios y alimentada por las disciplinas espirituales regulares de la lectura de la Biblia, la meditación, y la oración.
Una fe que funciona apropiadamente es aquella que ha sido probada por la realidad de la vida diaria. Esa fe mantiene una firme convicción de que la Palabra de Dios es verdadera y la dirección de Dios segura, a pesar de lo que la situación parezca ser en el momento. Una fe saludable y funcional, aunque sea estremecida y no sea infalible, es resistente y nos mantendrá moviéndonos hacia las metas de Dios para la vida y el ministerio. Solo esa clase de fe estabilizará al pastor en los lugares y momentos difíciles. Solo un oído con fe puede oír el mandato del Apóstol a su joven pastor asociado: “Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo” (2 Timoteo 2:3).
Venga tu Reino
El desarrollo espiritual tiene como objetivo la madurez, que es un proceso de toda la vida. La intención de los pastores es comenzar bien, servir bien en el transcurso de la vida, y terminar bien. En cada etapa se requiere la vigilancia y el esfuerzo. Los pastores deben meditar cuidadosamente en los ejemplos en las Escrituras de aquellos que comenzaron bien pero terminaron mal. Saúl, el primer rey de Israel, era más alto que sus contemporáneos y comenzó bien, solo para fallar temprano en el camino y finalmente sucumbir ante el orgullo, los celos, los episodios psicóticos, la hechicería, y morir en el campo de batalla despojado de toda gloria (1 Samuel 9:2; 13:1-15; 18:6-16; 28:1-25). Salomón, probablemente el hombre más sabio y más rico que hay existido, comenzó su reinado con unas dramáticas revelaciones de Dios, alcanzó un éxito extraordinario y la aclamación del público, pero en sus años maduros permitió que su abundante harem pagano desviara su corazón del servicio a Dios (1 Reyes 11:1-3). Uzías, conocido también como Azarías, uno de los más grandes reyes de Judá con un reinado de larga duración se hizo famoso y poderoso, y luego se llenó de orgullo y contrajo lepra cuando en arrogancia usurpó la función de los sacerdotes del templo (2 Corintios 26:19). También podemos pensar en grandes hombres contemporáneos que terminaron mal cuando se enorgullecieron y sintieron que estaban sobre las disciplinas normales de la vida cristiana.
Al pasar de la vida y, eventualmente si Dios lo permite, entrar en las nuevas oportunidades de jubilación, los pastores necesitan recordar que Cristo enseño a sus discípulos a orar “Padre nuestro que estás en los cielos… Venga tu reino” (Mateo 6:9,10). Estas palabras eran un importante recordatorio de que el desarrollo espiritual nunca termina en este lado del Reino. Aunque ciertos aspectos del reino de Dios ya están en medio nuestro, éste solo se manifestará completamente cuando Cristo regrese. “En la casa de mi Padre muchas moradas hay”, dijo Jesús. “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2,3).
El principal propósito de nuestro desarrollo espiritual es estar preparados y dar el anuncio: “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Apocalipsis 21:3).
Edgar R. Lee, S.T.D., profesor de desarrollo espiritual y teología pastoral, Seminario Teológico de las Asambleas de Dios, Springfield, Missouri
3. Edgard W. Goodrick, “Let’s Put 2 Timothy 3:16 Back in the Bible” [Pongamos nuevamente en la Biblia a 2 Timoteo 3:16], Journal of the Evangelical Theological Society[Revista de la Sociedad Teológica Evangélica] 25, número 4 (invierno 1982): 486.
4. Frederick William Danker, A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature [Un lexicon griego-inglés del Nuevo Testamento y otra literatura cristiana antigua], 3era edición (Chicago: University of Chicago Press, 2000).