Cuando un niño muere
Por Richard D. Dobbins

En el orden natural de la vida, son los hijos los que sepultan a sus padres. Cuando la muerte de un niño invierte este orden y enfrenta a los padres con la pérdida de su hijo, las circunstancias adversas de su pérdida agravan su dolor. En mis 40 años como terapeuta, algunos de mis mayores desafíos y de los momentos de una mayor agonía han ocurrido al tratar de ayudar a padres a fin de que encuentren sanidad para su corazón quebrantado por la muerte de su hijo.
Para estos padres y sus familias la vida nunca será la misma. La pérdida de su hijo los dejará peor o mejor, pero nunca volverá a ser lo mismo. La meta del buen cuidado pastoral para familias que encaran este triste desafío es ayudarlas a hallar esperanza y sanidad a través del consuelo de un Dios amoroso.
La sanidad de la muerte de un hijo nunca es fácil. El proceso es mucho más difícil cuando el hijo ha estado viviendo en el hogar bajo el cuidado de los padres, que cuando es mayor y ha vivido por su cuenta. También la causa de la muerte puede complicar severamente y retardar el proceso de recuperación. Anomalías de nacimiento (incluida la muerte en el parto), el síndrome de muerte súbita, enfermedades, accidentes, complicaciones quirúrgicas, rapto, violación, asesinato, y suicidio son tan sólo algunas de las crueles maneras en que nuestros niños pueden ser arrebatados de nosotros. La carga de tristeza que sigue a cada una de estas tragedias es única y requiere una senda levemente distinta para la recuperación.
Cuanto más atroz es la causa de la muerte del hijo, tanto más duradero y más agravante es el proceso de recuperación. Cuando un hijo está luchando con una enfermedad terminal y la muerte termina misericordiosamente el dolor y el sufrimiento, aunque la pérdida es todavía agonizante, sin embargo es más fácil que los padres lo acepten que cuando la muerte viene a causa de un accidente y en forma repentina a un hijo saludable. Cuando un violador o secuestrador mata a un niño, pueden pasar años antes de que los padres puedan moverse más allá de la pena que les ha causado la tragedia. Lamentablemente, algunos nunca lo superan. Lo que viene a continuación son algunos desafíos comunes para recuperación que todos los padres que han perdido un hijo deben enfrentar para superar su pena.
Tratando con la pÉrdida
Junto con la familia, el pastor prudente debe reconocer que para los padres que han perdido un hijo la vida nunca será la misma. Cualquier intento de convencerlos de que sabe cómo se sienten, aunque usted haya perdido un hijo, les sonará hueco e insincero. Sin embargo, Dios sabe cómo se sienten ellos. Él puede darles la sanidad que necesiten. Aquí hay algunas maneras en que los pastores pueden ayudar en el proceso. Anime a la familia para que:
VacÍe su pena ante el Señor
En su dolor, muchos padres olvidan que Dios tenía un Hijo único, a quien dio para que fuera nuestro Salvador. El Padre contempló mientras aquellos que anhelaba salvar dieron una muerte cruel a su único Hijo. Dios conoce la pena de cada padre que ha perdido un hijo. Anime a estos padres a hallar en los brazos eternos un consuelo que solo Él puede dar. Después de todo, Él es “el Dios de toda consolación” (Deuteronomio 33:27; 2 Corintios 1:3,4).
Las lágrimas son un bálsamo al corazón agobiado. Anime a los padres que han perdido un hijo a que lloren con tanta frecuencia y libertad como sea necesario para expresar su pena. Probablemente pasarán entre 18 meses y 2 años para que se recuperen de lo peor de su pena. En los casos en que la pena sea agravada por la muerte accidental o el asesinato de un hijo saludable, el tiempo de recuperación puede prolongarse hasta 3 y 5 años. Los amigos y familiares bien intencionados pueden llegar a impacientarse por la prolongada pena que sigue a la muerte de un hijo. Sin embargo, los padres dolientes necesitan saber que este tiempo de recuperación es normal.
Los padres necesitarán cuidado pastoral a través de todo el proceso de su aflicción. La manera en que la iglesia responda ante la pérdida de los padres puede afectar la actitud de ellos hacia la iglesia en los años siguientes. La gente nunca olvida a los que se preocuparon de ellos en su tiempo de aflicción. Lamentablemente, ellos nunca olvidan a la gente que los descuidó durante su dolor.
El primer año es el más difícil. Los padres recuerdan muy pronto que en esta fecha el año pasado el hijo estuvo con ellos. Pasar el primer año de cumpleaños y de festividades sin el hijo es doloroso. Cuando la onda inicial de aflicción comienza a menguar, dé seguridad a los padres de que aunque la vida nunca será la misma, puede volver a ser buena para ellos. Tal vez se resientan al oírle decir esto, pero extender esta esperanza los estimulará a tratar de superar su dolor.
Recuerdo vívidamente la visita inicial que me hizo una pareja después de haber perdido a su hija adolescente en un trágico accidente automovilístico. Cuando sugerí que, en algún momento en el futuro, la vida podría ser buena para ellos otra vez, la madre no pudo contener su frustración. Sin embargo, cuando vi a la pareja varios años más tarde, me contaron que habían llegado a un punto en que la vida era buena para ellos otra vez. No era lo mismo; no, jamás lo sería. No obstante, las cicatrices de su pérdida se habían transformado en memorias de la fidelidad de Dios durante los años de su aflicción.
No trate de encontrar sentido a la muerte de su hijo
Algunas cosas en la vida no tienen explicación lógica. La muerte de un hijo es una de ellas. Cuando los padres tratan de explicarse la razón de que su hijo haya muerto, lo más probable es que su recuperación se complique en vez de simplificarse.
La historia de la Navidad nos encara con la infame matanza de los infantes ordenada por Herodes en su vano intento por matar a Jesús. Tal arranque de ira sin sentido dejó a centenares de padres paralizados por la aflicción que desafiaba cualquier esfuerzo para explicarla.
Tratar de encontrar lógica a la muerte de un niño es usualmente un intento de desvanecer la realidad después del hecho. Es como si los padres, sabiendo lo que había de suceder, pudieran tomar medidas para impedirlo. Este proceso es parte de la lucha para sobreponerse a la realidad que rompe el corazón por la pérdida de un hijo.
RehÚse vivir en negaciÓn
Hace años atrás vi a una pareja cuyo hijo único hacía 17 años que había muerto en un accidente automovilístico. Ellos habían rehusado aceptar la realidad de su muerte. Su habitación no había sido tocada desde entonces, excepto para la limpieza. En cada comida disponían un lugar para él en la mesa. Ocasionalmente, entablaban una conversación con él como si estuviera presente. En muchos sentidos, ellos habían dejado de vivir cuando su hijo murió.
Después de escuchar su triste historia, yo les sugerí que comenzaran a recuperarse de la muerte de su hijo poniendo fin a la práctica de disponer un lugar en la mesa para él. Esto fue algo que les costó mucho hacer, pero después de unas pocas semanas notaron que estaban disfrutando más de sus comidas.
El próximo paso para salir de su negación era despojarse de las cosas de su hijo y convertir la habitación de él en una parte útil de su hogar. Esta tarea fue más desafiante para ellos. Yo los animé a conservar las fotografías familiares que tenían de él y uno o dos artículos que tenían especial significado para ellos. Esta clase de recuerdos nos ayuda a tener presentes a nuestros seres queridos, pero no es saludable convertir en un museo una habitación que una vez perteneció a su hijo ahora fallecido.
Acepte la muerte del hijo como algo final
Una de las escenas más patéticas del Antiguo Testamento es la del rey David suplicando por la vida de su hijo que había engendrado en su relación adúltera con Betsabé. Sin embargo, cuando sus siervos finalmente le informaron de la muerte del niño, “David se levantó de la tierra, y se lavó y se ungió, y cambió sus ropas, y entró a la casa de Jehová, y adoró. Después vino a su casa, y pidió, y le pusieron pan, y comió. Y le dijeron sus siervos: ¿Qué es esto que has hecho? Por el niño, viviendo aún, ayunabas y orabas; y muerto él, te levantaste y comiste pan. Y él respondió: Viviendo aún el niño, yo ayunaba y lloraba, diciendo: ¿Quién sabe si Dios tendrá compasión de mí, y vivirá el niño? Mas ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle volver? Yo voy a él, mas él no volverá a mí” (2 Samuel 12:20-23).
David sabía que su vida no volvería a ser la misma. Sin embargo, rehusó permitir que la muerte de su hijo fuera el fin de su vida. En cambio, su hijo llegó a ser un tesoro eterno para él, inspirándolo a mirar hacia delante, al momento en que volverían a juntarse. Unos pocos meses más tarde David consoló a Betsabé dándole otro hijo – Salomón. Las Escrituras registran fielmente: “Al cual amó Jehová” (2 Samuel 12:24).
Para muchas personas este es el paso más difícil hacia la recuperación. Es como si para ellos volver a disfrutar de la vida fuera como desmerecer o deshonrar la pérdida de su hijo. Si David y Betsabé hubiesen adoptado esta actitud, posiblemente nunca hubieran tenido a este otro hijo, Salomón.
Mantenga constante su amor a Dios a travÉs de su dolor
El mayor desafío que enfrentan los padres es mantener constante su amor a Dios a través de su pérdida. Tenemos la palabra de Dios que si lo amamos a través de todas las cosas, aun las cosas trágicas, Él hará que ellas obren para nuestro bien (Romanos 8:28).
Esta no es una tarea fácil cuando has perdido a un hijo. Por otra parte, probablemente hay otras pocas ocasiones, si en realidad las hay, en que necesitamos sentir más cerca la presencia de Dios y experimentar su amor. Él ha prometido acercarse a nosotros cuando nosotros nos acerquemos a Él (Santiago 4:8). Dejar que su pena le conduzca a Dios es la manera más saludable en que usted puede responder.
Tratando con el sentimiento de culpa
Los pastores están mejor equipados para ayudar a las personas a tratar con los asuntos de culpa en su vida que cualquier otro profesional. Cuando un hijo muere, la culpa, la real o la imaginada, enfrenta con frecuencia a los padres. Cuando un bebé nace muerto o muere de una enfermedad congénita, la madre o el padre pueden culparse mutuamente por la muerte del niño. Bien sea la conexión real o imaginaria, la madre y el padre necesitan tratar con la culpa.
Si los padres se suponen culpables, recuérdeles que Satanás es nuestro acusador y anímelos a rechazar sus acusaciones (Apocalipsis 12:10). El trato con el dolor de la pérdida es difícil. La última cosa que un padre afligido necesita es la carga de la culpa auto-impuesta.
Si la culpa es real y la muerte del niño es el resultado de decisiones irresponsables que uno de los padres hizo, usted, como su pastor, necesitará guiarlo mediante la confesión y el perdón como se bosqueja en las Escrituras (1 Juan 1:7-9). Usted puede sentir que tomar una posición como esa es casi cruel.
Sin embargo, entender compasivamente su culpa y permitirle tratar con ella desde la perspectiva bíblica, le traerá un inmenso alivio.
Nada ganan los padres condenándose a vivir bajo una sombra de culpa por el resto de su vida porque no pueden revertir sus decisiones. Esto no es lo que su hijo hubiera querido para ellos. Cuando usted los ayuda a recibir el perdón de Dios y a entender que su hijo fallecido también los perdonaría, usted está ayudando a su recuperación.
Tratando con el enojo y la amargura
La naturaleza opresiva de la muerte de un hijo hace necesario determinar responsabilidad y culpa. A veces, los padres echan la culpa a Dios. Pueden también sentirse incómodos discutiendo su enojo con Dios con su pastor. Compartir momentos con ellos en los cuales usted ha estado disgustado con Dios, y el alivio que experimentó al expresar esto en sus oraciones, les hará sentirse menos culpables por haber llegado a tener estos sentimientos normales.
Recordar a los padres las pruebas de Job puede ser de ayuda. Dios mismo admite que Job era el hombre más recto que había en el mundo (Job 1:8). Cuando él sintió que su tratamiento era injusto, Job se disgustó con Dios. Él estaba suficientemente seguro en su relación con Dios como para decirle cómo se sentía. Haga saber a los padres que ellos pueden expresar verbalmente su enojo a Dios. Luego, anímelos a meditar en Dios para su respuesta consoladora a la ofensa que le han hecho. Cualquier tendencia que uno de los padres tenga de culpar al otro necesita de su mediación, de modo que su dolor los conduzca más cerca de Dios y el uno del otro.
Con frecuencia uno de los padres está disgustado consigo mismo. Su enojo volcado hacia dentro puede dar lugar a cargas invalidantes de depresión. A veces la amenaza de suicidio puede ser evidente. En tales casos, el padre necesita alguien que no lo pierda de vista. Usted también necesita hacer una referencia prudente a un competente profesional cristiano de la salud mental para proveer a la persona con la atención adecuada. Recuerde a ese padre que castigarse a sí mismo añadirá dolor al matrimonio y a la familia y no reemplazará la pérdida de su hijo.
Recuerde a los padres que sus otros hijos vivos también sienten la pérdida de su hermano. A menudo los otros hijos se sienten desatendidos y menoscabados cuando un hermano muere. Los padres saludables dirigirán el amor que tenían por el hijo que perdieron a la vida de sus hijos que están vivos. Esto ayuda a la sanidad de los padres y a consolar a los otros hijos.
A veces cuando la muerte arrebata súbitamente de los padres a hijos adolescentes o mayores, los padres se afligen pensando en si su hijo vivirá eternamente en el cielo o en el infierno. Recuerde a estos padres que Dios nos ha puesto en ventas y no en administración. Asegúreles que su hijo está en las manos de Dios. Él los ama más de lo que podría amarlos cualquier persona en la tierra. Anime a los padres a dejar a su hijo al cuidado de Dios.
