La clave de lo milagroso
De cómo la siembra de una simiente destinada a ganar gente para Cristo hará crecer a su iglesia
Por Randy Valimont
La mayor parte de las personas que han procurado tener algún significado en la vida, se han encontrado con interrupciones divinas; momentos en los cuales Dios ha parado en seco sus intenciones y le ha dado una forma nueva a su manera de ver la realidad. Recuerdo un suceso así a principios de mi ministerio. La verdad que Dios me comunicó aquel día es la clave de lo milagroso.
Cualesquiera que sean las victorias que usted obtenga, cualesquiera que sean los lauros que Dios conecte con su ministerio, cualquiera que sea el nivel de buen éxito que Cristo traiga a su vida, todas estas cosas nacerán de su generosidad. En particular, el hecho de estar dispuesto a dar abnegadamente para la causa de Cristo en todo el mundo es el que más determinará su capacidad para transformar su esfera inmediata de influencia ministerial. Estoy hablando de las misiones mundiales.
Desde su nacimiento, las Asambleas de Dios se han dedicado a llevar el evangelio a las almas perdidas utilizando todos los medios disponibles. Como iglesia, nos tomamos muy en serio la Gran Comisión. Eso mismo hace el Señor. Desde la fundación de las Asambleas de Dios en 1914, hemos crecido hasta llegar a tener más de cincuenta y cinco millones de miembros en todo el mundo. Cuando se tiene en cuenta que esta clase de crecimiento se ha producido en menos de un siglo, se puede comprender por qué como Fraternidad, aceptamos y entendemos lo milagroso.
Cuando usted comunique a su congregación la pasión por las misiones mundiales, sucederán dos cosas: usted verá que comienza a multiplicarse su capacidad para ministrar a los que están distantes pero tienen necesidades urgentes, y verá también que su capacidad para satisfacer las necesidades de su propia congregación se ampliará con mayor rapidez aun. Ahora bien, yo tuve que aprender estas lecciones por mí mismo.
Una prueba para la sabidurÍa
Yo conocí las misiones siendo pastor de jóvenes, mientras trabajaba para Gerald Jordan, mi suegro, en la Primera Asamblea de Dios de Springdale, Arkansas. No podía comprender por qué él estaba tan interesado en ayudar a personas totalmente extrañas a las que nunca vería, con las que nunca se encontraría, y sobre las cuales nunca ejercería influencia alguna. Comprendía la necesidad de ganar a las almas perdidas, pero ¿acaso no estábamos rodeados de ellas allí mismo? En realidad, ese argumento habría sido más persuasivo aun hoy, porque Estados Unidos se halla en tercer lugar en cuanto al número de almas perdidas entre todas las naciones del mundo. ¿Acaso no estaban esas almas perdidas en nuestra propia población? ¿Acaso no estaban en nuestro propio estado? ¿No debíamos concentrar nuestros esfuerzos en esas personas?
Mientras pensaba en esto, pregunté a mi suegro por qué dábamos una parte tan grande de nuestro presupuesto de la iglesia para las misiones. Él me llevó a almorzar cuando observó la consternación que había en mi voz, y la perplejidad que se me notaba en el rostro. Me explicó el corazón de Dios de una manera tan profunda, que nunca he olvidado aquella conversación.
Dijo algo que me sacudió más que ninguna otra cosa: “Hijo, si tú cuidas del mundo de Dios, Él cuidará de tu iglesia”.
Yo protesté diciéndole: “Pero si yo cuido del mundo de Dios”.
Él me dijo: “Lo que nosotros hagamos debe ser guiado por el camino que Él tome”.
Era una afirmación muy profunda. Estaba compartiendo conmigo el núcleo mismo de la existencia de la Iglesia. Jesús dijo a sus discípulos no sólo que fueran a Jerusalén, sino también a Judea y a Samaria, y hasta los confines de la tierra.
Dar de verdad, me dijo mi suegro, es dar para unos ministerios que no beneficiarán a tu iglesia. A veces los pastores olvidamos esto. Estamos tan interesados en ganar a las almas perdidas y en edificar nuestras iglesias, que a veces nos confundimos en cuanto a este aspecto de la verdadera generosidad. Sin embargo, eso es lo que son las misiones: llegar hasta gente que tal vez nunca veas, toques o escuches. Cuando yo comencé a comprender y aplicar este principio, mi vida cambió. Dios comenzó a bendecir a nuestro ministerio con los jóvenes, y cada vez nos ocupamos más en las misiones.
La aplicaciÓn de una verdad
Cuando comencé mi primer pastorado, las misiones eran ya un fundamento firme de mi ministerio. Una cosa es estar convencido de una verdad, y otra muy distinta es convencer a nuestra congregación. Su gente sólo captará aquello que usted crea, y por lo que sienta pasión.
El año antes de llegar yo a Toccoa, Georgia, la primera iglesia que pastoreé, ésta había dado menos de $2.500 para las misiones en el mundo y en los Estados Unidos. Yo sabía que toda iglesia necesitaba dar para experimentar las bendiciones y la expansión que da Dios. Pero la iglesia apenas estaba pudiendo satisfacer sus propias obligaciones, y creía que el nivel de apoyo misionero que estaba dando constituía ya todo un sacrificio.
Yo compartí con ellos el concepto de dar a las misiones, y lo que significa ser una iglesia generosa con ellas. Introduje este concepto en mis sermones. Busqué oportunidades para invitar a misioneros que nos ministraran. Recordé a los miembros las necesidades del mundo, al mismo tiempo que procurábamos la manera de satisfacer nuestras propias necesidades. Los resultados fueron asombrosos. Dios comenzó a bendecir a nuestra iglesia en la proporción en que nosotros les dábamos prioridad a las misiones en nuestras actividades mensuales.
Después de nueve años y medio, la cantidad que la iglesia ofrendaba para las misiones había crecido hasta casi $60.000 al año. Lo increíble es que el total de ofrendas de esa iglesia ascendió desde $30.000 hasta $550.000 durante ese año.
En aquellos años, aun mientras invertíamos nuestros fondos en ministerios de todo el mundo, Dios bendijo a nuestra iglesia. Construimos edificios nuevos y mejoramos nuestras dependencias. Con el aumento de las ofrendas para las misiones, experimentamos un aumento en los recursos para satisfacer las necesidades de nuestra iglesia en crecimiento. Durante ese tiempo, Dios nos proveyó en su fidelidad. En realidad, siempre teníamos más de lo que necesitábamos. Es interesante hacer la observación de que la cifra de miembros de la iglesia iba creciendo en proporción con la cifra de nuestras ofrendas misioneras.
La expansiÓn del milagro
Cuando llegué a la Primera Asamblea de Dios de Griffin, Georgia, la situación era más desesperada aun. La iglesia tenía un retraso de $5.000 en sus deudas. Sus ingresos oscilaban alrededor de los $400.000 al año, pero el presupuesto era superior a los $8.000 semanales. Teníamos un déficit de $20.000 que iba en aumento con cada año que pasaba.
En 1992 se habían dado alrededor de $10.000 para las misiones. Habrá quien se sienta satisfecho con esa cifra, sobre todo en una iglesia que está luchando por cumplir con sus obligaciones económicas. A mi parecer, cuando se dan menos de $10.000 para las misiones, se esta descuidando genuinamente una clave de lo milagroso.
Uno de los miembros de la junta me preguntó cómo íbamos a salir de nuestro dilema económico. Mi respuesta fue que íbamos a dar hasta poder salir. No estoy seguro de que fuera ésa la respuesta que él quería oír, pero así fue como Dios comenzó a hacer las cosas.
Nunca olvidaré cuando Dios comenzó el cambio en nuestra iglesia de Griffin. Uno de los milagros sucedió cuando fuimos a un banquete de Light for the Lost. El orador habló de que los misioneros podían usar una y otra vez cuanta literatura se comprara con fondos de Light for the Lost. Esto tendría por resultado una gran cantidad de decisiones por Cristo. Era como si el Espíritu Santo hubiera encendido una luz dentro de mi espíritu. Supe que si dábamos hasta el sacrificio para Light for the Lost, podríamos alcanzar a miles de personas para el Reino. Si estábamos sintonizados con el corazón de Dios, Él usaría el dinero que diéramos sacrificándonos y lo multiplicaría para devolvérnoslo, de manera que resolviéramos nuestras propias necesidades. Sabía que si queríamos ver crecer a una iglesia, tendríamos que sembrar una semilla con el fin de ganar gente para Cristo.
Sembramos una semilla de $3.000 como promesa de fe. La iglesia nunca había hecho una promesa de fe tan grande durante los sesenta y cinco años de su historia. Lo que sucedió fue asombroso. Al cabo de unas semanas, hubo personas que comenzaron a aceptar a Cristo: los drogadictos, las prostitutas, y los empleados de bar homosexuales comenzaron a asistir a la iglesia, y a hallar en Cristo a su Salvador. Nuestra iglesia cambió porque nosotros nos interesamos en el mundo de Dios, y Dios se interesó en ella.
Cinco programas de construcción y dos grandes proyectos de remodelación más tarde, nuestros ingresos anuales habían ascendido desde $400.000 hasta diez millones, y Dios nos sigue bendiciendo. En los años recientes, lo que nuestra iglesia aporta para las misiones ha aumentado desde menos de $10.000 al año hasta más de $3,6 millones.
Una constante divina
Nunca nada que valga la pena obtener será fácil. En su propia búsqueda de significación dentro del ministerio, muchas veces se le enfrentará lo aparentemente imposible. Cuando identifique la necesidad de un milagro, aproveche esa oportunidad para dedicar más recursos aun al Dador de los Milagros.
Durante los difíciles meses y años que siguieron al 11 de septiembre, muchos en la iglesia estaban sufriendo, y necesitados de recortar su vida económica, pero Dios nos estaba bendiciendo. Cuando la recesión de 2005 golpeó a Atlanta, las plantas de la Ford y de la GM cerraron. Después, las aerolíneas Delta y Northwest se declararon en bancarrota. Mucha de nuestra gente tuvo que aceptar un recorte en sus sueldos de 25, 30 o aun 40 por ciento. Para complicar aun más esta crisis, una de nuestras plantas locales, que empleaba a quinientas personas, tuvo que cerrar. Los precios de los bienes raíces en la zona de Atlanta, que había parecido aislada de otras regiones, se desplomaron de repente. Los constructores ya no estaban construyendo casas. El mercado de bienes raíces se inundó de gente que quería vender su hogar, y se estaban produciendo reposesiones de casas. Durante todo este tiempo, nunca renunciamos a nuestra creencia básica: si nosotros cuidamos del mundo de Dios, Él cuidará de nuestra iglesia. Si teníamos que escoger entre dar para las misiones y dar para el fondo de construcción, sabíamos que daríamos para las misiones, y lo hicimos una y otra vez. ¿Por qué? Porque sabíamos que Dios se encargaría de nuestra construcción si nosotros nos encargábamos de aquello que era importante para Él.
Milagrosamente, aun a través de los tiempos más difíciles por los que había pasado la región de Atlanta en su economía, Dios seguía haciendo que nuestra iglesia creciera espiritualmente, numéricamente, y económicamente.
Cuando hacemos como iglesia algo extraordinario para las misiones, Dios siempre hace algo extraordinario por nosotros. Es la ley de la siembra y la cosecha, y el campo de mies de su iglesia no es distinto. La pregunta que usted se tiene que hacer es ésta: ¿cuáles son mis prioridades? ¿Cree usted realmente que Dios es su Fuente de provisión? La tentación está en ver los números y racionalizar después la cantidad que da. En cambio, cuando usted da la prioridad a las misiones, se está conectando con su fuente inagotable para recibir de ella toda bendición. Le está abriendo la puerta a lo milagroso.
En Malaquías 3 leemos las promesas de Dios respecto al diezmo. Allí Él promete que si su pueblo lleva todos los diezmos al alfolí, Él derramará una bendición tan grande, que no la podrán contener (v. 10). Este pasaje habla sobre todo del diezmo, pero estoy convencido de que también se aplica a las ofrendas para las misiones. Cuando usted enseña a su gente a sacrificarse para ayudar a las misiones, le está enseñando a amar al mundo de Dios a la manera de Él. Ésta es una de las verdades más significativas que podemos comunicar en nuestra condición de líderes: enseñar a la gente a que su propia vida se vuelva significativa como consecuencia de su dedicación a propagar la Palabra de Dios. Esto es hallar el significado en los lugares insignificantes.
Si alguna vez ha estado en un campo misionero, y ha visto cómo alguien que estaba perdido recibe la salvación, o presenciado la terminación de un proyecto importante pagado por los dólares misioneros de su iglesia, y la gente se le ha acercado con los ojos llenos de lágrimas a darle las gracias por su duro trabajo y su esfuerzo, entonces sabe que el coro del himno Cuando veamos a Cristo se le aplica como nunca antes.
“Todo habrá valido la pena cuando veamos a Jesús;
Las pruebas de la vida parecerán muy pequeñas cuando veamos a Cristo;
Bastará ver por un instante su amado rostro para borrar todo dolor,
Así que corramos con valentía la carrera hasta que veamos a Cristo.”
No olvidemos nunca la razón de que Dios hiciera nacer a la iglesia pentecostal: para que fuera la mayor agencia encargada de enviar misioneros que el mundo haya conocido jamás. Que Dios nos ayude a mantenernos centrados en esa tarea.
Hay quienes dirán que ya hemos hecho bastante. Yo respondo con un resonante “no”. Las estadísticas recientes sobre las misiones,1 fechadas en el año 2006, nos dicen lo que sigue:
- En la tierra viven casi seis mil seiscientos millones de seres humanos.
- Mil doscientos millones viven con veintitrés centavos diarios.
- Dos mil millones de personas no tienen electricidad.
- Ochenta por ciento de todos los seres humanos tienen viviendas muy por debajo de la norma media.
- Mil millones de personas carecen de agua potable segura.
- Cada dieciséis segundos muere alguien de hambre.
- Cincuenta y siete millones de personas murieron en el año 2006.
- Diez millones y medio de los que murieron eran niños con menos de cinco años de edad.
- Catorce millones quedaron huérfanos a causa del VIH/SIDA.
- Dos millones de niños han muerto a causa de conflictos armados durante los últimos diez años.
Mientras tanto,
- En Estados Unidos se gastaron ocho mil millones de dólares en cosméticos en 2005.
- En Europa se gastaron once mil millones de dólares en helados.
- Entre Estados Unidos y Europa se gastaron diecisiete mil millones de dólares en comida para los animales domésticos.
- En Europa de gastaron ciento cinco mil millones de dólares en bebidas alcohólicas.
¿Hemos hecho lo suficiente? ¿Hemos dado tanto como nos ha sido posible? En 2006, las iglesias de las Asambleas de Dios en los Estados Unidos dieron doscientos veintiún millones de dólares a las Misiones Mundiales por medio de 2,8 millones de miembros de la nación. Esto significa que dimos $6.58 por persona al año; es decir, unos dos centavos al día por miembro.
Necesitamos sentir la carga, y necesitamos también terminar la tarea. Dios quiere derramar sus recursos sobre las iglesias que bendecirán al mundo con el mensaje de Cristo Jesús. ¿Estaremos a su disposición, y deseosos de ser canales de su gracia y de su misericordia?
NOTA
1. Tomado de la circular World Challenge Missions Update, de World Challenge, Inc.

