Las iglesias y los misioneros: un matrimonio caído del cielo
Por Don James y Mark Lehmann con Scott Harrup

Busque en las páginas finales de su Biblia de estudio, y lo más probable es que encuentre varios mapas de Israel y de las regiones circundantes durante diversos momentos de la historia. Muchas veces hay entre ellos un mapa de la costa del Mediterráneo durante los primeros años de la Iglesia. Varias flechas con distintos colores señalan los tres viajes misioneros del apóstol Pablo que recoge el libro de los Hechos.
Si ese mapa final estuviera realmente completo en su análisis de las empresas misioneras llevadas a cabo por la Iglesia en sus comienzos, habría en él una gran estrella para señalar la ubicación de la iglesia de Antioquía. Los viajes de Pablo sólo fueron una parte de la ecuación misionera: la iglesia que lo envió formó con él una silenciosa sociedad cuya influencia Pablo sintió durante todo lo que se refiere en el resto del libro de los Hechos.
Al leer Hechos 11 y 13, vemos que Pablo y Bernabé comenzaron contribuyendo con su ministerio en la iglesia de Antioquía. Más tarde esta iglesia los enviaría para que bendijeran a la iglesia de Jerusalén (que también merece otra estrella en el mapa, puesto que era ella la que había enviado a Bernabé a la iglesia de Antioquía). Por último, después que la iglesia de Antioquía se entregó a un tiempo de oración y ayuno, los creyentes de allí enviaron a Bernabé y a Pablo al gran mundo de los gentiles con el evangelio.
Esa asociación entre ellos no había sido pensada por seres humanos. Una y otra vez el texto nos recuerda la participación del Espíritu Santo, dirigiéndolos y cuidando de ellos. En esta dinámica de relación entre iglesia y misionero, nada ha cambiado entre el siglo primero y el actual.
“Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron” (Hechos 13:3).
Imagínese una versión truncada del versículo anterior: “Los despidieron”. Saque de la escena el ayuno y la oración, y tendrá a un grupo de cristianos que oyeron hablar de una necesidad, identificaron a dos emisarios del evangelio, y se limitaron a darles provisiones para su viaje.
Sin embargo, la iglesia de Antioquía no tenía por costumbre alimentar los entusiasmos superficiales del momento. Aquellos creyentes tenían un compromiso con la Gran Comisión que era dirigido por el Espíritu Santo mismo. Y ese compromiso tenía un sólido fundamento en la comunión con el Espíritu en oración.
Visite la iglesia Cornerstone, en Bowie, Maryland, que pastorea Mark Lehmann, y descubrirá en acción este mismo proceso.
Las fotos de los misioneros llenan las paredes del santuario. Durante una reunión de oración por las misiones que se celebra todos los sábados por la noche, la gente se va moviendo de una fotografía a otra, poniendo las manos sobre ellas, y orando fervientemente para que Dios provea y unja a los misioneros y a las regiones donde están, indicando concretamente sus nombres.
Allí no oirá usted ninguna de esas breves súplicas genéricas para que Dios “bendiga a los misioneros”. Esas personas bañan en lágrimas sus oraciones.
Puede ver un espectáculo similar en la iglesia Bethany, de Wyckoff, Nueva Jersey, que pastorea Don James. En cada boletín que se hace para los cultos se mencionan algunos de los misioneros que ayuda a sostener la iglesia, y que son más de ciento cincuenta. En todos los cultos se incluyen oraciones concretas por necesidades concretas suyas.
La oración fiel y concertada sólo es un aspecto de la profunda relación que se ha ido creando entre ambas iglesias y los misioneros que ellas ayudan a sostener. En Cornerstone, la congregación considera a cerca de ciento sesenta misioneros como miembros del personal de la iglesia. ¿Por qué? Porque son una extensión directa de la visión que tiene Cornerstone para alcanzar a las almas perdidas.
Cuando los misioneros y las iglesias se relacionan de manera tan íntima, crean un ambiente de bendición mutua a largo plazo. A principios de la relación que existe desde hace más de doce años entre Cornerstone y el misionero Bill McDonald, la iglesia dio hasta el sacrificio para la construcción de una iglesia en Cuenca, Ecuador. Las cosas se invirtieron recientemente, cuando Cornerstone comenzó su propia campaña de construcción. La iglesia de Cuenca hizo que su pastor tomara un avión y fuera allí para entregarles en mano un cheque destinado a su programa de construcción.
Con todo, la prioridad que tiene la relación supera a todas las cifras en dólares. Las familias de Bethany contribuyen con más de cien dólares mensuales para cada uno de los ciento cincuenta misioneros que sostienen. Ese compromiso a gran escala demuestra que se ha establecido una visión misionera. No obstante, la congregación de Bethany se mantiene centrada en su oración en los propios misioneros y en las personas con las que ellos están trabajando.
El mayor impacto que puede causar cualquier iglesia en las naciones no se limita sólo a aportar dinero para los proyectos de los ministerios que trabajan en ellas. Aunque es emocionante colaborar con los constructores locales en la edificación de escuelas bíblicas o de iglesias, el verdadero punto focal se encuentra en las personas mismas. El mayor impacto a favor del Reino se produce cuando la iglesia envía misioneros que llevan consigo el fundamento de una relación de amor y de apoyo para comunicar el amor de Cristo a la gente que vive en un campo misionero.
En primer lugar, y por encima de todo, las misiones son un esfuerzo dirigido a la gente. Las iglesias que se limiten a apoyar presupuestos misioneros, esfuerzos de alcance a gran escala, y proyectos de construcción, obtendrán muy poco para el Reino. La iglesia que llore por las almas perdidas es la que recogerá una cosecha eterna.
“Ellos, entonces, enviados por el EspÍritu Santo, descendieron a Seleucia, y de allÍ navegaron a Chipre” (Hechos 13:4).
Pablo y Bernabé no se lanzaron a su ministerio como si una soga los estuviera amarrando a Antioquía. A pesar de las diferencias tecnológicas de aquellos tiempos, y de la falta de comunicación, estos misioneros viajaron con la confianza de la iglesia que los estaba enviando. No se menciona que hubiera ningún representante de Antioquía que dijera a Pablo y Bernabé que se debían embarcar en Seleucia, o que la iglesia esperaba que le enviaran un informe en el primer barco que regresara de Chipre.
Pablo y Bernabé fueron “enviados por el Espíritu Santo”. La iglesia de Antioquía confió en sus misioneros... y en que era el Espíritu Santo quien los dirigía. De la misma forma en que un pastor desea gozar de la confianza de su congregación, el misionero desea gozar de la confianza del pastor y la iglesia que lo apoyan. Los misioneros necesitan sentir que la congregación cree en ellos y en su resolución a seguir el plan de Dios, escuchar su voz, y obedecer su dirección en un campo misionero lejano.
Los comunicados de los misioneros no son informes para los accionistas, ni memorandos para alguna junta colectiva de directores. El entusiasmo por alcanzar a las almas perdidas y la seguridad respecto a la dirección de Dios sobre el misionero son los que deben llenar de energía la comunicación entre él y la iglesia que lo sostiene. Nuestro mundo actual, tan bien comunicado, permite la regularidad de circulares, comunicaciones por correo electrónico, y aun teleconferencias y videos a través de la Internet. Todas estas herramientas pueden servir para profundizar la asociación entre el misionero y la iglesia que lo sostiene.
No es realista que una iglesia espere un informe mensual, o aun trimestral, de cada uno de los misioneros que sostiene. Tampoco lo es realista de ellos respuestas personales a todas las cartas que les envíen los miembros o las clases de la escuela dominical. Si una iglesia le impone este tipo de expectativas a un misionero, es que la confianza mutua se ha evaporado. Lo está tratando como un empleado del ministerio, y no como un colaborador en el ministerio.
Por otra parte, cuando es la confianza la que caracteriza la relación entre la iglesia y el misionero, la información puede fluir entre el campo y la base nacional con la oportunidad y la significación que le inspira el Espíritu. Cornerstone y Bethany valoran grandemente esas oportunidades de interceder por un misionero que llama o envía un correo electrónico desde el campo, con una súplica de oración urgente. Ambas congregaciones, por encima de su apoyo económico normal, están preparadas para asumir de manera momentánea unas necesidades creadas por una crisis.
Cuando existe esa confianza en las relaciones entre iglesia y misionero, esas solicitudes nunca dan el tono de quien suplica una limosna. Los misioneros comunican su necesidad a una iglesia que los sostiene, como un socio comparte una información vital con otro, en el contexto de una empresa común.
La ecuación de la confianza funciona en ambos sentidos. El misionero, cuando visita a la iglesia, confía en el sentido de oportunidad del pastor, y no pone en tela de juicio la forma en que éste comprende la dirección del Espíritu en cuanto a un culto en la iglesia. El misionero invitado a compartir su visión ministerial durante una ventana de cinco minutos, no se siente desairado porque no le dieron más tiempo para hablar en el culto. Él confía en que la congregación y el pastor que están asociados a su ministerio estén siguiendo la dirección del Espíritu, y dando en obediencia para satisfacer sus necesidades.
“Entonces los discípulos, cada uno conforme a lo que tenía, determinaron enviar socorro a los hermanos que habitaban en Judea; lo cual en efecto hicieron, enviándolo a los ancianos por mano de BernabÉ y de Saulo” (Hechos 11:29, 30).
Los creyentes de Antioquía tenían todo un historial de ayuda a los demás que iba mucho más allá de su compromiso de orar y ayudar con dinero. Así es como los vemos enviar emisarios (en este caso, los mismos hombres que se convertirían en sus misioneros) a la iglesia de Jerusalén, cuando aquel grupo hermano de cristianos se vio enfrentado a tiempos difíciles.
La iglesia que tiene mentalidad misionera ocupa a sus miembros en sus labores por alcanzar a los demás, en unas capacidades que van mucho más allá de la firma que ponen en sus cheques mensuales para el sostenimiento.
Bethany mantiene en cuanto a su generosidad misionera una filosofía de acercamiento a las vidas en el campo. Un proyecto reciente llevó al personal pastoral de la iglesia a Italia para colaborar con los misioneros Bob y Lynn Rose en la labor de entrenar y animar a los líderes de las iglesias locales. Otro equipo de Bethany fue a Polonia para establecer unas relaciones ministeriales y para darles ánimo a los que trabajan en esa nación.
Cornerstone va más allá del apoyo económico a los misioneros de Asia, del centro de Eurasia o de Europa, y se ha conectado personalmente con prostitutas rescatadas en Asia, huérfanos del Uzbekistán, y nuevas iglesias que están pasando por dificultades en Europa.
Muchas iglesias locales menosprecian y descuidan las increíbles ventajas que tienen en cuanto a conectarse con los misioneros y los campos de misión en un nivel más profundo que el simple apoyo económico. Las misiones son mucho más que una consideración de tipo fiduciario. Son una expresión y una extensión de la vida de la iglesia local. Cuando las iglesias y los misioneros se asocian a distintos niveles para realizar la Gran Comisión, están alcanzando a seres humanos de todo el mundo para la eternidad.
¿Es siempre posible una asociación en el mismo campo? No. Uno de los milagros de las misiones que se están desarrollando hoy es la asignación de personal misionero a naciones donde hay restricciones y se desafía la propagación del evangelio a cada instante desde los puntos de vista legal, cultural, y religioso. En circunstancias así, es posible que la iglesia que esté apoyando a los misioneros sólo reciba insinuaciones acerca del ministerio que están realizando. No hay la posibilidad de enviar equipos a trabajar en el lugar, o aun de enviar fondos directamente al misionero. Sin embargo, la iglesia que está en sintonía con el Espíritu y que ha sido bendecida con una asociación continua a la gran familia misionera, halla muchas formas creativas de apoyar la expansión del evangelio en los campos de siembra nuevos y espiritualmente áridos.
“DespuÉs fue BernabÉ a Tarso para buscar a Saulo; y hallÁndole, le trajo a Antioquía. Y se congregaron allí todo un aÑo con la iglesia, y enseÑaron a mucha gente” (Hechos 11:25, 26).
En los años anteriores a sus viajes, Pablo y Bernabé comenzaron su colaboración en el ministerio como una poderosa fuerza docente dentro de la iglesia que los enviaría. Contribuyeron de forma directa al crecimiento de la iglesia de Antioquía y al desarrollo de su visión.
Hoy, los misioneros pueden dar una inyección de visión y de vitalidad a las iglesias que los han enviado. Los pastores que invitan misioneros para que hablen en un culto, lo deben hacer con la expectativa de que el misionero visitante hablará a la vida de la congregación. Ciertamente, se pueden comunicar las necesidades y las metas del ministerio en el campo de misión. Pero también debe haber una comunicación de aliento y de orientación para el ministerio local que realiza en esos momentos la iglesia que sostiene al misionero.
El pastor necesita decir al misionero que los visita: “Deme su corazón. Comparta conmigo lo que hay en él. Vaya más allá de las estadísticas y dígame lo que siente que Dios nos está diciendo”.
Una invitación así a revelarse creará el contexto necesario para una proclamación dinámica, tanto de la cosecha en el exterior, como del crecimiento local del evangelio.
Ponemos un caso como ejemplo. Un culto misionero que se celebró hace varios años en Cornerstone con un misionero que trabajaba en uno de los países con restricciones no se anduvo con rodeos cuando se trató de las necesidades que había en esa nación. Los creyentes de esa región se encuentran bajo constantes amenazas provenientes de un gobierno formado por muchos facciones que hace cumplir ciegamente una agresiva religión mayoritaria.
La presentación del misionero visitante se produjo en medio de la campaña capital de Cornerstone para levantar el edificio que usa en el presente. Durante aquel culto se produjo un doble milagro. La gente captó la visión del huésped, y en sus corazones resonó su llamado a un sacrificio total por la causa de Cristo. Cornerstone recogió una de las mayores ofrendas misioneras de toda su historia. Sin embargo, junto con esa ofrenda vino un sentido mayor de compromiso con la gente necesitada que vivía en los alrededores de la iglesia. Al cabo de seis meses, todo el proyecto de construcción había quedado apoyado por promesas nacidas del sacrificio.
“En aquellos días unos profetas descendieron de JerusalÉn a Antioquía” (Hechos 11:27).
Las iglesias de Antioquía y Jerusalén nos señalan otra poderosa dinámica existente hoy en el mundo de la Iglesia. El Espíritu Santo usa las redes de iglesias para atender a las necesidades espirituales. Una iglesia puede alentar poderosamente a otra en cuanto a cumplir con la voluntad de Dios.
Dios ha bendecido a las Asambleas de Dios con una red de iglesias, distritos, y líderes de misiones que están unidos para llevar el evangelio a todo el mundo y edificar a los ministerios y los creyentes locales. No se trata de una red edificada sobre el deseo de un crecimiento propio, o de unas mejoras egoístas, sino basada en el principio de la iglesia local.
Nuestra estructura como red crea un ambiente que favorece el animarnos unos a otros. Las iglesias que aún tienen que desarrollar una visión para las misiones, tal vez no lo harán nunca si se las deja en medio del aislamiento. En cambio, cuando los pastores de esas iglesias asisten a las funciones de su sección o de su distrito donde los líderes han invitado a hablar a un misionero, el Espíritu Santo halla formas de llamar nuevos colaboradores del ministerio entre las filas de esos pastores.
En realidad, no importa el nivel en el que una iglesia esté ofrendando hoy para las misiones; lo que importa es que ese pastor y esa iglesia han comenzado en un nivel inicial de participación, movidos por el Espíritu Santo.
Los líderes de distrito también pueden constituir una fuente de inmenso valor para alentar a los misioneros. El director de misiones de un concilio distrital hace mucho más que servir de enlace entre las iglesias del distrito y los misioneros que están realizando su recorrido. Una y otra vez los misioneros pueden dar testimonio de los oportunos consejos y el consuelo que les ha dado algún líder de distrito. El camino hacia el campo de misión puede parecer largo, y la tarea de levantar el apoyo económico los puede llegar a intimidar. Pero nuestros misioneros no están recorriendo solos ese camino. Dentro de nuestra Fraternidad hay distintos niveles de líderes y de colaboradores que los están ayudando con sus recursos y sosteniéndolos en oración.
“Dijo el Espíritu Santo: Apartadme...” (Hechos 13:2).
¿Qué está pidiendo el Espíritu Santo a usted y a su congregación respecto a las misiones mundiales? Ésa es una pregunta que sería bueno que cada pastor y cada iglesia evaluara constantemente y en espíritu de oración.
La iglesia que está batallando con una economía aparentemente escasa, unas dependencias humildes, y una asistencia cada vez menor se podría sentir tentada a cerrar el círculo y dedicarse a contemplar sus propias necesidades, dejando que sean otros los que sostengan a los misioneros. No podrían estar cometiendo un error mayor. Esta manera de ver las cosas todo lo que hará será perpetuar la escasez en la economía, la humildad de las dependencias, y la disminución en la asistencia.
¿Habría podido haber unas circunstancias más desafiantes que la de fundar una iglesia en un rincón del Imperio Romano dominado por toda una gama de religiones orientales? ¿En el mismo Imperio que sólo un puñado de años antes había crucificado al Salvador que ahora ellos proclamaban? Sin embargo, los cristianos de Antioquía nunca se amedrentaron ante la tarea que tenían por delante. Se habían comprometido a obedecer la orden de Cristo de alcanzar a las naciones, a pesar de que su situación inmediata les podría haber parecido restringida hasta lo imposible. Como resultado, su iglesia floreció, y el mundo gentil fue vuelto al revés por el poder del evangelio.
Es inevitable que la iglesia que escuche la voz del Espíritu y abra los ojos a las almas perdidas de todo el mundo descubra una visión más amplia para su ministerio local y una comprensión más grandiosa en cuanto a los recursos sin límites de los que dispone el Cielo. La asociación creciente entre un misionero y una iglesia sólo puede llevar a dos expresiones igualmente poderosas del amor y la generosidad de Dios: en el campo de misión bajo la forma de las vidas transformadas y las iglesias en crecimiento, y en el frente local también bajo la forma de las vidas transformadas y las iglesias en crecimiento.
