Assemblies of God USA SearchSite GuideStoreContact Us

Las misiones mundiales emergentes

Por Brad Walz

El aprovechamiento del potencial que tiene el otro noventa por ciento de las Asambleas de Dios en todo el mundo

Las palabras “misiones mundiales emergentes” representan algo mucho más emocionante de lo que parecen sugerir. Como fuerza nueva que está cambiando el rostro de las misiones, el surgimiento de estas misiones mundiales tiene el potencial de aprovechar unos increíbles recursos espirituales, económicos, y humanos para la evangelización del mundo.

La expresión “misiones mundiales emergentes” se ha popularizado recientemente para evitar frases que con frecuencia se consideran ofensivas, como “misiones del tercer mundo” y “misiones no occidentales”. La gente de la América Latina podría preguntar: “¿Cómo definen ustedes el Occidente?” Ellos también viven en el mundo occidental.

La definición práctica de las “misiones mundiales emergentes” es ésta: alentar a las iglesias nacionales que son hermanas nuestras en todo el mundo para que participen en las misiones mundiales, no porque tengan una economía fuerte, sino porque lo ordenó Jesús.

Veamos con mayor profundidad esto de las misiones mundiales emergentes.

La tendencia y el crecimiento recientes en este aspecto.

La designación de misiones mundiales emergentes se hizo popular a mediados de los años noventa. A pesar de su popularidad reciente, David Kensinger, durante toda su vida misionero de las Asambleas de Dios en Costa Rica, fue quien concibió el concepto. En 1975 escribió un artículo profético que se adelantaba una veintena de años a sus tiempos. En este artículo hablaba de cuán importante es que enseñemos a nuestros discípulos nacionales a convertirse en cristianos con una visión misionera mundial.

Tal vez nos parezca extraño que una voz así se adelantara a sus tiempos, pero ¿con cuánta frecuencia hemos proclamado que Dios levantó a los Estados Unidos para alcanzar al mundo? Aunque Él ha usado a esta nación de maneras increíbles, también ha levantado en docenas de naciones, por medio de la generosidad y la visión misionera de los Estados Unidos, fuertes iglesias nacionales que comparten la misma Gran Comisión. Jesús no dio la Gran Comisión a los Estados Unidos; se la dio a la Iglesia.

Cuando una iglesia se convierte en autóctona, capaz de sostenerse, gobernarse y propagarse por sí misma, no depende de forma exclusiva de las fuerzas exteriores en cuanto a su supervivencia. Al mismo tiempo, el ciclo final de la madurez espiritual se produce cuando la iglesia que recibe se convierte en una iglesia que envía.

Este principio de autoctonía se ha ido desarrollando con lentitud en la Argentina, donde hemos iniciado un departamento de misiones en el exterior. Actualmente tenemos unos ciento cincuenta misioneros argentinos que trabajan en treinta y cinco países. Los países de América Latina están enviando cerca de seiscientos obreros (o hasta dos mil, según afirman algunas cifras que no hemos podido verificar) a más de sesenta naciones. África y Asia también están dando el paso de convertirse en iglesias autóctonas. Aunque en Asia se ha desarrollado una iglesia autóctona antes que en América Latina, su crecimiento se ha hecho más lento en los últimos años.

Algunos misionólogos calculan que en este momento hay más misioneros procedentes de este mundo naciente, que de las naciones que llamamos occidentales. Esto es difícil de verificar, y también es difícil que todos estemos de acuerdo en cuanto a una definición común de la palabra “misionero”. Por ejemplo, algunos países definirían a alguien que ha emigrado a los Estados Unidos o a Europa, como misionero. Nosotros definiríamos a esta persona como inmigrante, porque se sostiene a sí misma; no ha sido enviada por su país de origen. Una cosa sí es cierta: ha habido una explosión en el llamado de Dios entre los jóvenes de naciones y países distintos a los que hemos llamado occidentales, que tradicionalmente no han estado enviando misioneros. El Espíritu Santo está llamando misioneros, y no los llama sólo de los Estados Unidos de los demás países del grupo llamado occidental.

Lo que no son las misiones mundiales emergentes

Es importante que definamos lo que no son las misiones mundiales emergentes. La intención no es reemplazar a los misioneros que sostenemos, y que Dios ha llamado en los Estados Unidos, sosteniendo en su lugar a unos nacionales que nos cuestan poco. Un popular autor asiático publicó hace pocos años un libro en el que afirmaba que los misioneros occidentales son caros. Él creía que la gente necesitaba dejar de dar para las misiones occidentales y comenzar a redirigir sus ofrendas a unos misioneros no occidentales más fácil de mantener. Aunque esto parezca magnífico, no es bíblico.

A principios de los años noventa, en la Argentina eran muchos los que decían: “El Occidente tiene el dinero y nosotros tenemos la gente”. Desde entonces las agencias misioneras que se basaron en esta manera de pensar han cerrado sus puertas, pero nuestro departamento de misiones de las Asambleas de Dios en la Argentina recibe de la propia Argentina noventa y ocho por ciento de sus ingresos.

Es un error que las naciones en desarrollo esperen de las naciones del llamado Occidente el que sostengan a sus misioneros. Este concepto refuerza la mentalidad de pobreza que se encuentra con tanta frecuencia en los países en vías de desarrollo. Es la mentalidad de pobreza que ha frenado a muchas iglesias en desarrollo, impidiendo que alcanzaran plenamente su madurez. Las iglesias en desarrollo deben confiar en Dios, no en el Occidente, en cuanto a sus recursos.

En el mundo que no clasificamos como occidental, hay dinero. Si cada uno de los creyentes que pertenecen a las Asambleas de Dios en el mundo y que no son estadounidenses, diera un dólar al mes, estarían dando tres veces lo que dan los Estados Unidos. El dinero existe, pero hay una mentalidad de pobreza que lo ha retenido.

Las misiones mundiales emergentes no son tampoco un sustituto para no tener que enviar a los llamados occidentales a los lugares más difíciles. Hay muchos que creen que el mundo árabe musulmán odia al Occidente. Por tanto, los misioneros procedentes de allí no son eficaces, y los que no proceden de allí serían más eficaces que ellos. Debemos recordar que Dios es el que llama. Y Él sigue llamando y usando occidentales.

Los que no proceden de estos países llamados occidentales no son forzosamente más eficaces a causa del color de su piel (en algunos casos) o de tener una lengua materna distinta (también en algunos casos). Tal vez se destaquen menos dentro de una multitud, pero como vimos en el caso de los cristianos de Corea del Sur y los talibanes, los extranjeros son extranjeros.

Muchos de nuestros obreros de la Argentina nunca han terminado sus estudios secundarios, porque es frecuente que las iglesias surjan en las clases bajas. Como consecuencia, a estos obreros les cuesta trabajo aprender el inglés, que es necesario para comunicarse dentro de la comunidad internacional. Más importante aun es la necesidad que tienen los misioneros de aprender la lengua de las personas que están tratando de alcanzar.

Los misioneros que no proceden del llamado Occidente, pasan por el choque cultural de la misma manera que pasan por él los que proceden de allí. El que alguien proceda de una nación menos complicada en lo político, o que tenga un estilo de vida menos complejo en cuanto a lo material, no significa que el camino le será fácil. Toda cultura y toda nación tienen sus retos. Los misioneros procedentes de las naciones que se están levantando también se enfrentan a sus propios retos. El llamado de Dios sigue siendo el llamado de Dios. Nosotros nos debemos comprometer a enviar a aquellos a quienes Dios ha llamado en el Occidente.

Lo que son las misiones mundiales emergentes

En el sentido teológico, lo que hacen las nuevas misiones mundiales, es ayudar a la iglesia para que regrese a un punto de vista bíblico sobre las misiones, en el cual éstas no estén relacionadas con un país rico. Las misiones son parte de la Gran Comisión de la Iglesia, y no sólo de la iglesia de los países llamados occidentales.

Es necesario que la Gran Comisión sea parte de la identidad de la Iglesia, y también un elemento natural de las iglesias que fundemos. En ocasiones nuestros precursores, con gran sinceridad, veían el país a través de los ojos de su lugar de procedencia, y muchas veces pensaban de manera inconsciente: “Son demasiado pobres para hacer trabajo misionero”. Lamentablemente, en algunos casos, esos países han permanecido pobres por no haber hecho ese trabajo misionero.

Pensemos en el ejemplo de Macedonia y Corinto. En 2 Corintios 8 y 9 Pablo habla a la iglesia corintia, donde había riquezas, sobre el increíble ejemplo de la pobre iglesia macedonia del tercer mundo.

En un sentido práctico, lo que hacen las nuevas misiones mundiales, es aprovechar el otro noventa por ciento de las Asambleas de Dios en todo el mundo. Con frecuencia, cuando visito a los pastores de los Estados Unidos, los oigo quejarse, diciendo: “Veinte por ciento de la gente hace ochenta por ciento del trabajo”. Aunque no siempre podamos evitar esa dinámica, en las misiones hemos permitido de manera indirecta que diez por ciento de la gente haga noventa por ciento del trabajo.

Es posible que en estos momentos las Asambleas de Dios tengan más de cincuenta y siete millones de miembros en todo el mundo. Menos de cinco millones de esos miembros se hallan en naciones occidentales desarrolladas. Eso significa que noventa y uno por ciento se encuentran en naciones no desarrolladas.

Si sólo estas naciones occidentales desarrolladas participan en las misiones mundiales, como ha sucedido con tanta frecuencia en los años pasados, no estamos envolviendo noventa y uno por ciento de nuestra Fraternidad mundial en la Gran Comisión. ¿Qué pastor trataría conscientemente de desanimar a noventa por ciento de los miembros de su iglesia para que no hicieran promesas de fe, o para que no oraran? Los pastores quieren ocupar a tanta gente como les sea posible. Por esa misma razón no podemos tener una visión tan estrecha de las misiones, que sólo abarque a las naciones occidentales desarrolladas.

Veamos el increíble potencial en el otro noventa por ciento.

El potencial humano

Hace años, pregunté a los niños de una clase de la escuela dominical: “¿Qué hace falta para trabajar en las misiones?” Después de muchas respuestas relacionadas con el dinero, un niño de seis años me contestó: “Gente”. Las misiones no comienzan con el dinero, sino con la gente.

Las Asambleas de Dios de los Estados Unidos tienen más de dos mil misioneros. Es posible que este número exceda los tres mil, si incluimos a nuestros amigos y vecinos de naciones desarrolladas como Canadá, Australia, Gran Bretaña y los demás países europeos. ¿Qué sucedería si la iglesia utilizara el potencial de ese noventa por ciento de personas que se encuentran en el mundo no desarrollado? Hay el suficiente potencial para llegar a tener una fuerza misionera de más de veinte mil personas.

El potencial en cuanto a oración

La oración de intercesión siempre ha sido una piedra angular de las misiones mundiales. Aunque dispusieran de todo el dinero y la gente del mundo, si no hay oración, las misiones estarían careciendo de un elemento clave para la extensión del Reino. Imagínese que tuviéramos cincuenta millones de personas orando por la cosecha mundial de almas, en vez de tener cinco millones. Imagínese que pudiéramos multiplicar por diez el número de intercesores comprometidos. El potencial en cuanto al apoyo en oración a una cosecha mundial se halla por encima de nuestra capacidad de comprensión. Nosotros tenemos un refrán: las misiones se hacen con los pies de los que van, las rodillas de los que se quedan orando y las manos de los que dan. Otro misionero decía: “Podemos ir al campo misionero sin su apoyo económico, pero no podremos tener buen éxito sin el apoyo de sus oraciones”. Necesitamos guerreros de oración de todas las naciones, y no sólo de las desarrolladas.

El potencial en cuanto a recursos

Solemos pensar que el mundo en desarrollo es pobre en cuanto a recursos económicos. Aunque esto sea innegable cuando comparamos a esas naciones con los Estados Unidos, en muchos países pobres hay muchísimos recursos. El problema está en que esos recursos han sido administrados muchas veces de maneras deficientes. A veces hay una mentalidad de pobreza que empeora la situación de un círculo vicioso en descenso. Lo mismo sucede en las iglesias. Si no dan porque no tienen, seguirán sin tener y, por tanto, nunca tendrán qué dar. Necesitamos romper este ciclo para reemplazarlo con un ciclo positivo. Tenemos porque damos, y damos porque tenemos.

En un sentido práctico, las iglesias en desarrollo necesitan con urgencia tener una visión misionera que las ayude a salir de la mentalidad de pobreza que las tiene encadenadas. Ahora bien, es igualmente importante el hecho de que haya unos recursos increíbles en los países en desarrollo, sencillamente como consecuencia del número de creyentes. Uno de los países más pobres del mundo, por tener más de un millón de creyentes, podría tener un presupuesto misionero mundial de más de un millón de dólares, si cada creyente diera sólo diez centavos mensuales. Así podría enviar docenas de misioneros. Si cada creyente diera un dólar al mes, hasta los países del mundo desarrollado enviarían el presupuesto de misiones que podría llegar a tener un país pobre. Un presupuesto de doce millones de dólares anuales no tiene nada de despreciable.

Si el resto de los cuarenta y cinco millones de creyentes de las Asambleas de Dios que viven en países no desarrollados del mundo dieran un dólar mensual, cantidad que se halla al alcance de la mayoría de esos casos, sus ofrendas superarían los quinientos cuarenta millones de dólares al año, lo cual sería casi el triple del presupuesto nuestro en los Estados Unidos para las misiones mundiales. El problema no está en la falta de recursos, sino en la falta de visión.

Es posible que una iglesia de los Estados Unidos tenga el sincero deseo de sostener a un misionero del tercer mundo. Pero la iglesia nacional que lo envía podría perder rápidamente una bendición. Aunque el misionero nacional de ese país pueda considerar que los Estados Unidos son un camino más seguro para llegar a su campo de trabajo, ese camino no es la mejor decisión para la iglesia del tercer mundo. Las nuevas misiones mundiales no se deben a que los Estados Unidos envíen sus dólares para sostener a unos misioneros que vayan a salir más económicos; sino de que las iglesias nacionales colecten e inviertan sus recursos para enviar sus propios misioneros.

Los primeros precursores de las Asambleas de Dios no tuvieron abundancia de recursos. Los padres de nuestro movimiento venían de los barrios más pobres. Salían con un llamado y con fe. Una nueva generación de precursores procedentes de las naciones en desarrollo está respondiendo de la misma forma al llamado de Dios.

Lo que esto significa para la iglesia de los Estados Unidos

Son muchos los malentendidos y las reacciones erradas que se pueden desarrollar cuando hablamos de las misiones de los países en desarrollo. Habrá quien diga: “Si esos países son lo suficientemente fuertes para enviar misioneros, eso significa que ya no necesitan que se los enviemos nosotros”.

Mi respuesta es que sería un error.

Dios es el que llama. Es difícil explicar cómo un país que es lo suficientemente fuerte para enviar misioneros, pueda seguir teniendo aspectos débiles en los cuales el Espíritu Santo lo sigue ayudando mediante el llamado de obreros. Hay algunos países que necesitan la clase idónea de misionero. El Señor es el Señor de la mies. Si el Espíritu Santo llama a un joven del África, de Asia o de América Latina a otra nación, eso no significa que la nación que lo envía crea que ya no necesita recibir misioneros.

En vez de causar una falta de motivación en las iglesias de los Estados Unidos en cuanto a enviar misioneros, el hecho de que estas naciones sigan necesitando misioneros nos debe motivar aún más. Pensemos en el fruto que Dios ha levantado porque nosotros entrenamos a pastores nacionales. ¿Qué fruto se producirá en el futuro? Es necesario que esto nos motive a mantener una poderosa visión para seguir enviando nuestros misioneros.

La iglesia de los Estados Unidos también necesita motivación para ser más generosa que nunca. Si una iglesia del tercer mundo, con pocas riquezas materiales, puede dar para las misiones y enviar misioneros, ¿cuán mayor es nuestra responsabilidad? Nuestro promedio de ofrendas parece impresionante cuando hablamos de un $6,58 al mes per cápita. (Esta cifra se basa en lo que dan las personas que asisten a las iglesias de las Asambleas de Dios los domingos por la mañana). Si una persona diera para las misiones cada semana lo que se gasta en una hamburguesa y unas papas fritas, el resultado estaría alrededor de los $14 mensuales, o los $168 anuales. Estas cifras son mucho mayores que la cifra actual. Usemos el barómetro más popular para los que tienen veintitantos años: Starbucks®. Si se diera por semana a las misiones lo que cuesta un café con leche, se estarían dando unos $16 al mes; casi $192 anuales por persona. Es decir, unas tres veces lo que estamos dando en la actualidad.

También en los Estados Unidos la gente puede adquirir mentalidad de pobre, si se pone a compararse con otras personas y con el estilo de vida de éstas, y si no se siente satisfecha con la abundancia de la que disfruta, ni la comparte. El hecho de que los países en desarrollo puedan responder a las misiones mundiales y estén respondiendo a ellas, no tiene que desalentarnos. Lo que debe hacer es motivarnos a hacer aun más, porque nosotros sí podemos.

ConclusiÓn

Las misiones mundiales emergentes seguirán cambiando la dinámica de nuestra forma de trabajar en las misiones durante los próximos diez o veinte años. Ya para entonces habrá más misioneros procedentes de naciones africanas, latinoamericanas, y asiáticas, que de los países hoy desarrollados.

Alguien me dijo una vez: “Eso significa que Dios ya no necesita a los Estados Unidos”.

Yo le contesté: “No me parece que sea eso lo que significa. Lo que me parece a mí, es que el Señor de la mies está diciendo que la cosecha de los últimos tiempos será demasiado grande para que la pueda manejar una sola nación”.

Necesitamos todos los obreros que podamos obtener. Estoy esperando que los campos misioneros del mundo produzcan obreros para el último gran movimiento de su mano misericordiosa antes que venga el Señor Jesucristo.

Lejos de desalentarnos más, las misiones emergentes nos deben motivar a hacer hoy más que nunca. Nosotros necesitamos responder a la Gran Comisión, por la misma razón que la iglesia de esos países lo está comenzando a hacer: porque Jesús nos dijo que lo hiciéramos.

Brad Walz, Buenos Aires, Argentina, is president of the Argentina World Missions Department and of the Latin American Missions Network, chairman of the Acts One Eight Project Committee, and a missionary to Argentina since 1986.

 

Haga su pedido del CD Paraclete

Incluye todos los 29 años de la ahora agotada revista Paraclete [El Paracleto].Una excelente fuente de temas y asuntos pentecostales. Contiene artículos sobre temas teológicos tocante la obra y el ministerio del Espíritu Santo. Una fuente indispensable de material para sermones y para el estudio bíblico con un índice por Tema/Autor totalmente buscable. En inglés solamente.

Good News Filing System

Ordene Advance CD

Agotadas desde hace mucho tiempo pero recordadas con afecto, las revistas Advance [Avance] y Pulpit [El púlpito] bendijeron a miles de ministros. Ahora el archivo entero de Advance/Pulpit ­ casi 40 años de información, inspiración, ayudas, e historia ­ está disponible para usted en CD separados. En inglés solamente.

Visit our English web site

La edición impresa (disponible sólo en inglés) ofrece más que la edición en la red. Subscríbase ya para recibir los beneficios. (1 año - $24; 2 años - $42, añada $10 al año fuera de Estados Unidos.)

O llame gratis al:

1-800-641-4310