Las crisis económicas a las que se enfrentan los misioneros
Por Greg Mundis
Me llegó un correo electrónico cargado de emoción, procedente de un misionero: “Durante los seis meses pasados, hemos luchado con unas necesidades económicas increíbles. Después de haber llegado hace sólo año y medio, nuestra cuenta de trabajo está en rojo. Apenas podemos pagar el alquiler y los servicios públicos. El intercambio de la moneda es de dos por uno. En estos mismos momentos, el dólar estadounidense vale cuarenta y ocho centavos, y no se prevé cambio alguno en el futuro... Hemos tomado dinero de nuestras finanzas personales durante estos últimos seis meses, sólo para sobrevivir. No podemos seguir así. Con cada mes que pasa, nuestra deuda se hace mayor. Sabemos que Dios es fiel, y que estamos dentro de su voluntad, pero también sabemos que no podemos seguirnos metiendo en deudas para hacer la labor misionera. No creo que Dios espere de nosotros que lo hagamos. Tal vez necesitemos regresar a los Estados Unidos”.
“El dólar es cuestión de un país mal administrado”, dice Peter Schiff, presidente de Euro Pacific Capital. “Vamos a tener que pagar las malas consecuencias de haber permitido que los cimientos de nuestra economía se hayan desintegrado bajo nuestros pies”.1 El euro ha subido desde ochenta y dos centavos de dólar por euro en el año 2000, hasta $1,3682 de dólar en el 2007. Estamos hablando de una devaluación del sesenta y ocho por ciento en el dólar estadounidense.
La batalla con la crisis econÓmica
El misionero que mencioné anteriormente no es el único que se tiene que enfrentar a una crisis económica. Muchos de los misioneros que trabajan en las mayores ciudades del mundo, como otros que trabajan en lugares remotos, se están enfrentando a grandes desafíos económicos: hacer su presupuesto, levantar fondos, ver el aumento en el costo de vida, la inflación y la devaluación del dólar. (Vea la barra lateral “Las veinticinco ciudades más caras del mundo en el año 2007”. Diez de las veinte primeras en la lista se hallan en la región europea).
Para estos misioneros, la batalla no es sólo económica, sino que abarca varios frentes más que se relacionan con la economía: la teología, su responsabilidad familiar, su llamado, y además, la aprobación y el apoyo de su Movimiento, su distrito, y las iglesias que los han enviado.
Las crisis económicas presentes y futuras revelan unas cuestiones subyacentes a las cuales el Movimiento, las Misiones Mundiales de las Asambleas de Dios, y aun nosotros de manera individual en los Estados Unidos no nos enfrentamos de manera directa. La cita que aparece al comienzo de este artículo revela esta tensión dinámica entre el llamado de un misionero y la realidad de una falta de fondos.
El misionero en el exterior no es el único que se tiene que enfrentar a las crisis económicas. La persona que ha perdido su trabajo, el misionero que trabaja en esta misma nación con un presupuesto limitado, la iglesia recién fundada que lucha por sobrevivir, o la iglesia en la cual ha tenido lugar una división, son ejemplos también de crisis económicas. La diferencia que distingue la situación del que es misionero en el exterior cuando se enfrenta a una crisis económica, es su ambiente. Hay factores económicos, como la inflación, el valor de la moneda, y la devaluación del dólar estadounidense, que afectan tanto a su economía personal, como a su ministerio. Además de esto, el misionero se enfrenta a asuntos como la teología, el llamado, la aprobación y el apoyo económico de las Asambleas de Dios en un contexto en el cual no tiene la opción de otros medios alternativos de obtener unos ingresos constantes (fuera del ministerio misionero). En última instancia, la dependencia económica y la fe van dirigidas al Señor, pero en la realidad, el apoyo económico del misionero procede de la gente y de las iglesias, por medio de sus promesas de fe y sus ofrendas mensuales.
Desde el momento en que alguien pide que se le nombre misionero en el exterior, los líderes de las Misiones Mundiales de las Asambleas de Dios estudian el asunto de las finanzas. No nombran misioneros a personas que tengan unas deudas personales superiores a los doscientos dólares mensuales. También llevan a cabo una comprobación de su historial financiero. Se ha decidido usar este protocolo debido a las experiencias que se han tenido, al tener que enfrentarse a la situación de los misioneros con crisis económicas.
En su orientación inicial, se entrena a los misioneros en potencia en cosas como la contabilidad y los informes. Se vuelve a insistir en este entrenamiento cuando asisten a la escuela de candidatos y a la Escuela de Misiones. Cada vez hay una conciencia mayor de que hacer un reajuste en los números no es lo que resuelve todos los asuntos relacionadas con las crisis económicas.
Las viejas máximas relacionadas con la forma de mantener equilibrado el presupuesto —cortar gastos, aumentar ingresos, o vender propiedades— no siempre responden a todas las preguntas en el contexto de la atención a las necesidades económicas en un ministerio espiritual. Donde se cruzan la fe, las promesas, la vida, y los gastos del ministerio, hay tensión.
¿Cómo puede entender un misionero que Dios lo ha llamado, que su Movimiento lo ha enviado, que su distrito y sus iglesias creen en él y lo apoyan y que su ministerio es eficaz, y sin embargo, no está sobreviviendo económicamente? Por lo general, esto se debe a factores que se hallan fuera del control fiscal del misionero. Leemos las historias de los precursores de las misiones, tanto en las Asambleas de Dios como fuera de ellas, y reflexionamos acerca de esas historias, y nos maravillamos con la gracia de Dios al ver sus testimonios de la forma en que Él les proveía lo que necesitaban. Estas historias nos hacen regocijar y nos dan aliento. Sin embargo, hay quienes se preguntan acerca de los misioneros que regresaron a causa de sus problemas económicos, y nunca escribieron su testimonio para que otros lo leyeran. ¿Qué decir de ellos?
El enfrentamiento con las crisis econÓmicas
¿Dónde termina la responsabilidad de la organización que envía al misionero, en cuanto a proporcionarle las finanzas, y comienza la responsabilidad del propio misionero en cuanto a confiar en que Dios “suplirá todo lo que [le] falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19)? ¿Cuándo se debe enfrentar la organización que envía al misionero, con la situación que se le presenta al enfrentarse a tiempos económicamente difíciles? Aunque el misionero tenga fe en que Dios le suplirá su déficit en los gastos (gastos del ministerio que tienen como factores unas fuerzas económicas que se hallan fuera del control del misionero), ¿cuánto tiempo deben esperar los líderes de la misión antes de intervenir? Las Misiones Mundiales de las Asambleas de Dios operan a base de un plan de responsabilidad. Son responsables ante el Movimiento y el gobierno, y les deben rendir cuentas en cuanto a la forma en que los misioneros gastan los fondos que se les entregan. No sería responsable que sus líderes permitieran que los misioneros se fueran metiendo en deudas cada vez mayores. Este escenario se ha convertido en un motivo de tensión en las relaciones entre el misionero y los líderes de las Misiones Mundiales.
Las iglesias y las personas que los apoyan comparten también la tensión cuando hay una crisis económica. Mientras que Hudson Taylor oraba y los fondos aparecían, en nuestro paradigma del siglo XXI, los misioneros acuden a su base de donantes y les piden más fondos. La petición de fondos se produce de manera cíclica, cuando el misionero vuelve a los Estados Unidos para recorrer las iglesias (por lo general, el primer período es de tres años, y los siguientes son de cuatro). Actualmente, con los medios de comunicación que se hallan a disposición de todo el mundo, y lo poco costosas que son cosas como las llamadas, el envío de textos, el correo electrónico, las llamadas a través de la Internet con Skype, o el uso de Vonage o de otros servicios telefónicos, el misionero, cuando lo desee, puede tocar a la puerta a la iglesia en busca de ayuda económica.
Hay misioneros que piensan que las Misiones Mundiales los sacarán del problema, y los apoyarán en sus finanzas. Sin embargo, la mayor parte de los fondos que las Misiones Mundiales manejan están destinados a cuentas misioneras o a proyectos. Las reservas para sacar de apuros a los misioneros son escasas. En realidad, si las iglesias y las personas no dieran nada durante dos meses, es posible que las Misiones Mundiales se vieran obligadas a cerrar sus puertas. El asunto es éste: ¿cómo responden una iglesia, un distrito, o las Misiones Mundiales a un misionero que se encuentre en una desesperada situación económica?
La presión que siente el misionero que se encuentra en unas circunstancias económicas desesperadas pone a prueba su sistema de creencias. ¿Quién es su proveedor? Él, como cabeza y proveedor de su familia, se pregunta: ¿podemos tomar prestados fondos personales y recursos futuros con el fin de proveer hoy para las necesidades de nuestro ministerio? ¿Creemos que Dios satisfará de manera milagrosa nuestras necesidades económicas? Si Dios no está atendiendo a la necesidad actual, ¿será esto una señal de que estamos fuera de su voluntad? ¿Debemos seguir adelante, y creer que Dios atenderá nuestra necesidad a lo largo del camino? ¿Nos debemos meter en deudas, creyendo que más adelante Dios satisfará nuestra necesidad?
El enfrentamiento con las crisis econÓmicas
Mi esposa y yo, después de haber sido misioneros en Europa durante más de diecisiete años, conocemos los altibajos de las crisis financieras; en particular con el aumento de los gastos y la devaluación del dólar. Hemos sentido presión para continuar nuestro ministerio con sus gastos, aunque no teníamos dinero en nuestra cuenta. Hemos tomado prestado de nuestros ahorros personales para financiar nuestro ministerio, y con frecuencia hemos preguntado: “Señor, ¿dónde estás?” Las sugerencias que ofrezco para enfrentarse a las crisis económicas proceden de nuestra experiencia práctica, de la teología pentecostal, de la misionología, y de nuestras observaciones como líderes.
Dios es nuestra fuente
Jehová-jireh es quien provee para nuestras necesidades. Mateo 6:33 nos dice: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Las Escrituras nos dicen claramente que la batalla es del Señor, y que Dios no se arrepiente de habernos dado dones ni de habernos llamado. La certeza que nos dan la Palabra de Dios y nuestra fe acerca de la inmutabilidad de Dios nos da esperanza, a pesar de lo difíciles que sean las circunstancias.
Nuestra Fraternidad de colaboración es amiga nuestra
A veces los pastores y los misioneros pasan por tensiones en cuanto a sus relaciones mutuas, porque ambos tienen necesidades económicas. El pastor puede llegar a pensar que su relación sólo existe porque el misionero necesita la ayuda. A su vez el misionero podría llegar a sentir que el pastor no quiere desarrollar la relación porque forzosamente el misionero tiene que buscar fondos para sostener su ministerio en las misiones. Sin embargo, las relaciones dentro del cuerpo de Cristo promueven el amor mutuo y el compartir la verdad en amor. Dios nos ha dado a los demás creyentes para la edificación mutua, y cada uno tiene unos dones especiales con los cuales bendice a los otros. Las finanzas son secundarias cuando hay una relación de confianza mutua.
Los misioneros son colaboradores; no competidores entre sí
En la familia misionera, los misioneros deben seguir fomentando un espíritu de colaboración. Me complace ver cómo hay misioneros que tienen fondos en su cuenta, y les hacen una transferencia de dinero a otros misioneros que se hallan en medio de una necesidad económica. Esto habla muy alto de la colaboración misionera.
Las palabras mayordomía, sacrificio, y sufrimiento no son términos anticuados ni pasados de moda
Los misioneros se hallan en el país donde han sido llamados, para permanecer allí por largo tiempo. Hacen sacrificios. En ocasiones el sufrimiento es una realidad presente en una familia misionera cuando sus fondos no les alcanzan. No queremos que los ministerios y los misioneros sufran, pero comprendemos que el sacrificio y el sufrimiento son parte del ADN espiritual que nos ha dado Cristo.
Los misioneros no tenemos derechos ni privilegios; tenemos obligaciones y oportunidades
Esto es cierto respecto a todos los ministros del evangelio. Cuando decimos un “sí” sin condiciones a Jesús, estamos renunciando a nuestros derechos y privilegios. Tal como Pablo afirmaba, estamos obligados a predicar el evangelio a judíos y a gentiles. Hoy tenemos unas oportunidades sin precedentes para predicar el evangelio. Las Misiones Mundiales de las Asambleas de Dios han entrado en ochenta y un nuevos países desde 1989. El número de misioneros y de asociados ha aumentado desde los 2.401 del año 2000 hasta más de 2.770 en el año 2008. La tecnología ha servido para ampliar el alcance de nuestro mensaje con la utilización de unos medios nuevos y creativos. Esto significa que los misioneros necesitan más fondos para aprovechar lo que Dios está haciendo en estos últimos días.
El misionero de carrera situado en el campo es la forma más eficaz de alcanzar para Cristo a las almas perdidas
Los equipos de breve estancia en el campo, los equipos de oración dentro de los países, y los diversos proyectos creativos y de edificación son recursos excelentes para edificar al cuerpo de Cristo. No obstante, los recursos más eficaces y beneficiosos para el Reino son los esfuerzos de los misioneros a lo largo de su vida. Han aprendido el idioma y la cultura. Han fundado una credibilidad dentro de la iglesia nacional, y una fama de integridad con el gobierno. Han establecido una presencia física continua en el país donde han sido llamados. El crecimiento, la credibilidad, y la autoridad de las Asambleas de Dios en todo el mundo se deben a esta manera distintiva de llevar a cabo sus misiones.
La participación de los distritos y de las iglesias es de máxima importancia en el cumplimiento de la Gran Comisión
Si todos los distritos y las iglesias están dispuestos a enseñar los siguientes principios, podremos seguir sosteniendo el esfuerzo misionero en el exterior que nos ha sido dado por Dios: 1) sostener tanto como le sea posible al misionero enviado por su iglesia; 2) sostener a todos los misioneros del distrito; 3) sostener los proyectos de los misioneros que sostienen: esto edifica aún más las relaciones mutuas; 4) sostener a otros misioneros de las Asambleas de Dios procedentes de otros distritos; y 5) sostener a quienquiera que lo necesite.
ConclusiÓn
Respecto al misionero cuyo mensaje llegado por correo electrónico fue mencionado al principio de este artículo, la sección regional de Europa de las Misiones Mundiales y su propio distrito le enviaron fondos para ayudarlo a superar la crisis. También está levantando fondos adicionales, y buscando las formas de reducir gastos. Su ministerio continúa y prospera, gracias a la colaboración entre la misión, la iglesia, el distrito, y el misionero. Nos acaba de llegar un informe de este misionero, según el cual diecisiete jóvenes acaban de aceptar a Cristo como Salvador.
La superación de las crisis económicas tiene una importancia extrema en la economía de Dios. Necesitamos colaborar, trabajar duro, y depender de Dios, sabiendo que Él intervendrá. En el sistema económico del mundo, es inevitable la crisis económica. Pero los creyentes tenemos una promesa de Jesús que trasciende el sistema mundial y nos da esperanzas para el futuro. Él dice en Juan 16:33: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”.
NOTA
1. International Herald Tribune, 11 de julio de 2007.

