La creación de accesos:
el descubrimiento de nuevas puertas para la Gran Comisión

Por Omar Beiler y Jerry Parsley con Scott Harrup
El pastor Smith, de la Primera Asambleas de Dios, está preocupado. Hace un año su iglesia prometió enviar cincuenta dólares al mes para ayudar al sostenimiento de un nuevo misionero que se dirigía a una peligrosa región de Eurasia. En todo este tiempo no ha recibido ni una sola carta. Se está preguntando si la inversión inicial de seiscientos dólares que hizo la iglesia habrá tenido algún tipo de resultados positivos en el campo.
Pero él no puede ver lo que está sucediendo a ocho mil kilómetros de distancia.
Se podría tratar de una escena sacada directamente de un anuncio de televisión para el vehículo utilitario deportivo recién salido al mercado. Una docena o más de jóvenes montados en bicicletas de montaña compiten por la mejor posición en un camino que atraviesa un bosque. Uno espera verlos entrar de pronto a un claro y montar su campamento junto a resplandecientes Jeeps o Land Rovers.
Pero este grupo es una mezcla de jóvenes de veintitantos años, procedentes de una de las regiones más empobrecidas de Eurasia. Las bicicletas son cortesía de unos estadounidenses que los están visitando. Su meta no tiene nada que ver con un patrocinio colectivo.
Los habitantes de Eurasia necesitan escuchar un mensaje que transforme su vida, y no sólo su estilo de vida. Necesitan oír las palabras de Jesucristo, con sus proclamaciones de un valor eterno.
Sus huéspedes estadounidenses hacen amistad con ellos en el transcurso de su recorrido. En un ambiente rural, los jóvenes de Eurasia pueden hablar con libertad acerca de cosas que, si las mencionaran en la ciudad, pondrían en peligro sus relaciones con sus amigos y familiares, y aun tal vez llegarían a hacer peligrar su libertad.
En algún momento de su recorrido por aquellos kilómetros de camino en medio del bosque, toman una decisión, primero uno de los ciclistas y después otro. El evangelio, bajo la delicada influencia del Espíritu Santo, echa raíces en unas vidas que nunca la verdad eterna había llegado a tocar.
El reto consiste en hacer llegar ese informe desde el campo misionero al pastor Smith y a todas las otras iglesias que han colaborado para hacer posible esta conexión. Porque en esta parte del mundo el refrán de la Segunda Guerra Mundial sigue siendo cierto: “Los labios sueltos hunden barcos”, en particular si se trata del barco de un ministerio que promueve el cristianismo.
OlvÍdese de los titulares
Si el equipo visitante de ciclistas estadounidenses que vienen a ministrar hubiera buscado su inspiración en los servicios internacionales de noticias —o aun en las misivas periodísticamente menos seguras de las organizaciones de derechos humanos con base en la web—, se habrían contentado con un encuentro evangelístico al aire libre en las montañas Rocallosas de los Estados Unidos. Allí no se habrían tenido que preocupar por un enfrentamiento con una religión mayoritaria, o con un gobierno repleto de seguidores de esa religión.
La cultura occidental mira con recelo las tendencias militantes que existen en los centros de influencia política y religiosa de algunas regiones. Las tensiones superficiales siguen siendo elevadas desde el ataque del 11 de septiembre y la respuesta militar posterior de los Estados Unidos. Por eso, la tendencia natural es quedarse dentro de la protección que uno siente cuando está en su país. Esa manera de pensar nunca ha producido cambios en el mundo.
Por otra parte, dondequiera que puede penetrar el evangelio, se producen cambios drásticos. Como hicieron los apóstoles al principio, que desafiaron las restricciones del Imperio Romano, una nueva generación de apóstoles está haciendo caso al llamado de Cristo a llevar el evangelio a todo el mundo. Y todo el mundo incluye esas regiones donde no hay reconocimiento oficial para los extranjeros que siguen a Cristo, ni son bienvenidos.
En la historia de las Asambleas de Dios hay un constante esfuerzo por alcanzar al mundo con las misiones. Hace noventa años, los precursores de nuestras misiones estaban abriendo al evangelio vastas regiones de África, la India, y el Amazonas, y al desarrollo de la sociedad que acompaña a los principios cristianos. Esos primeros misioneros pagaron un alto precio para alcanzar a las tribus y las remotas comunidades que nunca habían escuchado una proclamación bíblica.
Cualquiera pensaría que ya en estos momentos de la historia —con las comunicaciones masivas del siglo XXI, que envían las buenas nuevas a toda hora del día y de la noche a un potencial auditorio de miles de millones de personas—, ya no habría regiones así. Si pensamos de esta forma, no podríamos estar más equivocados.
Los estudios hechos indican que en Eurasia sigue habiendo dos mil seiscientos cincuenta grupos étnicos que aún no han sido alcanzados, y en el mundo su total es de dieciséis mil. Estas culturas o subculturas no tienen una sola iglesia, ni una Biblia en su propio idioma, y no hay tampoco un testimonio transcultural del evangelio que llegue hasta sus comunidades. Traducido en números de hombres, mujeres, y niños, estos grupos reúnen a más de dos mil millones de personas, sólo en Eurasia, la región donde más concentración hay de este tipo de grupos.
Los cristianos sólo perpetuarán esta oscuridad espiritual si aquellos que disfrutan de libertad religiosa se contentan con quedarse en su casa, intimidados ante la posibilidad de llevar el evangelio a un lugar donde oficialmente no es bienvenido.
DÉmos al CÉsar un plausible mentÍs
Gracias a Dios, cada vez son más los hombres y mujeres apasionados con la Gran Comisión que están descubriendo otro aspecto dentro de este panorama socioreligioso. Sí, es posible que los gobiernos asuman una posición oficial contra el evangelismo público. Sin embargo, las posiciones oficiales no significan prohibiciones inquebrantables.
Durante muchos años ha habido personal de las Asambleas de Dios que ha vivido y servido en unas regiones que en el pasado se habían caracterizado como cerradas. Cada vez más los líderes de las Misiones Mundiales de las Asambleas de Dios están actuando a partir de la premisa de que, en realidad, no hay nación alguna que esté verdaderamente cerrada. Sólo hay regiones donde se necesita un grado mayor de creatividad para atender a las necesidades espirituales y materiales de la gente. La clave para establecer un ministerio en cualquier lugar se encuentra en la comprensión de la cultura social, religiosa, y política, para después poder identificar las puertas que están abiertas.
Desde el punto de vista de las autoridades locales, es una ventaja permitir que el personal de un ministerio opere dentro de sus fronteras. Las Misiones Mundiales de las Asambleas sólo envían personas que tienen los niveles profesionales y éticos más elevados. Muchas veces los representantes del ministerio llegan a unas regiones empobrecidas acompañados por un apoyo económico y una ayuda humanitaria. La presencia de organizaciones humanitarias occidentales, en particular aquellas que se entienden que operan con una motivación religiosa, permite que el gobierno anfitrión reclame para sí un cierto grado de apertura y de libertad.
El personal ministerial puede disfrutar de un contacto eficaz a largo plazo, siempre que sepa reconocer los parámetros dentro de los cuales debe operar. Todas las metodologías “cara a cara”, aunque parezcan ser expresiones de un celo evangelístico, en realidad son las recetas para que se produzca un desastre. El evangelio se puede propagar de persona en persona cuando los contactos se van moviendo apoyados en la fuerza de unas relaciones interpersonales cuidadosamente cultivadas.
Por ejemplo, en el norte de Asia, el personal de las Misiones Mundiales de las Asambleas está activo en una amplia gama de acercamientos a la comunidad y de proyectos educativos. El gobierno local sabe de su presencia y de sus prácticas. Nunca ha habido un solo caso de deportación forzosa.
Desde el punto de vista de los misioneros que están en el campo, trabajar dentro del sistema, en vez de hacerlo contra el sistema, es algo que va creando de una manera constante unas oportunidades siempre crecientes para el evangelismo personal. Sin embargo, a diferencia de lo que sucede con el ministerio realizado en un ambiente abierto, son pocas las maneras de dar a conocer lo que está sucediendo a las iglesias que los sostienen en este país. Muchas veces los misioneros no pueden referir sus mejores éxitos. Si las iglesias entienden de manera errónea ese silencio, los resultados pueden ser catastróficos.
Lo sentimos, pero no prometemos tarjetas bonitas
Sí, es emocionante recibir una circular, un correo electrónico, o aun un video procedente de un misionero que está sosteniendo nuestra iglesia. Piense en las muchas iglesias que ofrendan fielmente para las misiones, y que tienen la costumbre de ir poniendo las noticias que les llegan del mundo entero en algún tablero de noticias destinado a las misiones. La gente quiere saber que sus contribuciones hacen algo; que sus dólares están sosteniendo unos ministerios eficaces en el exterior. Cuando un misionero acepta una promesa mensual y viaja a otro país, aquellos que lo apoyan esperan de él que les escriba al menos con un poco de regularidad.
Lo cierto es que los misioneros que trabajan en algunas regiones están limitados por la necesidad de respetar un frágil entendimiento con el gobierno anfitrión, y por la necesidad de seguridad que tienen los creyentes locales. No hace mucho, un misionero que seguía este procedimiento evitó el envío de correo a los Estados Unidos, y después vio con consternación cómo su apoyo mensual había descendido en picada hasta perder un total de mil trescientos dólares. Los líderes de las Misiones Mundiales tuvieron noticia de esta necesidad y solicitaron personalmente un apoyo adicional, pero la desaparición de los fondos ilustra una peligrosa falta de confianza por parte de algunas congregaciones.
Las iglesias necesitan reconocer el nivel de sacrificio que hace el personal misionero cuando acepta trabajar en unos ambientes tan desafiantes. Se están poniendo a sí mismos, y también a sus familias, en riesgo por la causa del evangelio. Están dando prioridad a las almas por encima de las relaciones públicas. Nunca se debe malentender la falta de un comunicado procedente del campo como una muestra de letargia o una falta de dedicación por parte del misionero.
En el mundo de hoy la información se mueve sin impedimentos. Una circular pensada para una iglesia que apoya a un misionero puede llegar al portal de una iglesia en la web, o a un servicio de correo electrónico. Una vez en línea, todo el que utilice una máquina de búsqueda para hacer desaparecer actividades religiosas no aprobadas puede recoger ese mensaje. Tal vez Luisa piense que está haciendo un favor al misionero Smith al enviar por correo electrónico una petición de oración por él a diez amigas de confianza. Sin embargo, la mención del nombre del misionero Smith en la web dentro de un contexto de iglesia se puede convertir en el factor que haga que pierda su visa o reciba una perturbadora invitación de parte de la policía local.
Mucho más preocupante es la suerte de los creyentes locales. Si el gobierno de una nación obliga a una familia misionera a salir del país, lo más probable es que hagan una transición tranquila a otro lugar y continúen con su ministerio. En cambio, sus colaboradores locales en el ministerio no pueden permitirse el lujo de irse a vivir a otro lugar. Les pueden cerrar las reuniones de la iglesia en su hogar, y pueden perseguir a sus miembros, o hacerles cosas peores aun.
¿Cuál es la alternativa? Toda iglesia que tenga en el corazón el deseo de alcanzar los campos de misiones más desafiantes del mundo puede invitar a un misionero que haya sido asignado a ese campo, y escuchar con unos oídos sensibilizados por el Espíritu Santo el mensaje del orador invitado. Tal vez no sea un mensaje salpicado con los fuegos artificiales de las estadísticas. Por necesidad, no hablará con claridad de lugares ni de personas concretas. Pero la pasión de ese misionero hablará sola, y una congregación con capacidad de discernimiento reconocerá en él alguien que merece su apoyo misionero.
AquÍ hoy, lejos maÑana
Las iglesias no entienden bien la dinámica del ministerio dentro de una nación a la que se ha accedido de una manera creativa. Pensemos en esta situación.
Hay un vuelo repleto de Aeroflot que espera el despegue en el aeropuerto de Moscú. Un representante de las Misiones Mundiales acaba de visitar la región y de relacionarse con las confraternidades locales de iglesias. Está reflexionando en las últimas evidencias del movimiento del Espíritu Santo entre unas iglesias que solían operar antes al borde mismo de la supervivencia.
Un estallido de entusiasmo unas cuantas filas detrás de él interrumpe sus pensamientos. Se da vuelta, sabiendo ya qué esperar.
Tal como creía, allí se halla sentado otro equipo de alcance repleto de energía, procedente de los Estados Unidos. Sus camisetas son idénticas, con colores neón, y presentan Juan 3:16, Romanos 3:23 o algún otro tema de la semana llamativamente escrito. Los testimonios vuelan por los pasillos, y hablan de personas a las que se enfrentaron en las esquinas de las calles, en las plazas públicas, y en diversas reuniones de alcance que tenían programadas. Por lo general, no suele estar clara la cantidad de personas con las que han hecho contacto que han tomado una decisión de salvación, pero no queda la menor duda de que ellos han pregonado las buenas nuevas por dondequiera que han ido.
Desde el punto de vista de este grupo de adolescentes y consejeros que se marchan del país, han dado otro golpe a favor del evangelio detrás de la antigua Cortina de Hierro. Van de vuelta a casa para proclamar su victoria espiritual ante los miembros de su familia y los amigos que los ayudaron económicamente a pasar siete días en la primera línea de la guerra espiritual.
Sin embargo, estas personas no han sabido ver el cuadro completo.
En primer lugar, el hecho de que puedan viajar sin problemas en esta región es testimonio de la obra cuidadosa y llena de oración de muchos creyentes durante las décadas pasadas. En segundo lugar, su presencia durante una semana sólo es una táctica evangelística superficial, hecha posible también por otros que se hallan dedicados a un servicio a largo plazo, y aun para toda la vida.
Aunque son elogiables estos contactos a corto plazo dondequiera que se puedan producir en medio de la seguridad, a veces dan a las iglesias que participan en ellos una idea errónea sobre la forma de obrar dentro del ministerio realizado en regiones extranjeras sensibles. Tal vez lleguen a creer que vale la pena usar tácticas evangelísticas radicales, y que correr el riesgo de ser expulsados es algo así como una medalla al mérito. Sin embargo, es más lo que están estorbando que lo que están ayudando.
En cambio, tanto si el mecanismo de un ministerio consiste en hacer viajes en bicicletas de montaña, o en desarrollar microempresas, o en abrir un lugar amistoso donde compartir un café, la meta del personal comprometido con las Misiones Mundiales de las Asambleas de Dios consiste en crear unas relaciones a largo plazo y mantener una presencia también a largo plazo. La mejor forma de realizar esto con eficacia consiste en identificar a los que puedan colaborar con ellos en el ministerio, y después trabajar generosamente con esos colaboradores para transformar a la comunidad.
A colaboraciÓn duradera, impacto duradero
Los proyectos misioneros occidentales de nombre reconocido no serán el medio primario para alcanzar a los dos mil quinientos grupos étnicos no alcanzados de los que hablábamos antes. En su mayor parte, serán personas anónimas surgidas dentro de su misma patria las que los alcanzarán. El contacto con Occidente traerá consigo una entrada inicial de recursos y un trabajo espiritual básico. Los misioneros occidentales traducirán al menos parte de las Escrituras, comenzarán pequeños grupos de fraternidad, y entrenarán a unos pocos líderes. Pero después, serán los líderes autóctonos los que se encargarán de la mayor parte de la tarea, hasta acabarla.
Esto que estamos diciendo ha sido un principio básico en el ministerio de nuestras Misiones Mundiales. Es un enfoque que nunca ha cambiado. Debido a que las Asambleas de Dios toman una posición de inclusión respecto a otros ministerios, el evangelio se está acelerando en medio de la colaboración, en vez de estancarse a causa de la identidad corporativa.
Cada vez que tenemos a alguien que es llamado a una región, hacemos todo cuanto podemos para equiparlo y enviarlo. Si una iglesia nacional tiene a alguien que quiere enviar a una región, y podemos colaborar con él, haremos lo que nos corresponda para obviar que esta persona llegue a esa región. Si una sociedad bíblica quiere traducir la Biblia a la lengua de un grupo étnico que no tiene Biblia escrita, nosotros participamos en ese proyecto.
Todo se reduce a cumplir la Gran Comisión de Cristo con todos los medios de los que dispongamos. En ocasiones esto significa respaldar a un creyente o una confraternidad nacional. Otras veces significa enviar a un misionero de los Estados Unidos. Sin embargo, con dos mil quinientos grupos por alcanzar, y más de dos mil millones de personas, nunca podremos enviar suficientes misioneros, ni suficientes fondos. Nuestra colaboración es el medio para tener un alcance significativo que obtenga el buen éxito.
Al fin y al cabo, no importa si los misioneros occidentales han construido una sola iglesia de las Asambleas de Dios en una región, si la gente de la comunidad se está uniendo en una fe común. Nuestra Fraternidad no envía representantes a todo el mundo para ir imponiendo el nombre de “Asambleas de Dios”. Nosotros vamos a todo el mundo para ir sembrando la esperanza en Jesucristo.
MÁs que el dinero
El presupuesto de un misionero contiene una pasmosa variedad de gastos. Los misioneros asignados a las naciones de acceso creativo se enfrentan al doble reto de levantar un presupuesto sin la libertad de especificar cada uno de los usos dados a los fondos que les fueron prometidos.
Queremos recordar a las iglesias que se encuentran al frente de la colaboración económica con las misiones, que el componente primario del apoyo a los misioneros no es el dinero. Todas las iglesias, cualquiera que sea el compromiso que tengan señalado en sus presupuestos con los misioneros, pueden asociarse en oración con un misionero.
La petición del apoyo en oración no es un mecanismo irónico para evitar hacer una petición de fondos. La oración es la vida del trabajo misionero. Esto es especialmente cierto en cuanto a los misioneros que trabajan de una manera no oficial, muchas veces aislados en medio de una región que es un verdadero reto. La oposición y las tinieblas espirituales a las que se enfrentan son gigantescas. Sin oración, fracasarán.
La oración también es eficaz en el campo mismo. Por ejemplo, en los primeros días del crecimiento de las iglesias en una de las antiguas naciones soviéticas, los creyentes locales desarrollaron un alcance sencillo pero bien recibido por la comunidad gracias a la oración.
La economía local se había desplomado. Muchas personas estaban perdiendo sus hogares —por lo general, unos pequeños apartamentos— porque ya no podían pagar el alquiler. Los cristianos respondían a los anuncios de venta de los apartamentos, y se presentaban en ellos para conocerlos por dentro.
“Hermoso apartamento”, le decían al dueño. Entonces, antes que el dueño pensara erróneamente que su venta era inminente, añadían: “No tenemos dinero, pero nos gustaría orar con usted para que se venda su apartamento”.
Muchos de esos apartamentos se vendieron. Esa comunidad de creyentes sigue creciendo. “No tenemos dinero... pero nos gustaría orar con usted.” No hay misionero alguno, por fuerte que sea el desafío que presenten las exigencias económicas de su ministerio, que no reciba una promesa así como si se tratara de oro.
Tal como soy
En un giro tal vez irónico, el ministerio en las regiones más difíciles del mundo ha abierto las puertas para que sirvan al Reino una gama más amplia de creyentes. Las misiones ya no son prerrogativa del ministro con credenciales. Por ejemplo, el alcance creativo por medio de las microempresas exige la experiencia de unos negociantes comprometidos. Para alcanzar a una nación por medio de sus recintos universitarios hace falta educadores calificados. Y no debemos olvidar a aquellos atletas de las bicicletas de montaña en Eurasia.
En el mismo momento en que escribimos este artículo, un hombre cuyo nombre no podemos revelar, está terminando su Doctorado en Filosofía en un campo científico de una universidad de los Estados Unidos con la ayuda de unos fondos procedentes de nuestras Misiones Mundiales. Sus planes consisten en llevar su pericia a una parte del mundo donde esa disciplina lo pueda conectar con otros investigadores; una parte del mundo donde los cristianos representen sólo una parte mínima de la población.
Empresarios, educadores, atletas, hombres de ciencia... la lista es interminable. Nuestra Fraternidad está expresando una filosofía más amplia de las misiones que ve al Espíritu Santo llamando gente de todos los caminos y posiciones de la vida para que entre a un servicio estratégico. Tanto si el candidato acaba de graduarse en la universidad, como si hace poco se ha retirado de su profesión, estamos hallando la forma de honrar el toque del Espíritu en su vida.
Estamos equipando a unos aventureros para todo el mundo. Tal vez su historia se cruce con la de su propia iglesia.
