¿Cómo podría un Dios santo y amoroso enviar gente al infierno?
En nuestra sofisticación del siglo 21, la idea del infierno ha llegado cada vez más a ser algo muy remoto y aun humorístico. Woody Allen ha expresado en broma: “La nada eterna está bien, si usted está vestido para ello”.
Los titulares que siguieron al sermón del papa Benedicto respecto del infierno muestran la incredulidad con la cual la gente sostiene la doctrina cristiana del infierno.
El papa dijo: “El infierno realmente existe y es eterno, aun si nadie habla mucho de él ahora”. El impacto de que un líder cristiano creyera realmente en el infierno instó a algunos titulares que dejaban sin aliento en el New York Times: “El papa proclama que el infierno existe”.1
Después de negociar nuestro camino a través de la bruma de humor y de desconcierto relacionada con la idea del infierno, quedan varias preguntas serias que debemos contestar. ¿Es parte del perfil de un Dios amoroso castigar a la gente? ¿Qué justicia podría haber en eso?
La manera en que nos sentimos respecto de la justicia depende de cual lado de la ley estamos. La mayoría de las personas desea vivir en una sociedad donde los administradores operan el sistema legal en forma justa e imparcial. Cuando somos víctimas de un crimen, deseamos que se haga justicia. Nuestros seres queridos desean que haya justicia a favor nuestro si realmente les interesamos.
El amor y la justicia son inseparables. Desdeñar el mal o la injusticia no es propio del amor, de modo que un Dios amoroso también debe ser un Dios justo.
Una de mis amigas fue golpeada recientemente mientras que su hija pequeña estaba mirando. Su socio la golpeó tan duramente que durante un día ella no pudo abrir uno de sus ojos. Los médicos estaban preocupados de que su ojo pudiera haber sufrido daño de larga duración. Cubierta de cortes y moretones, ella acudió al hospital. A pesar de su condición, no quiso denunciar al hombre a la policía.
Como amiga de ella, mi corazón clamaba justicia para ella y para sus hijos. Esto es porque yo la amo. El amor y la justicia son compañeros inseparables. Vemos esto en la Biblia.
Mi colega, Michael Ramsden, dice: “El problema del mal es el problema del amor”. Si el amor ha de existir, debemos darlo y recibirlo libremente, o de otro modo no es amor. Si esta libertad es posible, retener el amor también es posible. El egoísmo, la violencia, y la injusticia son el resultado del abuso de la libertad del amor. Un Dios amoroso no puede desdeñar o pasar por alto estas violaciones de su mundo, de otra manera no sería un Dios amoroso.
¿Por qué el juicio de Dios debe incluir retribución y castigo en el infierno? ¿No es esto algo pasado de moda y vengativo?
La retribución es un factor importante, porque en un sentido real conecta el castigo con el pecado. Ello significa que el castigo no es arbitrario o selectivo, sino racional y consecuente.
Si uno de mis hijos golpea a su hermano en la cabeza y luego le muerde la pierna, él sabe que lo voy a sacar de la habitación por un buen rato. Él soporta esta separación por un minuto, o algo así, porque ha actuado agresivamente. Aun cuando es un niño pequeño, entiende que tales acciones le acarrean castigo.
El mal proceder debe ser reconocido como tal, tanto por el autor del mismo como por el mundo que nos rodea. Esta es la función del castigo.
El infierno es el castigo final. Es el destino de aquellos que rehúsan reconocer la gravedad de su pecado. Su afirmación del ego sobre los demás y sobre Dios es un desafío a la justicia divina. El infierno es la consecuencia final del egoísmo.
La idea de sufrimiento eterno como resultado de pecado temporal parece desproporcionada si la gente no aprecia plenamente la seriedad del pecado. Pero un punto de vista bíblico del pecado lo considera algo serio. El valor de las personas, creadas como son, según la imagen divina y teniendo la capacidad y oportunidad de tomar decisiones morales, muestra lo serio que es abusar de esta dignidad humana para pecar. Esto se aplica a la vida de uno, a la de otros, y finalmente a desafiar al Creador mismo. Recalcamos aun más la seriedad del pecado en la cosmovisión cristiana cuando consideramos el costo que Jesús tuvo que pagar por causa del pecado.
NOTA
1. New York Post, Marzo 26, 2007.

