¿Cómo podemos justificar la matanza en el Antiguo Testamento?
¿Cómo pudiera un Dios bueno —un Dios de paz — aprobar la guerra como lo hace en el Antiguo Testamento? Esta pregunta pudiera ser respecto a pasajes como 1 Crónicas 5:21,22: “Tomaron ... cien mil personas. Y cayeron muchos muertos, porque la guerra era de Dios.” Pero más que sencillamente aprobar la guerra, Dios parece ordenarla. Aun dio instrucciones respecto a cómo dirigir la guerra, y ordenó el exterminio en masa de los pobladores de determinadas ciudades.
Cuando un escéptico examina el Antiguo Testamento, es importante que recuerde que Dios no aprobó todo lo registrado en la Biblia. Por ejemplo, la Biblia menciona el asesinato de un hombre llamado Eglón (Jueces 3:17–25). No se condena ni se elogia esa acción; simplemente se nos cuenta. Gran parte de los actos de violencia registrados en la Biblia caen en esa categoría. De modo que debemos tener cuidado en cuanto a cómo leemos los diversos relatos de guerra en el Antiguo Testamento.
Sin embargo, es cierto que algunas guerras fueron ordenadas por Dios, en particular en cuanto a la toma de posesión de Israel de la tierra que Dios le diera después de haber sido rescatados de la esclavitud en Egipto. Por muchas generaciones los cristianos han deliberado acerca de cómo entender esos pasajes.
El Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento presentan una descripción de Dios como alguien que juzga la maldad. En el Antiguo Testamento, un medio del juicio de Dios es la guerra. En el Antiguo Testamento, la guerra y la batalla están en el contexto de una lucha cósmica más amplia entre el bien y el mal (una lucha que continúa en el Nuevo Testamento).
Un cristiano que lee el Antiguo Testamento interpreta las batallas descritas allí en este contexto de una lucha más grande. La toma de Jericó, las guerras contra la coalición de los reyes cananeos del sur, y las guerras contra la coalición del norte en Canaán se incluirían en este contexto.
Dios peleó en nombre de muchos de los jueces en el Antiguo Testamento — así como en nombre de reyes fieles como David y Josafat — en juicio de las prácticas malvadas. Dios usó aun a naciones extranjeras para que lucharan contra los enemigos de Israel de forma que ayudaran a su pueblo. Por ejemplo, el profeta Nahúm anunció la aparición del guerrero divino que lucharía (en este caso, los babilonios) contra el por largo tiempo opresor de Israel, Asiria.
Es esencial observar que Israel no fue siempre el que cumplió la voluntad de Dios en el campo de batalla. En realidad, los israelitas fueron a veces el destinatario del juicio de Dios. A veces fueron masacrados y esclavizados, pero en otras ocasiones fueron militarmente victoriosos. Entenderíamos mal el Antiguo Testamento si dijéramos que Dios siempre estuvo de parte de Israel. La elección de Israel como pueblo escogido de Dios no era una carta blanca para hacer la guerra contra cualquiera en cualquier momento. En determinadas ocasiones Dios usó a Israel como instrumento de su juicio contra naciones malvadas y opresivas; en otras ocasiones Él los juzgó, y fueron los destinatarios de la guerra.
Deuteronomio 20 registra las reglas de la guerra para el pueblo de Dios. Esas reglas establecen justicia, imparcialidad, y generosidad en el uso de la espada. Dios permitió que condiciones especiales de penuria fuera una causa de excusar a los soldados de su deber militar. Israel no exigía la obligación militar de un soldado hasta que éste no tuviera derecho por más tiempo a su exención bajo esas condiciones (Deuteronomio 20:5–7). Israel aun envió a sus hogares a los que no tenían tal excusa, pero sentían miedo o eran reacios a luchar (v. 8).
A diferencia de los ejércitos de otras naciones que pudieran atacar a una ciudad sin darle oportunidad de rendirse (compárese con 1 Samuel 11:1–3), Dios exigía a los ejércitos de Israel que dieran a una ciudad oportunidad de rendirse sin derramamiento de sangre antes de montar un asedio a plena escala y destruir la ciudad. En ese contexto, Dios pidió que Israel no diera muerte a las mujeres y a los niños, y que sus captores los cuidaran (Deuteronomio 20:10–14). Sólo en cuanto a los depravados habitantes de Canaán exigió Dios la total destrucción.
La razón de las guerras consentidas por Dios y la destrucción de los pobladores de Canaán era la probable corrupción de las normas morales y espirituales de la sociedad israelita: “Para que no os enseñen a hacer según sus abominaciones que ellos han hecho para sus dioses, y pequéis contra Jehová vuestro Dios” (Deuteronomio 20:16–18). Esto es importante porque Dios había escogido a Israel para que llevara al mundo la revelación de Dios de sí mismo, la tarea de dar a conocer a Dios.
Hay alguna discontinuidad entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento respecto a la guerra. Aunque en el Antiguo Testamento a menudo Dios usó la guerra como instrumento de su juicio, Jesús ha mostrado que ahora es abusar del evangelio el tomar las armas para defender o fomentar los intereses de Cristo. Sin embargo, esta discontinuidad no es absoluta.1 También hay continuidad, sobre todo cuando observamos la descripción que hace el Nuevo Testamento del juicio final y su forma de guerra en que las armas espirituales derriban fortalezas espirituales. El juicio de Dios sobre los malos aparece a lo largo de la Biblia, y la guerra en el Antiguo Testamento es un cumplimiento de esa realidad.
NOTA
1. Para un estudio más amplio, véase Stanley N. Gundry, ed., Show Them No Mercy: 4 Views on God and the Canaanite Genocide [No les muestren misericordia: cuatro puntos de vista sobre Dios y el genocidio cananeo], (Grand Rapids: Zondervan, 2003).

