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El viaje desde el sufrimiento hasta la gracia suficiente

Por M. Wayne Benson con Scott Harrup

Todos los pastores enfrentan retos en el ministerio. Pedro, el gran apóstol ministrador de la iglesia primitiva, recordó a los creyentes que no debían sorprenderse de la prueba dolorosa que estaban sufriendo, como si fuera algo extraño (1 Pedro 4:12). Pero tendemos a asociar gran parte del sufrimiento del que habla Pedro con los ataques del enemigo quien anda como león rugiente buscando a quien devorar (1 Pedro 5:8). Cuando la fuente de nuestras heridas es alguien a quien amamos y servimos abnegadamente, la herida viene a ser especialmente dolorosa. Lamentablemente, algunos ministros no se recuperan de esas heridas.

Estoy agradecido de tres ministros — a los cuales llamaré John, Tim, y William— quienes me hablaron sinceramente sobre sus heridas y lo que les tomó para sobrevivir, curarse, y continuar en el ministerio. Ojala que estas historias sean instructivas y sanadoras.

John servía como pastor principal en dos Estados antes de rendir un servicio extensivo como pastor asociado. En aquel entonces él viajó con su esposa trabajando en ministerios evangelísticos hasta el tiempo de su retiro. Tim servía como asociado en dos asignaciones antes de ocuparse en la plantación de iglesias. William era pastor de jóvenes, luego pasó a ser pastor único de dos iglesias antes de venir a ser pastor principal y luego servir en una universidad cristiana. Él ahora dirige un ministerio en toda una ciudad y sirve en el personal pastoral en una iglesia local.

Tim: “Nunca imaginÉ que aÚn hubiera ese tipo de actitud”

Tim acababa de salir de una universidad cristiana cuando aceptó un pastorado juvenil. Él creía que su pasión por alcanzar toda la juventud en su comunidad cautivaría también a las familias a las cuales servía.

“Me encontré con prejuicios raciales impactantes”, recuerda. “Nunca pensé que en una iglesia pentecostal hubiera aún esta actitud.”

La iglesia estaba en una comunidad de demografía cambiante. En respuesta a la emigración blanca, las familias restantes tenían a la iglesia como un refugio de sus alrededores. Cualquier intento de llegar a aquellos fuera de la comunidad blanca no sería tolerado.

En los meses siguientes, mientras Tim intentaba traer jóvenes nuevos a la iglesia, escuchó comentarios raciales de parte del personal, de pastores y de esposas de pastor. Los miembros del consejo querían que él ministrara sólo a los niños blancos. Cuando Tim trajo sus preocupaciones a su pastor, no recibió apoyo alguno. Eventualmente renunció.

“Cuando salí”, dice, “mi desilusión era tan dolorosa que no podía cerrar mis ojos para orar. Las ideas e ideales que tenía fueron destruidos de tal manera que me era difícil orar sin sentir el dolor abrumador de la situación por la cual estaba pasando.”

Al crecer, Tim ha sido parte de una iglesia exitosa. “He estado fundado en enseñanza sólida”, dice. “Lo bueno era bueno, lo malo era malo”.

En contraste, Tim se encontraba como un ministro joven e idealista enfrentando un frente organizado de autojustificación para actitudes descaradamente antibíblicas. “Basaban su comportamiento usando las Escrituras totalmente fuera de contexto y cayendo en la tradición local. Era muy impactante. De nuevo, yo era idealista. Tenía 23 ó 24 años —recién salido de la universidad.”

John: “Estaba bajo investigaciÓn por herejÍa”

John admite que su propia inexperiencia lo llevó a problemas periféricos que experimentó al principio de su ministerio. “Para ser honrado, sufrí por heridas autoinfligidas”, dice. “Me había graduado de la universidad y del seminario y estaba listo para conquistar el mundo teológico. En mi primer pastorado daba más importancia a los problemas que a las personas. Trataba de implementar mi visión en vez de ganar la confianza de las personas. Surgían, como resultado, muchos conflictos exagerados e innecesarios. Como dice el dicho, vive y aprende.”

John estaba viviendo y aprendiendo, y creciendo en el ministerio efectivo, gracias al toque del Espíritu Santo. En aquel momento él servía en una denominación que no reconocía en su totalidad el ministerio del Espíritu Santo.

“Éramos traídos a un compañerismo que creía que los pastores eran empleados de la congregación”, dice, “no pastores llamados divinamente para guiar al rebaño en la visión que Dios le dio. Los ancianos y diáconos eran una especie de sicarios para la iglesia. Eran los mediadores entre las críticas y el pastor.”

Casi en todas las reuniones John soportaba una retahila de críticas de los ancianos y diáconos en nombre de miembros disgustados.

“Me sentía como un fracaso. Muchas veces ni me decían quién decía todas estas cosas, de modo que siempre estaba enfrentando a fantasmas. Por varios años siempre rebotaba contra las cuerdas de esa estructura denominacional.”

La crisis llegó a su clímax cuando John y su esposa fueron bautizados en el Espíritu Santo con la evidencia física inicial de hablar en lenguas. Pronto poseían todos los dones del Espíritu Santo.

“Crecimos en el Señor como nunca antes”, dice. “Sonábamos diferente, actuábamos diferente, y creo que predicábamos diferente.”

Su iglesia creció rápidamente y atrajeron la atención del liderazgo regional. El vicepresidente del consejo invitó a la familia de John a cenar un domingo y luego les preguntó si eran pentecostales y hablaban en lenguas.

“Le dije que nuestra congregación todavía no estaba en el lugar para procesar esa información”, recuerda John, “y le pedí que mantuviera mis respuestas a sus preguntas en confidencialidad. Nos prometió que no lo diría a nadie. Entonces compartimos nuestro avivamiento y las bendiciones del Espíritu Santo en nuestra vida.”

En la noche del sábado siguiente llegó la llamada. El consejo de la iglesia le había quitado el púlpito a John. Por un tiempo lo pusieron en situación de excedencia o apartamiento mientras su teología era indagada.

“El consejo hizo sentar a mi familia en el primer banco en la mañana del domingo siguiente y en frente de una iglesia llena, mientras el vicepresidente anunciaba a toda la congregación que mi doctrina estaba bajo indagación por herejía”, dice John. “En ese momento sentí que algo horrible me estaba pasando.”

Eventualmente, John tuvo un desglose completo y pasó tiempo en una institución mental en depresión profunda.

“No tenía nada más que oscuridad en mí y a mi alrededor”, dice.

William: “Las personas se fueron sin siquiera decir adiÓs”

William no identifica ninguna crisis en su ministerio que haya cambiado su vida. En cambio, su concepto general de lo que significaba ministrar a un rebaño falible con compañeros ministeriales falibles llegó a profundidades dolorosas.

“Cometí el error de presumir que todos los líderes de alto perfil eran justos”, dice del último lado de esa ecuación. “Cuando hice una pregunta acerca de una política denominacional, sentí que se me rechazaba que pudiera ser usado nuevamente. Sentí el dolor de ser castigado, y para añadir al dolor, los asuntos nunca fueron discutidos conmigo directamente.”

Las expectativas ministeriales de William eran muy grandes; él admite que cayó en un grado de decepción.

“Entré al ministerio ingenuamente pensando que las personas eran más espirituales de lo que realmente eran”, dice. “Esperaba que cuando las decepciones y divisiones surgieran en nosotros éramos los suficientemente maduros como para practicar el principio de Mateo 18 y decir la verdad en amor.”

A William le preocupa que muchas veces las congregaciones y pastores se relacionen más institucionalmente y políticamente que lo que se relacionan espiritualmente.

“La falta de voluntad para resolver conflictos o malentendidos por cualquier razón ha dado permiso para imitar proverbial la casa de alcohólicos”, dice. “Todo el mundo deambula como si nada hubiera pasado. La verdad es que algo se ha hecho o dicho pero nunca se ha tratado.”

Las personas que William consideraba cercanas permitieron que heridas sin tratar echaran raíces y crecieran. En vez de comunicar los problemas con él directamente, simplemente se fueron de la iglesia.

“Personas que eran queridas para mí”, dice, “personas que había casado, cuyos seres queridos había bautizado y enterrado, se fueron de la iglesia sin decir adiós ni dar las gracias. Había presumido que mi inversión en su vida era más grande que eso.”

Todo pastor es imperfecto, señala. Esas imperfecciones se notan en la rutina diaria del ministerio. Él pensaba que su congregación miraría más allá de sus errores y mirarían su corazón por el ministerio. En vez de eso, las personas se retiraron por completo. Y el patrón se repitió con los compañeros del ministerio.

“Lamentablemente,” dice, “había experimentado una separación como la de Pablo y Bernabé con colegas del ministerio donde había falta de voluntad o habilidad para enfrentar y resolver un problema como hermanos maduros.”

Respondiendo a la gente

Las personas son el corazón del ministerio. Las personas — con sus innumerables sospechas innumerables y sus resentimientos, sus dudas y otras tendencias pecaminosas — son la razón por la cual el ministro persigue su llamado. Así, la misma razón de estar en el ministerio también viene a ser la fuente de dolor del ministro. El ministro que servirá como pastor debe poder superar el dolor infligido por las ovejas.

“En ese momento me sentía profundamente decepcionado e increíblemente sorprendido”, recuerda William. “Fue un dolor enfermizo. En algunos casos incluía a mi esposa, y el impacto sobre ella intensificaba mi propio dolor.”

Pero él sabía que tenía que procesar su dolor y trabajar en restaurar las relaciones.

“En mayor parte”, dice, “he podido o resolver la situación con el individuo o he podido razonar en mi mente que la mayoría de las personas son personas dañadas. Hay mucha miseria, y a menudo las personas responden con su dolor. He tratado de dar a otros el mismo beneficio de la duda que yo quisiera que me dieran a aquellos que me han herido.”

Ese beneficio de la duda ha tenido que ser reforzado con disciplina espiritual proactiva.

“He podido realmente recostarlo en el altar y reconocer que estamos para vivir en paz con todos mientras sea posible”, dice. “Hay niveles de control que tenemos y niveles de control que no tenemos.”

Considerando todas las relaciones rotas, William está agradecido por cada oportunidad de restauración, pero también es realista cuando esas oportunidades no aparecen.

“Me siento más positivo hacia aquellos que estaban dispuestos a sostener una conversación espiritual”, dice. “Por los otros que no estaban dispuestos o no podían hacer frente a los problemas que nos separaban, el Señor me ha dado gracia especial. El Señor me habló luego de sentir una herida profunda y me señaló las palabras de Pablo en Romanos 14:4: ‘¿Quién eres tú para juzgar al siervo de otro? Que se mantenga en pie, o que caiga, es asunto de su propio señor. Y se mantendrá en pie, porque el Señor tiene poder para sostenerlo.’ Aquellos que me han herido no son mis siervos. Hay un nivel de juicio que sólo debo poner en la Cruz.”

Las heridas de Tim al comienzo de su ministerio lo forzaron a enfrentar sus propias emociones más severas.

“Los dos mundos que vinieron a mi mente fueron ira y traición”, dice. “Como miembro del personal, fui llevado a un salón por un miembro del consejo y me dijeron, en términos inciertos, cuál era mi trabajo. Literalmente, me tomó por el brazo, me entró a un salón, cerró la puerta, y dio rienda suelta a su delirio por alrededor de media hora.”

Cuando Tim pudo finalmente liberarse y hablar con su pastor principal, no recibió apoyó.

“Él no quería lidiar con eso por los asuntos políticos de la iglesia”, dice.

La ira de Tim, su sentido de traición, y desilusión estaban compuestos por la falta de apoyo. Y esas emociones lo seguirían más tarde en su ministerio y terminaría bajo tensión.

“En retrospectiva,” dice, “el problema de ira con el que lidiaba en los ministerios probablemente tuvo sus raíces en mi primera asignación como ministro.”

Un período de calma vino con la primera asignación de Tim. Su ministerio se desarrolló, y él y su esposa estaban confiados en que podían aceptar una asignación de plantar iglesias. Pero descubrió las raíces continuas de su ira cuando la plantación de iglesias comenzó a desentrañarse.

Los estallidos y sentidos de ira sofocada llegaron a un punto en el que Tim tuvo que buscar ayuda profesional.

“Hasta este día”, dice, “mi esposa y yo estamos reticentes o reservados de un ministerio en el futuro, simplemente porque conocemos la presión que viene con el ministerio. Puedes decir que has sido curado, y sentirte curado, pero es entendible el evitar exponerte en la posición donde estás bajo presión los siete días de la semana, 24 horas al día.”

Pero Tim también ve el bien a largo plazo que Dios ha traído de su dolor.

“Tengo un mayor entendimiento de que Dios obra en las cosas para nuestro bien”, dice, “tengo un conocimiento aun más profundo de la gracia y de la misericordia. Sé que suena trillado y como cliché, pero Dios ha podido desaparecer esa herida con su gracia y su misericordia. Ahora cuando pienso en esas personas, no lo hago con ira. Pienso en ellos como son, tan defectuosos como yo.”

La crisis emocional de John fue mucho más severa que las reacciones que Tim y William exhibieron. Pero tenían raíces comunes.

“Repetiré mucho de lo que ya se ha dicho”, admite; “sentí una traición total. Cuando estaba recibiendo ayuda, ninguno de mis compañeros pastores, colegas, amigos o líderes de mi compañerismo pasado me llamaron ni me enviaron una tarjeta o expresaron de manera alguna que les importaba. Creo que me sentía como el salmista en el Salmo 88:8: ‘Has alejado de mí mis conocidos; me has puesto por abominación a ellos; encerrado estoy, y no puedo salir.’ ” (RV60).

Ese sentido de separación profunda permeó todos los niveles de sus relaciones.

“No sólo me era imposible elevarme con el Espíritu Santo”, recuerda, “no podía ni salir a caminar con mi esposa. Me sentía completamente solo. Me alegra decir que Dios es un Dios sanador.”

Pero antes de la sanidad vinieron temporadas de profunda oscuridad.

“Perdí mi identidad”, John dice de aquellos días. “Pensé que lo que había perdido nunca iba a ser restaurado. Ya no me veía como un ministro. Eso me causó un gran pánico que duró por mucho tiempo. Este no era el mejor ángulo o lado de la historia. Fue un día muy oscuro. La luz se había apartado de mi vida.”

CompaÑeros en el dolor, fuentes de sanidad

La familia sufre cuando un ministro está bajo ataque. Los problemas de traición y desilusión impactan a las esposas y a los niños. Pero aunque estas experiencias sean muy dolorosas, el dolor compartido puede ayudar a disipar lo que no se puede aguantar estando solo.

“Impactó a mi esposa”, dice William, “porque ella era parte de nuestro equipo de liderazgo. No sólo la afectó emocionalmente, sino que afectó también su trabajo. En m caso, hubo un despido por ninguna razón explicada. Afectó nuestras finanzas.

“Cuando te echan fuera sin tener ningún lugar a donde ir, te hace sentir como un hombre sin país. Definitivamente, afectó mi predisposición a la depresión. Así que me impactó en mis emociones, en las finanzas, y en mis niveles de relación. Mi esposa y yo tomamos esa tensión y ella la proyectó hacia mí y yo hacia ella.”

“La parte más difícil para mí”, recuerda Tim, “fue cuando lo blanco vino a ser negro, y lo negro vino a ser blanco. Todo lo que yo pensaba que estaba bien aparentemente estaba mal. Vino a ser muy difícil el determinar mi valor cuando las personas a mi alrededor decían exactamente lo contrario de lo que yo conocía como la verdad, y cuando la gente comenzó a decirlo yo comencé a cuestionarme a mí mismo. Tal vez soy yo el que estoy al revés, y nadie me lo ha dicho. Y ese sentido de confusión invadió nuestra familia. Estábamos cerca del precipicio.”

John mira atrás y recuerda el cambio radical en la vida de su familia y la repentina transición de un sentido de plenitud y constante crecimiento en su iglesia a un desorden espiritual y emocional.

“Sé que ciertamente impactó a las personas en la iglesia”, dice. “Había una gran confusión. Era una iglesia creciente y las personas estaban viniendo a Cristo, luego, de repente, fueron lanzadas a una desorientación y confusión totales.”

“Mis hijos fueron sacados de sus escuelas y del grupo de jóvenes de la iglesia. Mi esposa, por supuesto, aunque es tan fuerte y fiel en el Señor, estaba herida y desorientada. La salida cobró su peaje. Luego de un tiempo, uno de mis hijos se volvió contra mí. Me tenía como el villano. Estoy agradecido de Dios que todo ya está curado, aunque me tomó algunos años. Esos fueron años oscuros y difíciles en mi familia.”

El dolor compartido también puede venir a ser recuperación compartida. Para John, las personas que estuvieron con él en los momentos más oscuros aceleraron su propio camino hacia la plenitud.

“Cuando fui hospitalizado en esos días oscuros, tuve un psiquiatra maravilloso”, dice. “Vinimos a ser buenos amigos. Nunca olvidaré el momento dramático cuando compartía con él la profundidad de mi experiencia, y de pronto comenzó a llorar. Él dijo: ‘John, quiero que sepas que siento todo lo que dices, porque he estado allí. Quiero que sepas que lo que Dios hizo por mí Él lo hará por ti.’ Nos abrazamos. Ese fue el comienzo de mi mejoría y cura.

Luego vino el día cuando se le permitió a John dar una vuelta con su esposa en el carro.

“No recuerdo el día o el mes o nada en específico”, admite. “Solo recuerdo la experiencia en ese día. Luego de varios meses de oscuridad vi el brillo del sol por primera vez. Recuerdo el sol en el cielo. El Señor irrumpió con una nueva luz de su amor, y volví a tener esperanza.”

Luego de haber salido del hospital, dice que Dios envió tres “ángeles”. Tres hombres de su denominación original lo llamaron y le ofrecieron trabajo. Él aceptó un puesto en una corredora de impuestos computarizada.

“No sabía nada de computadoras”, admite, “pero aprendí, y me era posible ganar un salario y mantener a mi familia. Mi esposa obtuvo empleo también.”

Al principio, el regreso a una iglesia parecía imposible.

“Sentía que todas las personas de la iglesia eran mis enemigos y que no se podía confiar en ellos”, dice John. “Así que no fuimos. Pero uno de los compañeros de trabajo de mi esposa nos invitó a una iglesia que estaba creciendo y estaba poderosamente ungida en el Espíritu Santo.”

Luego de varios meses de estar apartados de cualquier iglesia, John y su esposa finalmente fueron a un servicio una noche.

Nos sentamos detrás y lloré todo el tiempo”, recuerda. “Casi al final del servicio, el pastor pidió a las personas que inclinaran su cabeza. Tenía palabras de sabiduría de parte del Espíritu Santo, y dijo, ‘Hay una familia en esta iglesia — un pastor y su familia — que han sido expulsados de su denominación. Él está destrozado, y quiero que él pase aquí delante para orar y derramar nuestro amor sobre él.’

“Esperaba que fuera alguien más, pero me di cuenta de que no era así. Así que saqué mi goma de mascar de la boca y la puse en manos de mi esposa y fui al frente. Lloré muchísimo. Los diáconos y ancianos se reunieron alrededor de mí, pusieron sus manos sobre mí en oración, y mi sanidad comenzó en serio. Ese pastor luego me dijo que algún día yo estaría en su personal. Fui herido como pastor principal, y fui curado como pastor asociado.”

Ahora John reflexiona sobre su vida y ministerio y está convencido de que ha ganado más de lo que ha perdido.

“Puedo decir que hoy amo a esas personas que me hirieron con un amor desbordante”, dice. “He crecido en ese maravilloso y divino ágape con el que el Espíritu Santo cubre nuestro corazon. Es un amor que cubre multitud de pecados. He cubierto sus pecados y ha cubierto los míos. La oscuridad nunca volvió.”

La sanidad de Tim vino en etapas. Sus próximos meses en el ministerio fueron como dos pasos de progreso sólo para encontrarse con un paso de regresión. Luego de haber dejado su primera asignación, la próxima iglesia a la que atendió pasó por una división. Su desilusión se agravó.

“Luego fuimos a otra iglesia”, dice, “y comenzamos a experimentar a Dios moviéndose. Las personas eran una fuente de sanidad, pero lo que trajo la más grande cura fue el increíble movimiento del Espíritu Santo en mi vida. Pudimos pasar varios meses allí antes de volver al ministerio de tiempo completo.”

Tim señala que esa intervención divina es clave en cada vida herida de cualquier ministro. “El Espíritu Santo hizo una obra que nadie podía siquiera comenzar”, dice.

“La sanidad experimentada en ese período de tiempo fue tan profunda e increíble que yo podía sentirla. Sí, hubo personas que pudieron dar objetividad a mi vida y eso fue beneficioso. Pero para mí, fue casi exclusivamente un movimiento de Dios en mi vida y en mi corazón.”

La sanidad puede venir en etapas. Y muchas veces la etapa final parece elusiva.

“Sería menos honrado”, dice William, “si dijera que estoy completamente sano. Estoy siendo sanado. El tiempo tiene una manera de ayudarme a ganar una mejor perspectiva de las cosas y para hacerme sentir mejor con ellas.”

William dice que su esposa sigue siendo clave para ese progreso continuo. Ellos celebraron su 35 aniversario de matrimonio el pasado agosto. William también se encontró con colegas para los cuales él no tenía que fingir o actuar.

“Ellos me aceptan verdaderamente por quien soy y no por lo que traigo a la mesa”, dice. “Mis dones más grandes que me han sido dados en el ministerio son las relaciones que he construido con amigos confiables. Ellos han sido una gran parte de mi sanidad.”

Lecciones de la Vida

¿De qué maneras puede el dolor hacer más efectivo a un ministro? ¿Cómo puede la traición y la desilusión resultante volverse recursos de mayor influencia en la vida de las personas? Algunas lecciones exponen debilidades del pasado que deben ser evitadas.

“Yo no habría sido tan ingenuo”, dice William de sus primeros años. “No lo digo con intenciones cínicas o no amables, pero hay un nivel de dureza que tiene que venir. El ser herido tiene su forma de endurecerte. No que usted se convierte en una persona endurecida, pero comienza a reconocer que no todo el mundo que dice, ‘Señor, Señor,’ es su amigo. Las personas tienen agendas. Si pudiera hacerlo de otra manera, sería más lento al venir y hacer suposiciones sobre los niveles de confianza, y permitiría probar las relaciones un poco más antes de poner mucho peso sobre ellas.”

“Me complacería poder deshacer algunas cosas que he hecho”, dice John. “Me encantaría haber sido más sabio al lidiar con las personas. Pero al mismo tiempo, puedes preguntarte qué pasaría al tomar una alternativa toda tu vida. Hay algo de beneficio en pensar sobre lo que habría hecho distinto, pero al mismo tiempo no puedes negar lo que Dios hizo a través de todo eso. Agradezco a Dios por haber tomado mi personalidad y deficiencias, mi falta de sabiduría, y que convirtiera todo en triunfo. Me libró de la incertidumbre.”

Tim señala los misterios detrás de la realidad de la soberanía de Dios, a la profundidad de la declaración de que “Dios obra todo para bien”. Esa filosofía de Romanos 8:28 le ha enseñado que “nada de lo que pasa en tu vida toma de Dios por sorpresa. Él es siempre fiel no sólo para obrar en ti en gracia y misericordia, sino también para trabajar con las personas que sientes que has defraudado o que te han fallado. Él nunca saca de tu vida a nadie que sea importante en tu destino futuro. El gobierno completo que Dios tiene en lo que estás pasado — cualquier cosa — es la lección más grande. Puedes confiar en Él.”

John, quien describe la mayor temporada de oscuridad emocional de los tres, también piensa que es más oscuro antes mismo de amanecer.

“Cuando las cosas parezcan lo más sombrías posibles”, dice, “Dios está en su mejor momento. Puedo decir esto sin que suene como cliché, porque sin duda alguna ése es el Dios que he descubierto. Creo que esa es la lección más grande de mi vida — que he descubierto que Dios es todo lo que promete que sería para nosotros. Que Él sana los que tienen el corazón quebrantado, que Él cubre sus heridas a su manera y en su tiempo. Eso es lo más grande que me ha llegado — puedo confiar en Dios, puedo tomar su palabra.”

John contrasta su nivel actual en el ministerio con sus años antes del dolor como una diferencia de experiencias vital.

“Recuerdo el primer funeral que tuve en mi primer pastorado”, dice. “Esta pareja de ancianos estaban tan enamorados que entraban a la iglesia tomados de la mano. Se sentaban en el banco tomados de la mano. Cuando los visitaba, se tomaban de las manos. Él fue el primero en morir en mi pastorado. Fui a confortar a la viuda. Me miró, y dijo: ‘Sí, pastor, pero usted no entiende. Usted no ha estado en mis zapatos.’ Tuve que decirle: “Es cierto, no lo he hecho.’ Pero ahora, después de haber vivido lo suficiente, puedo decir que he caminado en zapatos muy incómodos. Estoy de acuerdo con mi hermano en que Dios obra todo para bien. Debemos apretar nuestros dientes en eso. Esa es la lección más grande de mi vida cristiana.”

William también expresa un mayor alcance de la soberanía de Dios.

“Cuando pasé por todo esto”, dice, “tenía una frase que siempre usaba: ‘El hombre en su humanidad, carnalidad, o estupidez no puede triunfar sobre la soberanía de Dios.’ Dios es soberano en obras, y está obrando para refinarnos y perfeccionarnos. Lo que otros intentaron para el mal, Él lo torna para bien.”

Cada uno de ellos compartió de su corazón un deseo de animar a otros que soportan un camino de dolor similar.

“Primero, el Señor no se equivocó cuando te llamó”, insiste William. “En medio de ese llamado debes ser sabio al cuidarte con adoración apropiada, descanso apropiado, recreación apropiada, y una ética de trabajo apropiada, si quieres mantenerte saludable en el ministerio. Y debes tener un círculo de personas con los cuales tú puedes ser verdaderamente tú, y que te amen a pesar de ello. Esas tres cosas: Dios te ha llamado, ten un buen cuidado de ti, y mantente en contacto con aquellas personas que han estado en tu puesto y se han mantenido.”

“Usted debe poder poner en su lugar los equilibrios,” dice Tim. “El ministerio casi me costó mi familia. No me di cuenta hasta que casi era muy tarde. Cuando estás herido, y es por otras personas, muchas veces puede ser difícil ver la salida, es difícil venir a ser objetivo respecto de cuando seguir adelante por usted y su familia.

“Debe de poner ciertos puntos de referencia — señales que indiquen que está yendo en la dirección contraria. Si usted ha comenzado a ver rivalidad en su casa, usted debe poder estar lo suficientemente saludable y fuerte para decir: ‘Esto no es sobre mi llamado. Es acerca de mi asignación particular. Algo de mi asignación no está funcionando bien para mí y mi familia.’ Usted debe entender que no está abandonando el llamado por dejar una asignación destructiva.”

“Aquellos que están en esa oscuridad y no pueden ver nada esperanzador”, dice John, “aquellos que no pueden ver la luz al final del túnel — les digo: ‘Te amo. Estoy orando por ti. Yo, también, estaba en un lugar que ni podía creer, ni podía orar, ni podía leer la Palabra. Pero otras personas oraron, otros creían por mí, y otros leyeron la Palabra por mí. Lo que Dios hizo en mí, lo hará con usted. Dios tiene un bien más grande guardado para usted. Él hará que todo pase. Déjelo en sus manos. Dios lo hará en su tiempo. Sobre todo, Jesús está ahí con usted, porque Él dijo: ‘Nunca te dejaré, ni te desampararé’”

M. Wayne Benson, presidente y director ejecutivo del ministerio EMERGE con oficinas en Akron, Ohio, y Syracuse, Nueva York. (www.wmwrge.org)

SCOTT HARRUP es subdirector de Today's Pentecostal Evangel [El evangelio pentecostal de hoy]

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