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Haciendo daño a aquellos que servimos:

cuando las heridas de un pastor lastiman a los que procura sanar

Por Dale O. Wolery

“Fastidiado” no era una palabra lo suficientemente fuerte para describir lo que él sintió cuando salió de la reunión de la junta directiva. El pastor Don se dejó caer abrumado en su gastada silla de oficina. Aunque el naufragio no fuera parte de su currículo como era el de Pablo, él sabía lo que el Apóstol significó cuando escribió: “Y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias” (2 Corintios 11:28).1 El pastor Don amaba a su gente, y esto estaba ejerciendo mucha presión en su vida. La otra presión venía de su esposa.

La iglesia había experimentado un asombroso crecimiento numérico. Los trabajadores casi habían completado el nuevo edificio. Él deseó, sin embargo, que la junta hubiera sido más generosa esta noche. Él sintió que ellos le habían fallado, pero lo superaría. A pesar de que su aumento ni siquiera igualaría el incremento de gastos de asistencia médica, sabía que de alguna manera él y su esposa podrían cubrir sus necesidades.

Pero Don estaba preocupado por la reacción de su esposa. Él sabía que ella vería el aumento de tres por ciento como una bofetada insultante. Pero las finanzas de la iglesia eran apretadas, el edificio había costado más de lo esperado, y la decisión de la junta no era personal.

La junta sabía que Don trabajaba infatigablemente para predicar con poder la Palabra. Ellos le habían recordado aun esta noche que él era un buen líder; pero no sabían que a su esposa le molestaban sus largas horas en el estudio. Ellos no sabían que ella estaba deprimida. Ellos sabían que él rara vez tomaba días libres, pero ellos no estaban conscientes de que sus hijas se molestaban porque él siempre estaba fuera o cansado. Ellos no sabían que él estaba agotado y solo. Ninguno sospechó que él sólo se dirigió al Señor en la carrera. Ellos sabían que él era un líder de buena calidad, pero desconocían la desilusión y el temor que él ahora sintió al tener que decir a su esposa que el aumento era tan pequeño. Él gimió bajo la presión de ministerio y la lucha conyugal que se avecinaba.

Don estaba siempre de servicio: listo para servir con alegría. La norma era: el ministerio fuera de horario, días interrumpidos e imprevistos, noches de familia pospuestas, y empujar más allá de los límites razonables para terminar un proyecto más de ministerio era la norma. Él creyó que el sacrificio era necesario para el buen éxito.

Don sentía dolor de cabeza. Él tenía que tratar con la reacción menos que espiritual de su esposa. Él esperaba que ella al menos escuchara. Ni él ni la junta sabían que ella había tomado ya una acción que cambiaría la vida. Ella había comenzado un nuevo camino.

El pastor Don se asemeja al pastor que hace poco me envió un correo electrónico a fin de obtener ayuda para su esposa. Él explicó: “Soy un gran pastor, pero mi esposa me considera un marido terrible. He acumulado una enorme deuda de tarjeta de crédito, y mi esposa es ahora fría y distante, mordaz, y desdeñosa. Ella siempre ha sido implacable.”

Estos pastores parecen ciegos a la verdadera fuente de su problema: ellos mismos. Es fácil que los pastores sean ciegos a los modos en que llevan mal las relaciones y a las heridas que influyen en su conducta de relación.

Cuando culpo a otros el problema por lo general soy yo

El engaño del pastor Don de la junta es impresionante. Sus acciones probablemente habrían sido otras si hubieran sabido lo que Don sabía. La presión de iglesia que Don siente existe porque él encubre la verdad. La presión conyugal vino del hecho de que él no vive la verdad en casa. Su ceguera sobre su papel en estas cuestiones es involuntaria. Su sinceridad es total, pero su disfunción es obvia. A pesar de creer que su presión viene de fuentes fuera de sí mismo, él ha creado la presión. Él se hace daño a sí mismo, daña a su esposa, y a aquellos que él sirve. El culpar a otros es una señal de que el que echa la culpa –aun si él es un pastor— tiene que cambiar.

Don no reveló sus sentimientos sinceros. Si él hubiera sabido este mismo conjunto de hechos sobre un individuo del personal durante una revisión anual, no lo habría ocultado. Él engañó a la junta y es engañado respecto de su vida en el hogar. ¿Cómo podría él tener la audacia de culpar a su esposa? Ningún pastor puede ser a la vez un líder digno y un mal marido o padre. Los hombres de familia de buena calidad tienen la posibilidad de ser pastores de buena calidad; los papás distantes y los maridos irresponsables no tienen posibilidad de ser pastores afortunados. Cuando un pastor reduce su vida de hogar a manejar el conflicto y la competencia entre la iglesia y el hogar, su vida disminuida daña de modos perceptibles y significativos la vida de los que están alrededor de él.

Encubrir la realidad, culpar a otros, y creer que él no es el problema proporcionan el apoyo razonable para suponer que los padres del pastor Don lo hirieron cuando era un niño. Con el tiempo la persona aprende que este comportamiento en las relaciones no es eficaz. Los niños en familias disfuncionales que hieren a sus jóvenes aprenden este comportamiento. ¿Pudiera ser que el pastor Don lleva heridas no sanadas en su papel de liderazgo pastoral?

El daÑo que hago a aquellos que amo y sirvo es atizado por mis heridas

Mis años de ministerio me han mostrado que mis heridas no sanadas se volvieron las semillas para dañar a aquellos que amo y sirvo. Por ejemplo, mi estilo de trabajo demasiado ambicioso marginó mi relación con mi esposa e hijas y dañó a otros presentando un modelo defectuoso que seguir. Mis heridas de infancia generaron mi ambición e hicieron que yo concluyera que mi valor como persona dependió de mi desempeño. Estas heridas también han alimentado una idea disfuncional y dañina en el cuerpo de Cristo dondequiera que yo haya servido. La idea es que las relaciones no son tan importantes como la realización, las actividades religiosas y el lauro.

La muerte de mi padre y la preocupación de mi madre durante mis años de desarrollo me enseñaron que yo era invisible. Creí que mi arduo trabajo me había hecho visible. Como resultado, involuntariamente trabajé cada vez con más ahínco. A causa de mi defectuoso razonamiento, creí que cuanto más alcanzaba notoriedad, tanto más valioso era. A causa de las cosas buenas que hice en el ministerio, consideré mi visibilidad más embriagadora y atractiva que mi matrimonio. Como trabajé con tanta fuerza sirviendo a Dios (ahora sé que yo servía a mis heridas, no a Dios), era conveniente para mí concluir que los problemas en mi matrimonio pertenecieron a mi esposa. Quise que mi esposa me adorara como los miembros de la iglesia lo hacían, sólo que más. Yo la había herido, sin embargo, por mi abandono como mis padres me habían herido por su abandono. En vez de la piedad, nuestras heridas nos subyugaron. Durante años encubrimos nuestras heridas para proteger mi ministerio. Esto dañó mi ministerio y mi matrimonio.

La esposa del pastor Don, Shirley, buscó la ayuda hace tres años, no porque el aumento de Don era pequeño, sino porque sus heridas dominaban su relación y a su vez herían a sus hijos. El cansancio que Shirley sintió tratando de vivir la vida sin un marido que contribuyera significativamente en casa excedió el agotamiento espiritual que Don sintió al tratar de equilibrar la competencia entre hogar e iglesia. Las heridas de Don y sus propias heridas la impulsaron a actuar antes de que él volviera de la reunión de la fatídica junta directiva.

Las heridas desconocidas no son heridas sanadas

Cuando entramos en el ministerio, nuestro corazón está lleno del potencial de un futuro prometedor. No dañamos a otros de manera premeditada. La mayoría de nosotros ni siquiera somos conscientes de nuestras heridas o de la manera en la cual estas heridas no sanadas forman nuestra vida y ministerio. Cubrimos esta ignorancia con nuestro idealismo, nuestra errada teología, y nuestra falta de autoobservación básica. Cuando nos zambullimos en ministerio y vida, nuestras heridas no curadas cada vez más nos marcan a nosotros y a aquellos que nos rodean. Nuestra ignorancia respecto de nuestras heridas no es la felicidad, sino una plaga que desgasta nuestra vida y nuestras relaciones.

Dios entiende cuán destructivas son las heridas de la niñez. El Nuevo Testamento exhorta a los padres a nutrir e informar para proveer la salud emocional a sus hijos. Nuestro Padre celestial ordena que los padres no frustren ni exasperen a sus hijos. Jesús también entendió el carácter destructivo de las heridas de la niñez. Él declaró que los adultos que ofenden a los pequeños merecían ser echados en el mar con una roca atada a su cuello.

¿Fue herido usted de niño por abandono, abuso (verbal, físico, religioso, sexual o emocional)? ¿Sufrió usted alguna clase de pérdida por muerte, divorcio, o dependencia? ¿Le expusieron sus padres a la rígida obediencia de reglas o le requirieron cuidar de ellos? ¿Vivió usted con toxicomanía, severo castigo, dirección inconsecuente, distancia emocional, y tensión y hostilidad entre sus padres?

La muerte de mi padre me hirió de niño. Durante 41 años evité sanarme porque ingenuamente supuse que la muerte de mi padre no tenía nada que ver con el dolor recurrente y dañinos ciclos de pecado en mi vida. Cuando un consejero me ayudó a ver el modo en que la muerte de mi papá me había afectado, comencé a llorar la muerte de mi padre y a sanar la herida. Desde entonces me he hecho cada vez más libre de abrazar sin temor el amor del Padre. Sé que Él nunca morirá ni se marchará como mi padre terrenal lo hizo.

Sus heridas puede que lo hayan apretado demasiado o que hicieran que usted eludiera la responsabilidad. Usted puede, sin estar consciente, estar demasiado ansioso por complacer, ayudar, consolar, ser agradecido, servir, tener a otros como usted y que no lo rechacen, conservar la paz a toda costa, ser sostenido, o ser reconocido. Las heridas que usted todavía no ha sanado pueden causar inseguridad, perfeccionismo, y obsesión con sexo, comida, entrenamiento, o conducta religiosa. Una de las heridas más serias de los primeros años de la niñez produce una especie de preocupación por uno mismo y hace que una persona se promueva a sí misma, sobrestime sus capacidades, y llegue a obsesionarse con su propia admiración y afirmación. Esta es la herida narcisista, que cuando no es sanada lleva a pastores traumatizados a dañar sus congregaciones, construyendo el ministerio alrededor de sí mismos y de su propio interés que los consume. Estos pastores involuntariamente hieren a sus rebaños y hacen daño a sus empleados, mientras ellos construyen imperios que parecen piadosos pero que están sobrecargados con gente lastimada que sirve un ego lastimado.

Reflexione en la lista anterior. Si usted ve su nombre en cualquiera de estas evidencias de heridas de la niñez, pregunte cómo fue usted herido, no si fue herido.

No todas las heridas se infligen en la niÑez

Las heridas hieren. Desconocidas o sepultadas de manera premeditada, nuestras heridas nos afectan a nosotros y a los que están alrededor de nosotros hasta que encontremos modos de sanarlas. No tenemos que mirar más allá de Santiago 1 y su descripción del impacto de pruebas traumáticas de la vida de una persona para saber que tanto los adultos así como los hijos llevan las llagas abiertas de la herida. Cuando afrontamos las pruebas con rodeos, oración incesante pero sin fe, la inestabilidad es el resultado. Una vida puede moverse en espiral de tener todo bajo control a todo irse a pique en el espacio de una herida adulta mal manejada.

Las iglesias que servimos nos infligen heridas a nosotros como adultos. Estas heridas a veces vienen con buenas intenciones. Usted ha sentido el dolor de una herida adulta si usted ha sido despedido alguna vez, rechazado por la congregación en la iglesia, pasado por alto para una promoción, se le ha negado un aumento, o juzgado incompetente por un ministerio que usted sirvió. Usted sabe que las pruebas pasan a pastores si alguien le ha acosado sexualmente en el ministerio, si usted ha perdido a un hijo, visto su salud deteriorarse, sentido el dolor del revés financiero, conocido la picadura de la vergüenza debido al pecado a menudo repetido, o visto su iglesia morir ante sus propios ojos. O bien, usted trató con eficacia las heridas o ellas desestabilizan actualmente su vida. Nuestras heridas nos mueven hacia la madurez en Cristo o nos desintegran parte por parte.

¿De veras las heridas nos conforman y el cÓmo ministramos?

Cuanto más estudiamos la vida y las Escrituras, tanto más fácilmente concluimos que nuestras heridas nos forman de manera dramática. La Biblia nos habla de Absalón, el consentido (herido por favoritismo) hijo de David, que arrebató el reino de su padre. David le había dado tanto y lo había adorado. Absalón supuso que él podría tomar lo que era David, aun si esto perjudicado a su progenitor. El servirse a sí mismo era su única preocupación. Si sus padres lo favorecieron en exceso cuando era niño, usted ha llevado la herida a su ministerio o ha tratado apropiadamente con ella.

También podemos observar la vida y las relaciones de los alcohólicos. Éstos hieren a sus hijos, y esto da por resultado rasgos distintivos de conducta cuando estos niños llegan a ser adultos. Siempre que usted encuentre a alguien que se juzga sin misericordia, tiene dificultad para divertirse y con sus relaciones íntimas, reacciona exageradamente a cambios en los que él no tiene ningún control, busca aprobación y afirmación, se cree distinto de otras personas, es en extremo responsable y leal o muy irresponsable, usted acaba de conocer al hijo de un alcohólico.

Usted necesita esta información si es el hijo de un alcohólico. Será difícil para usted, por ejemplo, ser íntimo con su cónyuge y mantener amistades cercanas. Como usted sabe, todo pastor necesita tal intimidad y proximidad. Usted tendrá que esforzarse más y obtener cualquier clase de ayuda necesaria para unirse con profundidad emocional y compartir su vulnerabilidad con aquellos que pueden apoyarlo más, protegerlo más, y darle el mayor sentido en su vida y ministerio. Sin sanar sus heridas usted las pasará. Los padres que son adictos religiosos, viciosos del trabajo, y que luchan con comida, sexo, rabia, u otras dependencias, predeciblemente producen características similares en sus hijos.

La paradoja de las heridas del ministro o lÍder

Todo pastor que ha afrontado el púlpito o ha dirigido a voluntarios ha sido herido. Las heridas son parte de la Caída. Nuestra cultura egocéntrica, nuestra arrogancia latente, y la disfunción de la iglesia ponen a pastores sobre pedestales defectuosos y nos impulsan a encubrir nuestras heridas y a no hacer caso de ellas. El resultado es el daño a nosotros y a aquellos que están en nuestra estela. El daño varía en su manifestación.

Cuando observamos el ministerio hoy vemos eso en una paradoja. El éxito, que no es realmente buen éxito, a menudo es el resultado de heridas no sanadas en la vida del pastor. Hombres empujados por el ego (mozuelos heridos) son adorados por gran número de personas heridas. Estos hombres construyen enormes ministerios que parecen tener buen éxito, pero finalmente lastiman más de lo que ayudan cuando el pastor egocéntrico cae o se retira. ¿Puede Dios usar esta clase de ministerio? Por supuesto. ¿Pero no sería mejor tener sanadores heridos que construyen ministerios que los sobreviven porque el fundamento no es defectuoso?

La paradoja inversa también es verdad. El fracaso, que en realidad no es fracaso, a menudo es la recompensa de heridas curadas en la vida de un pastor. Cuando un líder inteligente y humilde descubre las heridas que lo perfilan, inicia la sanidad de sus heridas, y dirige con honradez y gracia, el aparente fracaso llega a ser sanidad redentora. Si el ministerio de este sanador herido disminuye despacio hasta extinguirse, los observadores aprenden lecciones y valores que les señalan hacia su Redentor y los inspiran a sanar, cambiar, y crecer. Si su ministerio prospera numéricamente, con más razón las personas aprenden las mismas lecciones y son inspiradas de igual manera.

Si usted conoce y sana sus heridas, ellas se harÁn sus amigas e inspirarÁn a su pueblo

Cuando usted atiende sus heridas usted se hará una mejor persona, cónyuge, padre, cristiano, y líder. Esto detendrá ciclos de heridas que involuntariamente hacen daño a aquellos que usted sirve y ama. Conforme usted aplica el poder transformador de honradez y gracia a su vida en la comunidad cristiana (orientación, tutoría, verdaderas amistades, grupos de recuperación, y pequeños grupos) y comparte con otros, su viaje de sanidad será inspirador.

En vez del acercamiento típico no provechoso de no hacer caso y encubrir sus heridas que promueve el estancamiento y multiplica el dolor, escoja el camino bíblico. Decida ser valeroso como la esposa de Don, Shirley, y rechace vivir en la tranquila e ineficaz desesperación. Humildemente busque ayuda. Usted puede sanar las heridas que le ligan y embotan su impacto. Usted puede convertirse en un sanador herido transformado.

Dale O. Wolery, MRE., is founder and executive director of Clergy Recovery Network, a nondenominational resource for ministry professionals in crisis located in Joplin, Montana.

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