Cuando no se debe retroceder

Los pastores de la actualidad no son la única generación de líderes espirituales que han sido incomprendidos, amenazados o atacados injustamente. La reacción de los líderes espirituales de las generaciones previas nos permite tener un precedente para basar nuestra elección, tanto para entender lo que está sucediendo cuanto para salir fortalecidos.
Por Wayde I. Goodall
Cuando concluía mi sesión sobre “El agotamiento mental en el ministerio”, un pastor se acercó a la mesa de los oradores y me informó que su superintendente de distrito insistió en que él viajara desde un lugar muy distante para oírme. El superintendente del ministro le dijo que si rehusaba hacerlo perdería sus credenciales.
Le pregunté: “¿Qué ha sucedido para que él haya hecho esta exigencia?”
“Bueno – dijo él – la semana pasada nuestra reunión de diáconos fue realmente tensa, y después de la reunión le saqué la mugre a uno de mis diáconos”.
Sorprendido, le dije: “Es posible que esa clase de cosas crucen nuestra mente, pero uno no debe hacerlas”.
Él respondió: “El año pasado hice lo mismo con otro de los diáconos”.
¿Cuál era el problema de este pastor? ¿Qué es lo que hace que los pastores lleguen al punto de una frustración semejante? Tal vez usted ha sentido el mismo impulso. Pero como pastores, estamos cortados de otra tela. Debemos responder de manera distinta a la crítica, a la presión, a la hostilidad, a la calumnia, a las falsas acusaciones, y aun a la información errónea que pudiera causarnos daño personal. Nosotros decidimos comportarnos de un modo que es único en nuestro mundo.
Con frecuencia hablo en iglesias, doy charlas a líderes y pastores, y escucho de los desafíos, presiones, y situaciones que muchos están enfrentando. No hay duda de que los conflictos y las riñas de iglesia están presentes y plenamente activos en la actualidad.
El proyecto de investigación de varios años del Púlpito y Banca en la Escuela de Divinidades de la Universidad de Duke examinó a las Asambleas de Dios y a otras cuatro denominaciones en lo concerniente a las principales razones de que los pastores abandonan el ministerio de la iglesia. Treinta y siete por ciento de los ministros de las Asambleas de Dios entrevistados expresaron que habían tenido conflictos mayores dentro de los dos últimos años que les habían persuadido a renunciar.1
Por sobre todo, pastores que dejaron la labor pastoral a causa de conflictos en la congregación:
- Formaban 27 por ciento del total.
- Sentían elevados niveles de agotamiento mental y de presión.
- Estaban menos satisfechos con la experiencia de su iglesia.
- Estaban más propensos a tener conflictos personales si eran pastores asociados.
- Experimentaron más conflictos que los pastores corrientes, pero en las mismas áreas: estilo de liderazgo pastoral, finanzas, cambios en el estilo de adoración, conflictos de personal, y cuestiones de edificación o renovación.
- No eran excepciones en esto de experimentar conflictos, puesto que 39 por ciento de todos los ex pastores informaban haber tenido graves conflictos en la iglesia.2
El tanque de pensamiento de Púlpito y Banca descubrió que durante los conflictos en la iglesia, la gente con frecuencia divulga información errónea, tiene malentendidos, y ofende a los líderes. Los pastores y miembros de iglesia a veces intercambian duras palabras, prejuicios, y exageraciones. Los pastores pueden llegar a pensar que no tienen otro recurso sino renunciar. Junto con su renuncia frecuentemente puede sentirse culpable por no haber seguido en la lucha, o cuestionarse por no haber actuado de otra manera.
Andrés, un ex pastor de las Asambleas de Dios, dijo: “Parecía como si estuviéramos luchando con la ciudad, con el distrito, y teníamos suficiente de nuestras propias luchas con diversas personas en la iglesia y con varias familias que tenían problemas. Llegó el momento en que había que hacer una decisión, y esa decisión era renunciar”.3
Debemos recordar que la carnalidad es con frecuencia causa de conflictos en la iglesia, de acusaciones, y de luchas internas. La gente dice palabras hirientes, mentirosas, necias, y aun crueles, que producen dolor interno. Con frecuencia la familia del pastor es el herido silencioso. ¿Pero cómo responde un pastor cuando la gente, dentro y fuera de la iglesia, lo ataca, y a su familia?
Consagra tu abuso a Dios
El llamado al ministerio no es un llamado a una vida fácil. Contamos el costo de ser un líder espiritual y entendemos que la persecución es una parte inseparable de la tarea.
A través de su ministerio, Jesús sufrió a manos de otros. Aquellos a los que ministró con frecuencia lo ridiculizaron y rechazaron. Jesús es nuestro ejemplo de cómo nosotros, como líderes, debemos reaccionar ante el abuso personal y los ataques injustos.
Pedro nos dice: “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:21-23).4
Del mismo modo que Jesús, necesitamos encomendarnos “al que juzga justamente”. Jesús también nos instruyó a perdonar a nuestros enemigos (Lucas 23:34), y a que oramos por la salvación de ellos (Mateo 5:44).
Warren Wiersbe, en su libro Pause for Power (Pausa para poder), dice: “Como cristianos, podemos vivir en uno de tres niveles. Podemos devolver mal por bien, que es el nivel satánico. Podemos devolver bien por bien y mal por mal, que es el nivel humano. O podemos devolver bien por mal, que es el nivel divino. Jesús fue el ejemplo perfecto de este último caso”.5
Cuando otros nos hieren, podemos mostrar enojo, pero en nuestro enojo no debemos pecar, y no debemos permitir que los chismes, la calumnia o la gente problemática nos consuman.
El enojo es una reacción natural cuando vemos injusticia. Jesús expresó enojo hacia los fariseos cuando ellos se oponían a la sanidad de una persona en sábado, o cuando los fariseos ponían en la calle a las viudas porque ellas no podían pagar su renta. Él se enojó cuando los líderes religiosos trataron injustamente a los menos afortunados, y con los discípulos cuando querían apartar de Él a los niños. Se disgustó con la naturaleza maligna del diablo cuando pensó en la destrucción que causa Satanás, y por las aflicciones que el pecado trae a la gente. Se indignó con los cambiadores de monedas a causa de la desvergonzada avaricia en el Templo – la casa de oración.
Pero cuando otros se comportaron mal con Él, reaccionó de manera distinta. Pudo haber retrocedido y haberse defendido (vea Mateo 26:53). Cuando la gente lo acusó falsamente, lo sentenciaron sin prueba, lo sometieron a abusos, lo humillaron y lo mataron, ¿cuál fue su reacción? “Padre, perdónalos” (Lucas 23:34).
Ora por vindicaciÓn
Dios nos enseña a enfrentar el conflicto en la iglesia (Mateo 18). Pero hay ocasiones en que un pastor no puede o no debe responder a las acusaciones presentadas en su contra. ¿Qué debe hacer él en estas circunstancias? ¿Cómo ora él cuando está pasando a través de una pesadilla de mentiras, exageraciones, confusión, ocultas agendas, y amenazas – cuando es ofendido?
Los pastores deben entender que no están solos. Las Escrituras los proveen muchos ejemplos de cómo lidiar en las batallas emocionales o físicas. Nehemías, David, y Jeremías consagraron ese maltrato a Dios y confiaron en que Él los libraría, los vengaría, establecería juicio – o perdonaría, cuando (y si) los culpables se arrepentían.
Los eruditos designan a los salmos 35, 109 y 137 como imprecatorios. Éstos registran los trasparentes sentimientos y pensamientos de David cuando la gente estaba calumniándolo, acusándolo, mintiendo, y tratándolo en forma injusta. Estos salmos también nos dan un ejemplo de la manera en que debemos orar cuando estamos siendo atacados injustamente.
David oró: “Sean avergonzados y confundidos los que buscan mi vida; sean vueltos atrás y avergonzados los que mi mal intentan. Sean como el tamo delante del viento, y el ángel de Jehová los acose” (Salmo 35:4,5).
Cuando enfrentaba la oposición, Nehemías oró: “Acuérdate, Dios mío, de Tobías y de Sanbalat, conforme a estas cosas que hicieron; también acuérdate de Noadías profetisa, y de los otros profetas que procuraban infundirme miedo” (Nehemías 6:14).
Jeremías oró: “Tú lo sabes, oh Jehová; acuérdate de mí, y visítame, y véngame de mis enemigos. No me reproches en la prolongación de tu enojo; sabes que por amor de ti sufro afrenta” (Jeremías 15:15).
Pablo dijo: “!Ojalá se mutilasen los que os perturban! (Gálatas 5:12).
Aun los mártires de la fe, “que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían (y) clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?” (Apocalipsis 6:9,10).
El rey David dijo: “Tú, Jehová, Señor mío, favoréceme por amor de tu nombre; líbrame, porque tu misericordia es buena” (Salmo 109:21).
¿Cuál es el principio tras nuestra oración imprecatoria? Cuando oramos, estamos confiando en que Dios traerá el juicio apropiado sobre nuestros enemigos, que peleará nuestras batallas, y que derrotará a los malvados.
Nuestros enemigos no son las personas. “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12). Como líderes, debemos llegar a un punto en nuestro desarrollo espiritual en el que podamos entregar a Dios a los que nos ofenden, y dejar que Él trate con ellos en su tiempo y a su manera. Si no aprendemos esta lección, la amargura, el resentimiento, y la parálisis espiritual pueden venir a nosotros.
Podemos orar de tres maneras. Primero, podemos orar que Dios nos libre de injusticia, daño, calumnia, opresión, y de aquellos que desean destruir nuestra reputación. Segundo, podemos orar también por la protección de Dios de gente engañosa, de malas intenciones, y que están divulgando malas ideas u opiniones respecto de nosotros. Le pedimos a Dios que nos proteja: “Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová” (Isaías 54:17).
Tercero, podemos pedir a Dios que traiga justicia y juicio (penalidades) sobre aquellos que injustamente nos están dañando. “Dales conforme a su obra, y conforme a la perversidad de sus hechos; dales su merecido conforme a la obra de sus manos” (Salmo 28:4).
F.B. Meyer dijo: “Cometemos un error siempre cuando tratamos de aclarar las cosas por nosotros mismos. Debiéramos ser más sabios e ir directamente, y con humildad hacer lo siguiente, dejando que sea Dios el que nos vindique. “(Él) exhibirá tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía”. Vendrán horas en nuestra vida en que seremos incomprendidos, calumniados, falsamente acusados. En momentos como esos es muy difícil no actuar según lo hacen los hombres alrededor nuestro en el mundo. Ellos apelan de inmediato a la ley, a la fuerza, y a la opinión pública. Pero el creyente lleva su caso a una corte más alta, y lo deja ante su Dios”.6
Como líderes cristianos entendemos que solo Dios, o el gobierno humano, tiene a su cargo la retribución. Si Dios no castiga a los que quebrantan las normas, divulgan falsa información y dañan a los justos, entonces el resultado será el caos. Él dice: “Mía es la venganza y la retribución; a su tiempo su pie resbalará, porque el día de su aflicción está cercano, y lo que les está preparado se apresura” (Deuteronomio 32:35).
Pedro nos instruye a que nos sometamos “por causa del Señor … a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores, como por él enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien” (1 Pedro 2:13,14).
No tomamos la venganza en nuestras manos; oramos por la situación, por la persona, por la incidencia, y luego lo entregamos a Dios. El autor de los Proverbios escribe: “No digas: Yo me vengaré; espera a Jehová, y él te salvará” (Proverbios 20:22).
También debemos entender que Dios es imparcial, compasivo, y misericordioso, más allá de lo que podemos comprender, y justo (siempre hace lo recto). Él conoce el corazón de cada persona, aun el corazón de aquellos que nos han ofendido y que lo han agraviado a Él con su mal proceder. Aun cuando ellos no le pidan perdón, Dios es misericordioso hasta con aquellos que no muestran misericordia.
Debemos orar de acuerdo con la voluntad del Espíritu Santo y no conforme a nuestra propia voluntad. El Espíritu Santo sabe todas las cosas, juzga rectamente, y vindicará. Deseamos exaltar la piedad y pavimentar una senda de justicia. Siempre querremos favorecer el avance del reino de Dios (no el de Satanás).
Ora por salvaciÓn
Aun cuando deseemos vindicación y el juicio de Dios sobre aquellos que nos han causado daño, hay otro aspecto de nuestras oraciones. Deseamos sinceramente que todos vengan a Jesucristo, aun aquellos que nos ofenden (2 Pedro 3:9). Para aquellos que conocen a Cristo, pero que han perjudicando nuestra vida, debiéramos orar que Dios les revele que han procedido indebidamente y que se arrepientan y pidan perdón.
ConclusiÓn
¿Qué hace usted, entonces, cuando la vindicación no viene de inmediato?
Muy a menudo la gente describe a Jonathan Edwards como el más grande de los pastores de Estados Unidos. Los pastores citan de su sermón, “Pecadores en las manos de un Dios ofendido”. Lo que no se menciona con frecuencia es el hecho de que su iglesia votó en su contra cuando él tenía 47 años.
Su iglesia comenzó a declinar en asistencia. Muchos creyeron que la razón de que la iglesia no estaba creciendo era que él hubía aplicado medidas disciplinarias (morales) en la iglesia. Edwards insistía en que los que deseaban unirse a la iglesia de Northhampton debían confesar ser cristianos. El pastor anterior a él sólo requería que la gente conociera la doctrina de la salvación antes de ser admitidos como miembros.
Las familias prominentes de la iglesia querían despedir a Edwards y comenzaron a desacreditarlo ante la iglesia y ante la ciudad. Los miembros votaron, y fue despedido.
Un testigo ocular informó más tarde (acerca de Edwards): “Ese fiel pastor recibió el golpe sin ser quebrantado… Apareció como un hombre de Dios, cuya felicidad estaba fuera del alcance de sus enemigos y cuyo tesoro no era sólo un bien futuro, sino presente, equilibrando todos los males imaginables de la vida, aun para asombro de muchos que no podían estar tranquilos si él no era despedido”.
En el sermón de despedida de Edwards, él dijo: “El día 15 del pasado mes de febrero se cumplieron 23 años de estar laborando en el ministerio en la relación de pastor de esta iglesia. Ustedes son mis testigos que la fuerza que he tenido no la he malgastado en el ocio, ni en la prosecución de esquemas mundanos, y en el manejo de asuntos temporales para el avance de mi condición económica y para favorecer a mi familia, sino que me he dado a la tarea del ministerio, laborando en él noche y día, levantándome temprano, y aplicándome a este gran negocio al cual me ha asignado Cristo el Señor… Quiera Dios bendecirles con un pastor fiel, uno que esté bien equilibrado con su mente y voluntad, que advierta apropiadamente a los pecadores, que escudriñe sabiamente y diestramente a los que profesan ser cristianos, y que les conduzca a ustedes en el camino de la vida eterna”.7
Uno de los que habían fomentado la división fue más tarde donde Edwards y se disculpó por su proceder. Edwards le contestó con amabilidad y le indicó además que no estaba dispuesto a tratar el asunto, porque para él era un caso cerrado.
No somos la única generación de líderes espirituales que han sido incomprendidos, amenazados o atacados injustamente. La reacción de los líderes espirituales de las generaciones previas nos permite tener un precedente para basar nuestra elección, tanto para entender lo que está sucediendo cuanto para salir fortalecidos.
En vez de contraatacar, el Nuevo Testamento nos instruye a que oremos por la vindicación de la justicia: “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?” (Lucas 18:7).
Aun cuando el sufrimiento es doloroso, también entendemos que la justicia, la benignidad y el reino eterno de Dios no serán establecidos conforme al propósito de Dios hasta que el mal sea conquistado y Satanás y sus seguidores sean eliminados para siempre (Apocalipsis 19-21).
Sí, usted podría retroceder. Podría sentirse bien por unos momentos, pero nuestro Salvador sabe más, su entendimiento es más profundo, y es siempre recto, justo, y misericordioso. Él también está preparado para protegerlo en el momento preciso, y lo vindicará y restaurará. O… confiará en que usted tomará una senda superior y verá su vindicación en la eternidad. Usted tiene una nube de testigos que le observan.
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WAYDE I. GOODALL, D.Min., de Colorado Springs, Colorado, es un misionero que sirve bajo la oficina del director ejecutivo de Misiones Mundiales de las Asambleas de Dios. |
Notas
- Dean R. Hoge y Jacqueline E. Wenger, Pastores en transición (Grand Rapids: Eerdmans, 2005), 79.
- Ibid. 97.
- Pastores en transición, 115.
- Las citas de las Escrituras se han tomado de la Versión Reina-Valera 1960.
- Warren W. Wiersbe, Pause for Power (Pausa para poder). (Colorado Springs, Colo., Chariot Victor Publishing, 1998), 376.
- Hallado en yadbyad.messengers-of-messiah.org/condemning/condemn.htm.
- Hallado en Jonathan Edwards, por Conrad Mbewe, prueba escrita de investigación hecha en Kabwata Baptist Church.

