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El alto precio de no perdonar

Por George O. Wood

“Y cuando estén orando, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que también su Padre que está en el cielo les perdone a ustedes sus pecados” (Marcos 11:25).

La vida está llena de heridas, pero Jesús está lleno de la cura para estas heridas.

Los ministros, su esposa, y su familia no están exentos de ser heridos. ¿Como vienen estas heridas y dolencias?

Identificando las fuentes de nuestras heridas

¿Quién te hirió? ¿Uno de tus padres, un pariente, tu esposa, tu hijo, tu amigo, tu ministro, un miembro del consejo, o uno de los hermanos que se congrega? Cuanto más cercana sea la relación, tanto más profunda será la herida.

La esposa de Leo Tolstoi, el gran escritor ruso, dijo acerca de su esposo: “Sus biógrafos hablarán de cómo el ayudó a los obreros a cargar cubetas de agua, pero nadie sabrá que él nunca dejó descansar a su esposa y que nunca –en estos 32 años– le dio a su hijo un vaso de agua, ni pasó cinco minutos junto a mi cama para darme la oportunidad de descansar un poco de mis labores.”

Los ministros no son inmunes a ser heridos por otros. Y algunas esposas, aun esposas de ministro de las Asambleas de Dios, pueden identificarse con los comentarios de la Sra. Tolstoi.

Los pastores pueden herirse a sí mismos también.

Hace varios años me paré junto al borde del Gran Cañón. Estaba a unos dos o tres pies de una isleta de piedra que se levantaba desde el suelo del cañón. Su superficie plana estaba a nivel del terreno donde estaba parado. A través del tiempo los visitantes han lanzado monedas hacia la isleta. De repente, un niño de 6 años corrió desde el público, saltó a la isleta de piedra, y comenzó a recoger las monedas. Yo, junto a las demás personas, miraba paralizado, con temor por la seguridad del niño. Su madre gritaba, “Johnny, vuelve aquí”. El niño, con sus bolsillos llenos de monedas y sin vacilación, volvió a saltar hacia nuestro lado.

Más tarde pensé: ¿y si el niño hubiera fallado en su salto de regreso? ¿Habría podido su madre perdonarse por su reacción instintiva y por no esperar la llegada de ayuda experta que sacara a su hijo de ese lugar de peligro?

El perdonar a otros puede ser más fácil que perdonarnos a nosotros mismos.

A principios del ministerio de David Wilkerson un amigo del pastor manejaba su carro en reversa y arrolló a su bebé. David Wilkerson luchaba con cómo pudo Dios permitir que esto le pasara a su amigo, y su desesperación casi lo arrastra fuera del ministerio y de un servicio efectivo a Cristo.

El precio de no perdonar

Casi nunca discutimos el alto precio de no perdonar, pero consideremos las consecuencias de albergar rencores:

Cuando no perdonamos, culpamos fácilmente a otra persona por nuestra condición. Cuando lo hacemos, nos olvidamos de nuestra responsabilidad de atemperar nuestras respuestas.

Basilea Schlink, fundadora de la comunidad carismática Luterana de la Hermandad Evangélica de María en Darmstadt, Alemania, narra la historia de Plumb Orchard en su libro, Realities (Realidades).

La Hermandad necesitaba la propiedad que estaba junto a su comunidad para expandir su ministerio, pero la dueña rehusó venderla. La hermana que trató de negociar nunca pudo pasar de la puerta de esta señora.

Un día, el sobrino de la dueña se encontró con la hermana en la puerta y la dejó pasar. En la habitación de la dueña la hermana entendió por qué estaban teniendo problemas en comprar la propiedad. La habitación estaba llena de muebles heredados —suficientes como para llenar una casa— y la mayoría de ellos estaban destartalados. Una habitación tenía 13 colchones apilados unos sobres otros —se necesitaba una escalera para llegar a la cima.

Conforme las hermanas comenzaron a orar, el Señor empezó a trabajar con ellas, dejando que Él juzgue su vida en relación con lo que veían en la vida de los demás. Ellas no tenían ninguna finca que administrar, pero si tenían apegos secretos —una postal con una linda foto, alguna necesidad personal, una pequeña cruz de madera. “Oh, espero que nunca llegue el día en que Dios me pregunte acerca de esto”, dijo cada una.

Pero el Espíritu las llevó a tener una semana de rendición y entrega. Cada una iba a dejar su apego secreto. Después de esa semana fueron a visitar a la señora. Ella había cambiado su corazón.

Basilea Schlink dijo que esa experiencia les enseñó el poder del perdón compasivo, y que las personas no pueden progresar cuando culpan a otro. Las personas deben lidiar primeramente con sus propias actitudes.

Desde el Jardín del Edén, la culpa es el medio que usan las personas para evadir el enfrentar sus responsabilidades. La culpa encuentra el fallo, el perdón encuentra la cura.

La culpa te hace una víctima; el perdón te hace un vencedor. La falta o carencia de perdón puede causar otros problemas desde enfermedades (Santiago 5:16) hasta retención de nuestros pecados (Marcos 11:25).

En su autobiografía, Something More (Algo más), Catherine Marshall narra la historia de su hijastra, Linda. Catherine se casó con el padre enviudado de Linda cuando ésta tenía 12 años.

En el comienzo de la adolescencia de Linda, su comportamiento y sus calificaciones escolares cambiaron bruscamente. Luego de dejar la escuela secundaria, Linda se unió a la generación rebelde de los años 1960. Catherine no tuvo buen éxito en sus intentos de establecer una cálida relación.

Un día Catherine leyó las palabras de Jesús en la Biblia, acerca de tener algo o cualquier cosa contra otra persona. Ella aprendió que si uno no perdona esas cosas, Dios tampoco perdonara las faltas propias (Marcos 11:25). Ella llenó tres páginas de su diario con cosas específicas que tenía contra Linda y perdonó cada una de ellas.

En cosa de semanas, la actitud de Linda hacia su madrastra empezó a cambiar dramáticamente. Catherine aprendió una poderosa lección de Jesús: no debemos retener males.

En la Cruz Jesús no apretó sus manos y gritó “me las cobraré contigo por esto”. En vez de eso, Él abrió sus manos, y dijo: “Padre, perdona”.

Un sobreviviente de los campos de concentración, dijo: “Mi corazón está tan resentido y amargo que si me abrieras y lamieras mi corazón morirías envenenado”. ¿Cómo se ve tu corazón?

Alguien dijo que vengarse de otra persona por el mal que ésta ha hecho es como lanzar un cactus. Cuando el cactus golpee a la persona, la lastimará; pero en el proceso lastimarás también tus propias manos.

Como perdonar

El no perdonar tiene un alto precio, pero, ¿cómo puede uno proceder al perdonar? Permítanme sugerir seis pasos.

Primero, reevaluar

Hace varios años veía una película motivacional que presentaba un experimento científico hecho a un lucio, un pez carnívoro de agua fría hallado en el norte central de los Estados Unidos.

El científico colocó el pez en un tanque de vidrio lleno de agua, y no le dió de comer. Luego, puso un cilindro de vidrio con carpas —la comida favorita de los lucios— en el centro del tanque. El lucio no detectó el vidrio que lo separaba de su cena. El pez retrocedió y se preparó para atacar. ¡pau! ¡pau! ¡pau!

Luego de varios intentos fallidos, finalmente se detuvo. El científico procedió a remover el cilindro de vidrio. Las carpas nadaban por todo el tanque, aun hasta la nariz del lucio. El lucio ni se inmutó. Se mantuvo tranquilo y retirado, y murió. El lucio murió porque no reevaluó la situación cambiante.

Lo mismo puede pasar con pastores. Son heridos y encuentran muy difícil volver a confiar, lo cual es comprensible.

La reevaluación, sin embargo, debe estar presente en el transcurso de la vida. Si el apóstol Pablo no hubiera reevaluado a Juan Marcos, no tendríamos el segundo Evangelio.

Segundo, arrepentimiento

El gran predicador Clarence Macartney refirió esta historia acerca de Leonardo da Vinci. La historia en sí misma puede no ser verídica, pero si ilustra y da a entender un punto.

Antes mismo de Da Vinci comenzar a trabajar en su famoso fresco, La ultima cena, peleó violentamente con un colega pintor. Da Vinci estaba tan furioso y enojado que cuando pintó a Judas, modeló la cara de Judas conforme a la cara de su enemigo. Da Vinci se vengaría con las miradas infames y de desprecio de las futuras generaciones. La cara de Judas fue una de las que terminó primero y todos la reconocían como la cara del pintor con quien da Vinci había peleado.

La última cara que Da Vinci tenía que pintar era la de Cristo; sin embargo, no progresó. Algo lo confundía, lo retenía, y frustraba sus mejores esfuerzos.

Él concluyó que lo que lo obstaculizaba era el hecho de haber utilizado la cara de su enemigo cuando estaba pintando a Judas. Tomó su pincel y le dio a Judas una nueva cara. Con facilidad, pudo terminar la cara de Cristo.

Un pastor no puede pintar los rasgos y características de Cristo en su propia vida mientras pinta la cara de otro con los colores del odio y la enemistad.

Arrepentimiento significa cambiar nuestra mente. Algunos llaman al arrepentimiento la primera palabra del evangelio porque fue el mensaje de Juan el Bautista (Mateo 3:2), de Jesús (Mateo 4:17), de los apóstoles (Marcos 6:12), de Jesús luego de su resurrección (Lucas 24:47), de Pedro (Hechos 2:38), y de Pablo (Hechos 26:20).

El arrepentimiento es unilateral. Entonces, no hay que esperar a otra persona que se arrepienta primero.

Aun más, el arrepentimiento no tiene que ver con los sentimientos de uno. Envuelve un cambio de mente que trae un comportamiento diferente. En el Sermón del Monte Jesús describe cómo debemos tratar a nuestros enemigos: debemos bendecirlos, ir la milla extra, dar la otra mejilla, orar por ellos, y perdonarlos. Ninguna de estas acciones requiere que nuestros enemigos hagan algo. Todo se dirige a nuestro comportamiento.

Si un pastor espera a tener los sentimientos adecuados, puede que nunca perdone. El Señor nos llama a arrepentirnos si tenemos cualquier actitud que no sea la de Él.

Tercero, redimir

Goldie Bristol escribió un libro titulado, “These Tears Are for Diane” (Estas lagrimas son por Diane). Un hombre violó y mató a la hija de ella de 21 años.

La policía encontró al delincuente, y un juez lo sentenció a una condena de doble vida.

Cinco años después, Goldie y su esposo Bob concluyeron, diciendo: “No hay otro propósito por el cual este hombre haya venido a nuestra vida que no sea que él sea salvo.”

Ellos le escribieron una carta —no justificando el crimen— sino considerando su preocupación y la de Dios por él. Luego de dos cartas más, ellos recibieron una respuesta. El hombre decía que él no se había dado cuenta de que había personas en el mundo que ponían su preocupación por encima de sus propias heridas.

“¿Qué bien sale del odio?”, se preguntó Goldie. El odio no podía traer a su hija de vuelta; el odio sólo podía esparcir el veneno del enojo en su propia vida, y no tendría ningún efecto en el asesino de su hija.

Goldie escribió: “El diccionario asocia la malicia con la malignidad —carcome, consume, y finalmente destruye. Si dejo que controle mi vida, no seré una persona libre. La herramienta que use para vengarme será la misma que me encadenará. Solo Dios puede manejar este tipo de traición en nuestra vida y liberarnos de la trampa. Así que la decisión es mía. O escojo cargar con el enojo y resentimiento a mi alrededor, y explotar bajo la carga, o dejarlo a mi Padre celestial quien puede llevar el peso.”

La perspectiva de Goldie no es nueva. Esteban sabía el poder del perdón redentor cuando “cayó de rodillas y gritó: —¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado!” (Hechos 7:60).

En última instancia, la oración de Esteban resultó en la conversión de Saulo.

Cuarto, repetir

Jesús nos dijo que perdonáramos 70 veces siete (Mateo 18:22). Mi madre me enseñó esto cuando era niño. Me dijo que cuando otro niño me molestara, yo tenía que volverle la otra mejilla.

Un pequeño bravucón llegó a ser mi enemigo. Él me golpeaba y me insultaba continuamente, y siempre procuraba armar una pelea. Un día, mi madre se dio cuenta de que yo estaba poniendo marcas en un pedazo de papel. Respondiendo a su pregunta, le dije que cada vez que Billy me molestaba, yo añadía una marca. Cuando llegué a 491, Jesús me había dado permiso de golpearlo.

Mi madre debió haber estado orando más fervientemente, porque pocos días después Billy anunció que sus padres se mudaban. Mi cuenta estaba cerca de 250.

Tenía una visión infantil de las palabras de Jesús. No me di cuenta que 70 veces siete era la forma de Jesús describir el perdón ilimitado.

Si el Señor nos dijo que nos perdonáramos 70 veces siete, sabemos que Él hace lo mismo y mucho más.

Jesús dijo que puede ser que los cristianos necesiten perdonar a alguien repetidas veces. Esto no significa que nos volvamos personas sumisas y subordinadas y permitamos que alguien abuse de nosotros. El perdón no le da permiso a nadie para seguir hiriéndose. La distancia espacial puede ser un requisito, pero nuestros corazones pueden mantenerse sensibles. Cuando perdonamos, puede que no olvidemos el pasado. Pero si lo recordamos continuamente, no es beneficioso.

Quinto, recuerda —la gracia paga el precio

Si visito tu casa, y rompo algo de valor, y me perdonas, me liberas de la obligación de pagar el precio de reposición. (No obstante, si soy una persona decente, me ofrecería a pagar).

Cuando un pastor perdona, él toma la cuenta. Eso fue lo que hizo Cristo por nosotros en la Cruz. Él pagó nuestra deuda —una deuda que Él no debía.

Una persona perdonadora es más fuerte que la persona que hizo lo impropio, porque se requiere más para perdonar que para ofender.

Fundamentalistas criticaron frecuentemente a Billy Graham porque él se juntaba con cristianos que no se adherían a cada elemento importante de su doctrina. Él recitó este poema como respuesta.

El hizo un círculo que me descartaba
rebelde, hereje, desobediente,
pero el amor y yo teníamos el ingenio de ganar,
hicimos un círculo que lo incluyó.

Para unirnos a la obra de reconciliación de Cristo debemos ser personas de gracia.

Sexto, acudir a Dios en busca de ayuda

Perdonar no es fácil.

Consideremos la historia de David y Absalón in 2 Samuel 13-18. El hermano de Absalón, Amnón, violó la hermana de Absalón, Tamar. Luego Absalón mató a Amnón y huyó. Luego de tres años, David trajo a su hijo de vuelta a Jerusalén, pero por dos años rehusó verlo.

David cometió el error de no perdonar completamente.

Contrastemos a David con el padre del hijo pródigo (Lucas 15:11-32). Ese padre corrió hacia su hijo, lo abrazó, lo besó, lo vistió, sacrificó el becerro gordo, lo disfrutó, y lo defendió.

¿Cuál ejemplo seguirías con la persona que te ha hecho un mal?

A veces, un pastor, desde un punto de vista humano, puede creer que es imposible perdonar. Sin importar cuánto sepa que bueno y bíblico perdonar, no puede hacerlo. La herida es muy profunda, todavía está inflamada.

Este ejemplo puede ayudar. Corrie ten Boom termina The Hiding Place (El escondite) con la historia de ella hablando en una iglesia en Munich luego de la Segunda Guerra Mundial. Un alemán nazi que había vigilado la puerta de la cámara de gas en el centro de procesamiento del Campo de Concentración de Ravensbruck estaba en el servicio. Cuando ten Boom vio al sujeto, de repente se acordó de la habitación llena de hombres burladores, de los montones de ropa, y de la cara (blanca del dolor) de su hermana Betsie. El alemán se dirigió hacia Ten Boom mientras la iglesia iba quedando vacía, brillante, y reverente. “Jovencita”, dijo, “pensar que, como usted dice, Él ha lavado mis pecados”.

Extendió su mano para saludarla; pero Ten Boom, que había hablado a otros sobre la necesidad de perdonar, mantuvo baja la mano. Mientras peleaba con su enojo, oró diciendo: Señor perdóname y ayúdame a perdonarlo. Ella trató de sonreír y luchó por levantar su mano, pero no pudo. Nuevamente oró, Jesús, yo no puedo perdonarlo, dame tu perdón. Ella escribió: “Mientras tomaba su mano, pasó lo más increíble. Desde mi hombro, hacia mi brazo, hasta mi mano pareció haber pasado una corriente de mí hacia él, mientras que en mi corazón fluyó un amor por este extraño que casi me abruma.

“Y entonces descubrí que no es en nuestro perdón y menos en nuestra bondad que está la cura para el mundo, sino en Él. Cuando Él nos dice que amemos a nuestros enemigos. Él nos da, junto con el mandamiento, el poder.”

Para pensar

Piense nuevamente en la persona o personas que lo hieren. ¿Quiénes son? ¿Perdonará usted, o no?

Lleve a su corazón el consejo del apóstol Pablo: “Sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.” (Efesios 4:32).

George O. Wood, D.Th.P., superintendente general del Concilio General de las Asambleas de Dios en Springfield, Missouri.

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