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Ministrando a la generación perdida

Por Carol Howard Merritt

En mi alcoba tengo una alfombra Gabbeth, tejida con colores café y verde intenso. Esta no es la típica y elegante alfombra persa, pues tiene bordes gruesos y ásperos, de lana cortada y con líneas torcidas. Está hecha con tintes vegetales y cada línea cambia de colores, dejando ver una maravillosa riqueza de tierra. En una región conocida por sus finas y muy elaboradas alfombras, las de esta clase están entre las menos cotizadas, porque están hechas y transportadas por las tribus nómades que las llevan sobre sus animales hasta que se establecen en un lugar de morada temporal. Allí ellos las extienden sobre el suelo para que su familia pueda reunirse en ese espacio de 1,20 mts. por 1,80 mts.

Mientras nos preparábamos para poner en venta nuestra casa antes de trasladarnos desde Rhode Island a Washington D.C., me di cuenta que necesitaba una alfombra para cubrir el brillante piso de madera que mi esposo y yo habíamos recién instalado. También pensé que sería agradable tener un poco de espacio familiar sobre el cual desempacar después de llegar a un lugar extraño. De este modo, mientras me alistaba para efectuar un séptimo traslado en el plazo de 16 años, compré la alfombra y la puse en el maletero de mi auto. Necesitaba un espacio familiar que pudiera llevar conmigo, algo que fuese sólido, cálido, y que no se estropeara demasiado pronto.

No viajo con una caravana de familia extendida y amigos, pero como muchos de mi generación de treinta y tantos, me muevo a menudo con mi esposo e hija. Estos viajes me llevan bastante lejos de mi familia de origen.

Cuando desempaqué mis cajas en Arlington, Virginia, extendí mi alfombra en mi dormitorio. Mi hija y yo nos sentamos sobre ella para escuchar algunas grabaciones en cinta magnética y admirábamos las formas de diamante en colores café y verde. La suave picazón cosquilleó mis manos, conectándome con mi historia en Rhode Island, como también con sus propios años de tradición estrechamente tejidos en sus hilos.

Las tribus urbanas

La alfombra me hace recordar que en cada lugar en el cual me encuentro, prontamente trato de establecer una pequeña área en la cual pueda juntarme con amigos y reunir una familia improvisada. Evidentemente, aun cuando en ocasiones me siento muy sola, no estoy sola. Ethan Walters escribió un artículo acerca de reunir a sus amigos jóvenes solteros cada martes por la noche en un determinado restaurante y los denominó una tribu urbana. A causa de la reacción que produjo esta pequeña idea en el correo, él entendió lo difundida que estaba esta tendencia sociológica, de modo que escribió un libro sobre esta materia.

La expresión tribu urbana también me ha impactado a mí, aun cuando soy casada y tengo una hija. Lejos de mi familia de origen, anhelo sentirme en una comunidad. En mi calidad de pastora, veo que la mejor tarea de nuestra iglesia surge cuando estos grupos comienzan a formarse: pequeños y atractivos, en que cada uno puede depender de los demás para amistades interesantes, para cultivar amistades, y para fiestas significativas.

La formaciÓn de iglesias tribales

Cuando comencé como una pastora de 27 años en una pequeña iglesia rural, la ministración a adultos jóvenes parecía como una tarea imposible, especialmente cuando leía las noticias en los diarios, y ante la filosofía y las tendencia en aumento en la iglesia. Los diarios y las revistas con frecuencia presentaban a los adultos jóvenes como codiciosos indisciplinados, siempre viviendo a costa de sus padres y sin asumir desempeños de responsabilidad en la sociedad.

Con frecuencia yo no reconocía a la gente que nuestra cultura popular describía. Sin importar cuál era la causa que unía a las madres, cuantos padres voluntarios la apoyaban, o cuál era la tendencia que unía a los veinteañeros, ellos eran inevitablemente comparados de manera despreciativa con los Baby Boomers, los movimientos por los derechos civiles de los años sesenta, y eran eternamente empequeñecidos en esa figura sombría de los Boomer. ¿Cómo podía la iglesia entender a los jóvenes adultos si es que continuamente los miraba a través de los anteojos de color de los adultos mayores?

Entonces me puse a leer material sobre crecimiento de la iglesia, el cual categorizaba a las generaciones jóvenes de manera sensata. Me gocé estudiando libros como Soul Tsunami (El tsunami del alma), pero cuando traté de poner en práctica algunas ideas en mi congregación compuesta mayoritariamente por gente mayor (como las instrucciones para “ser global”), me di cuenta del gran abismo entre lo que éramos como iglesia y dónde necesitábamos estar para poner en práctica las ideas sugeridas. Comencé afanosamente a buscar maneras de hallar solución al problema, como si tuviese que reinventar dos mil años de sólidas tradiciones y de prácticas para alcanzar a mi generación.

La visita a cultos de adoración contemporáneos dedicados particularmente para jóvenes adultos me hizo sentir irritada y vacía. Yo era parte de un grande y creciente segmento de adultos jóvenes espirituales que no querían tener nada que ver con la adoración contemporánea. Tan pronto como veía esa pantalla blanca descender desde el cielo raso, sabía que tendría un momento difícil soportando los próximos 25 minutos. Alguien estaba tratando firmemente de estar en la onda. Como los intentos de mi profesor de inglés en el liceo para estar a la moda y estar en la onda, me parecía que estaban equivocados.

Yo estaba siendo injusta. En verdad, pienso que estaba celosa. Obviamente, había un lugar en nuestra sociedad para la adoración muy formal, pero yo era como la mayoría de los pastores. Jamás podría estar en la onda, aun cuando lo intentara. Podía comprar un par de jeans de marca y usarlos en el culto del domingo por la mañana y usar conprofusión la palabra “terrible”, pero todavía era perfectamente formal.

Mi iglesia rural también se hallaba lejos de estar en la onda. Era pequeña, antigua, y llena de gente con más de sesenta años, y era el lugar perfecto para ocuparse eficazmente de jóvenes adultos. Del mismo modo que esas tribus nómadas, nuestra iglesia necesitaba una alfombra – un lugar cómodo para los jóvenes adultos, un lugar en el cual los años de tradición formaran algo bello. Y ellos vinieron, y comenzaron a reunirse. Con el tiempo, llegamos a tejer un rico tapiz de gente diversa, intergeneracional.

No descubrimos la fórmula para una desbordante megaiglesia de Generación X en solo 3 años; en cambio, revertimos la tendencia de miembros perdidos, conservamos los miembros originales, y tuvimos un porcentaje de crecimiento de 10 por ciento, compuesto de personas de varias edades.

Nuestra congregación llegó a ser un lugar de reunión intergeneracional, un lugar de apoyo a las tribus que la forman, y yo comencé a comprender que nuestra iglesia tiene gran potencial para alcanzar a los jóvenes adultos. Cuando me trasladé a Rhode Island, noté que ocurrió la misma cosa en ese pueblo costero de Barrington, en Nueva Inglaterra. Entonces me uní al personal de una iglesia urbana en Washington, D.C., donde el flujo de miembros jóvenes parecía crecer cada semana.

Conexiones entretejidas

Aun cuando acudían adultos jóvenes, me dí cuenta que era muy fácil para ellos no hacerlo. Ya no es importante para alguien que está en la edad de veinte o treinta años el asistir a la iglesia. La afiliación denominacional tiene muy poco poder en nuestra política o en nuestros lugares de trabajo. Las expectativas de la sociedad de asistir a la adoración ha desaparecido. Las leyes azules se han desvanecido hace mucho tiempo, y ahora los niños tienen deportes en abundancia y oportunidades para salir de paseo durante esas horas sagradas.

Cuando una persona joven entra a una iglesia, es un momento importantísimo, porque nadie esperaba que fuera y no tiene presión alguna para asistir. En cambio, entra a la iglesia buscando algo. Busca la conexión para su desplazamiento: conexión con Dios por medio de prácticas espirituales, conexión con sus vecinos a través de una comunidad intergeneracional, y conexión con el mundo por medio de un alcance de justicia social.

La iglesia ha estado haciendo estas conexiones vitales durante miles de años, y podemos responder fácilmente a los jóvenes y agotados viajeros en nuestro medio, haciéndoles saber que pueden encontrar un hogar espiritual dentro de nuestras comunidades de adoración y que proveeremos un espacio de apoyo para ellos, de tal modo que puedan formar su propia tribu.

Nuestras iglesias pueden tejer una fuente de conexión. He visto reunirse a tribus en una diversidad de ambientes: en el colegio de un pueblo, en una comunidad rural, en una comunidad de Nueva Inglaterra, y en un ambiente urbano. Procurar que se desarrollen las relaciones y los grupos en una iglesia, crear y mantener espacio para ellos, es una parte vital de lo que yo hago como pastora.

Como en una visión de lo que será la iglesia en los próximos 20 años, me imagino un cuerpo que se reúne para adorar a Dios, que lucha por la justicia social, y que cultiva las tribus. Aun las iglesias más pequeñas – especialmente las más pequeñas – tienen los recursos para responder a los jóvenes adultos en maneras significativas cuando entienden el contexto de ellos y les proveen un lugar. Estas relaciones toman forma cuando nuestros grupos intergeneracionales de familias desplazadas y de gente soltera comienza a tejer un rico tapiz de espacio familiar.

CAROL HOWARD MERRITT es pastora en Washington, D.C. Usted puede leer su blog en www.tribalchurch.org. Ministering to the Missing Generation por Carol Howard Merritt ha sido traducido y reimpreso del Alban Weekly (Nº 164, septiembre 10, 2007), con permiso de Alban Institute. Adaptado de Tribal Church: Ministering to the Missing Generation by Carol Howard Merritt. Derechos reservados ® 2007 por el Alban Institute, Inc., Herndon, Va. Reservados todos los derechos. El Semanario Alban es un boletín noticioso electrónico semanal con información actualizada y concisa sobre tendencias emergentes y las más recientes investigaciones de Alban y los sucesos de actualidad. Inscríbase en www.alban.org.

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