La fundación de iglesias al modelo apostólico de Hechos 19
Considere estos diez elementos en Hechos 19 para la fundación de una iglesia que sacuda la ciudad.

Por George O. Wood
En Hechos 19, Lucas registra la más exitosa fundación de iglesia en la historia del cristianismo. Se inicio esta obra con doce discípulos poco fervorosos; pero en treinta meses creció a tal proporción que más de veinticinco mil ciudadanos alborotaron en un teatro como protesta a la floreciente iglesia porque la economía pagana se estaba yendo a la quiebra.
Si hoy tuviéramos una situación similar, todas las industrias de pecado –la pornografía y la industria sexual, los inmorales programas de televisión, los abastecedores de tabaco y alcohol (para nombrar unos pocos)– de igual manera reaccionarían con vehemencia en contra de la gran oleada del evangelio que estuviera arrasando a la cultura secular.
El establecimiento de la iglesia en Éfeso, dirigida por el apóstol Pablo, nos ofrece una lista de cosas que nos ayudan a evaluar nuestros propios esfuerzos en llevar el evangelio a las casi dieciocho mil comunidades en los Estados Unidos donde no hay una iglesia de las Asambleas de Dios.
He aquí diez elementos tomados de Hechos 19 para la fundación de una iglesia que sacuda una ciudad.
El tiempo oportuno
Al iniciar su segundo viaje misionero Pablo quiso viajar a la provincia romana de Asia, pero el Espíritu Santo se lo impidió (Hechos 16:6). La ciudad clave en Asia era Éfeso, y es lógico que Pablo quisiera ir allá. Su estrategia era dirigirse a las zonas urbanas, y desde esos lugares poblados lanzar nuevas iglesias en las regiones periféricas.
Cuando estaba por concluir su segundo viaje hizo una breve visita en Éfeso, y prometió: “Volveré a vosotros, si Dios quiere” (Hechos 18:21). Sólo en retrospectiva comprendemos por qué el Espíritu Santo le impidió ir anteriormente.
En su primer viaje misionero Pablo fundó iglesias al este de Éfeso; y en su segundo viaje, estableció iglesias al oeste. Cuando por fin llegó a Éfeso en su tercer viaje misionero, se hallaba equidistante de las iglesias tanto al este como al oeste. Era el perfecto lugar desde el cual enviar cartas y mensajeros en ambas direcciones para que las congregaciones en ciernes puedan ser fortalecidas y así permanecer sanas en doctrina y práctica.
Además, el Espíritu sabía que Pablo necesitaba fortalecer sus músculos de fundación de iglesias antes de enfrentarse a Éfeso. Pablo dice que en Éfeso batalló contra fieras (1 Corintios 15:32). La ciudad de Éfeso era el mayor desafío que había tenido hasta entonces. Era la ciudad donde se encontraban el este y el oeste, donde se cristalizaba la adoración pagana en una de las siete maravillas del mundo antiguo: el templo a la diosa Diana.
Tomar esa ciudad no era fácil, y el Espíritu lo sabía. Por lo tanto, el Espíritu dirigió a Pablo de tal modo que esperara el tiempo oportuno.
Igualmente, nosotros, no debemos lanzarnos al establecimiento de una iglesia sin esperar la dirección del Espíritu y sin antes preguntar: “¿Es este el tiempo oportuno? ¿Tenemos luz verde por parte del Espíritu Santo? ¿Es esta la oportunidad estratégica?”
El modelo
El modelo puede ser una plantilla o un patrón que sirve de guía para formar cierta cosa o producto. Ciertamente hay un modelo en lo que sucedió cuando Pablo se encontró en Éfeso con doce creyentes nominales.
Este es el trasfondo. Apolos, el gran predicador y orador, precedió a Pablo en Éfeso. Apolos era un elocuente judío de Alejandría, poderoso en las Escritures, de espíritu fervoroso, que enseñaba diligentemente acerca de Jesús. No obstante, conocía solamente el bautismo de Juan, de modo que Priscila y Aquila lo tomaron aparte y le expusieron exactamente el camino de Dios. La deficiencia de Apolos al parecer estaba en su falta de conocimiento acerca de la persona y obra del Espíritu Santo. Esa deficiencia era obvia en los doce discípulos que Pablo encontró en Éfeso. Seguramente eran conversos de Apolos, ya que ellos también conocían solamente el bautismo de Juan.
Pablo les preguntó: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis [o después]” (Hechos 19:2)?
La pregunta de Pablo es crucial para la teología pentecostal del poder y el bautismo del Espíritu Santo. Su pregunta contiene un participio aorista (cuando creísteis) y un verbo aorista (recibisteis). En el griego, cuando se usa un participio aorista juntamente con un verbo aorista, la acción descrita puede ser simultánea o subsecuente.
Por ejemplo, Judas dijo: “He pecado (verbo aorista), entregando (participio aorista) sangre inocente” (Mateo 27:4). Claramente el pecado y la entrega son simultáneos.
No obstante, veamos Mateo 22:25: “Se casó (participio aorista), y murió (verbo aorista).” Es claro que el casamiento y la muerte son secuenciales y no simultáneos.
En Hechos, Lucas describe el bautismo en el Espíritu como secuencial (Hechos 2:4; 8:17; 9:17) a la conversión, y simultáneo a la conversión (Hechos 10:44–48).
Por cierto los doce efesios eran seguidores de Cristo, puesto que se los llama discípulos. Pablo no los trata como incrédulos. Una cosa él quiere saber: ¿Recibieron el Espíritu cuando creyeron o después de haber creído? La respuesta es clara: “No” (Hechos 19:2).
En su primer encuentro con ellos, Pablo de inmediato descubre el problema: la razón de que la comunidad de creyentes en la gran ciudad de Éfeso sólo tenía doce discípulos infructuosos.
Pablo sabía que para que la iglesia en Éfeso creciera y para que tuviera un poderoso impacto en la ciudad, tenía que comenzar, así como la iglesia en Jerusalén, con el modelo de creyentes bautizados en el Espíritu. Para comenzar la obra necesitaba un grupo entusiasta y lleno del poder del Espíritu.
G. Campbell Morgan, aunque no era pentecostal, dice en su comentario de Hechos: “Apolos, judío, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras, de espíritu fervoroso, diligente en su enseñanza, que hablaba con denuedo, sólo podía llevar a sus oyentes hacia lo que él había alcanzado, ni un paso más allá… Vino Pablo, y no porque era mejor que Apolos, sino porque tenía más amplio conocimiento y una experiencia más profunda, llevó a estos doce hombres a un más alto nivel.”
Tenemos que reconocer que el establecimiento o fundación de una iglesia implica mucho más que tener la debida demografía, liderazgo, habilidades, dones, finanzas, y planificación. Necesitamos al Espíritu Santo. Seamos como el apóstol Pablo que no sintió temor de preguntar al núcleo inicial de su iglesia: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” Esta pregunta no la hace alguien que no es pentecostal. Tenemos que hacerla si queremos ver resultados apostólicos.
Comencemos nuevas iglesias con el gran modelo de creyentes llenos del Espíritu.
La enseÑanza
El método de ministerio del apóstol Pablo en Éfeso consistía en poderosa apologética del contenido de la fe cristiana. Habló con denuedo, discutiendo y persuadiendo (Hechos 19:8). Sencillamente, sabía qué preguntas necesitaban ser respondidas, y las respondía con conocimiento y fervor.
En algunos círculos de hoy, hacemos de todo para llevar el evangelio a la gente excepto responder a las profundas preguntas del corazón y del intelecto.
Pablo aconsejó a Timoteo, quien después lo sucedió como pastor de la iglesia en Éfeso: “Procura con diligencia (i.e., estudiar) presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15). Pedro secunda a Pablo: “Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Peter 3:15).
Para establecer iglesias sólidas, tenemos que tener contenido. La música, los fenómenos externos, la amabilidad, y los anuncios pueden atraer. Pero lo principal debe ser el discipulado. Tenemos que evitar el peligro de ganar público; lo que buscamos es transformar a los llamados a salvación, para formar una viva y verdadera iglesia de Jesucristo.
En Éfeso, Pablo respondió a preguntas. Sabemos que enseñó en tres localidades: tres meses en la sinagoga (Hechos 19:8), dos años en la escuela de Tiranno (Hechos 19:9), y continuamente por las casas (Hechos 20:20).
A mí me interesa de forma especial la escuela de Tiranno, porque los detalles indican algo que somos tentado a descuidar en nuestras iglesias hoy: la intensidad en el proceso del discipulado. No se puede producir una profunda transformación en las personas al tenerlas sólo por una o dos horas el sábado por la noche o el domingo por la mañana.
Una traducción llamada “texto occidental” amplía uno poco Hechos 19:9 y da las horas en que Pablo enseñaba en la escuela de Tiranno: de 11 A.M. a 4 P.M. Esa era la hora de la siesta en Éfeso, y Pablo usó el tiempo de descanso para adiestrar a los creyentes.
Sumemos las horas. Cinco horas al día por dos años. Supongamos que fueran cinco días por semana, con cuatro semanas de vacación al año. El total llega a mil doscientas horas de enseñanza y adiestramiento por año (5 horas diarias x 5 días x 48 semanas = 1.200).
Con razón el evangelio se propagó de Éfeso a toda la provincia romana de Asia. Pablo enseñó intensamente y preparó obreros para que predicaran el evangelio. Edificó una iglesia participativa, y no una iglesia que simplemente se reunía para ver a unos cuantos fieles hacer la obra de Dios.
Cada una de nuestras iglesias debería considerarse una escuela bíblica que continuamente prepara a los laicos para la obra de evangelismo. Nuestra característica debiera ser: cada miembro aprende, crece, testifica, y asume liderazgo.
Los ayudantes
Todos los que habitaban en Asia oyeron la palabra del Señor Jesús (Hechos 19:10). ¿Cómo? Por medio de los discípulos. Pablo tenía colaboradores, entre ellos Timoteo y Erasto (Hechos 19:22). Sus alumnos llegaron a ser ancianos (Hechos 20:17). Su labor vocacional cubrió sus propias necesidades y las de sus ayudantes (Hechos 20:34). Al escribir desde Éfeso a los corintios, Pablo nombra a los que trabajaban con él en la obra: Sóstenes, Estéfanas, Fortunato, Acaico (1 Corintios 1:1; 16:17), Apolos (1 Corintios 16:12; 2 Corintios 8:18,19), Aquila y Priscila (1 Corintios 16:19), Tito (2 Corintios 8:16,17).
En otras palabras, Pablo no fundaba iglesias como Llanero Solitario. Él enseñaba a los futuros líderes. Hacían hombro a hombro la obra. Él no hizo solo el trabajo.
Se necesitan ayudantes para alcanzar a una ciudad o una comunidad.
El trabajo duro
No nos engañemos. El establecimiento de una iglesia (o cualquier ministerio) es trabajo duro.
Al parecer, Pablo enseñaba por las tardes en la escuela de Tiranno, y de noche enseñaba en las casas. ¿Qué hacía en la mañana? Confeccionaba carpas. Los “paños y los delantales” de Pablo que llevaban a los enfermos (Hechos 19:12) no eran de lino blanco y fino, sino delantales de trabajo y paños con que cubrían los asientos. Él describe su trabajo en Éfeso como el de un exitoso dueño de pequeña empresa (Hechos 20:34,35).
Además, en una ciudad donde la ganancia económica inspiraba todo servicio religioso (como la exportación de templecillos de Diana), Pablo no aceptó plata ni oro ni vestido de nadie.
Cuando Pablo más adelante describe su ministerio en Éfeso, no se centra en los milagros (que fueron muchos), sino en lo rutinario. Nunca hizo milagros por remuneración económica. Invirtió en otros, no en sí mismo.
Me viene a la memoria un pastor cuya iglesia dedicó un día al evangelismo y la distribución de alimentos a los necesitados. Cuando le pregunté si lo volvería a hacer, me respondió: “No. Es trabajo muy duro.” No me sorprende que su iglesia no esté creciendo.
El establecimiento de iglesias (o cualquier ministerio) no es para los que quieren darse la buena vida.
Las lÁgrimas
Uno puede trabajar tan duro en el ministerio que pierde la sensibilidad por la gente. Pablo trabajó duro y tuvo muchas pruebas y asechanzas pero “[sirvió] al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas” (Hechos 20:19). No trabajemos tan duro que perdamos la compasión.
Pienso en mi ministerio pastoral, y mi mayor satisfacción no está en las estructuras que construí, el crecimiento numérico que gané, ni el aumento en ofrendas para la obra misionera que experimenté. Mi satisfacción viene de las vidas que pude tocar.
Dice Lucas acerca de Pablo, cuando se despidió de los ancianos de la iglesia en Éfeso: “Entonces hubo gran llanto de todos; y echándose al cuello de Pablo, le besaban, doliéndose en gran manera por la palabra que dijo, de que no verían más su rostro” (Hechos 20:37,38). Esta clase de profunda relación y dedicación se consigue sólo cuando se ama tiernamente y de todo corazón.
Me apena oír de pastores que se sienten felices de dejar una iglesia, o de iglesias que se sienten complacida de que el pastor se vaya. Eso me dice que algo faltaba de lo que es vital en una iglesia saludable y creciente.
Al establecer nuevas iglesias, ¡que nos mueva la compasión por la gente!
La yesca
La yesca es una sustancia inflamable que se usa como encendedor. Su propósito es inflamar o incitar.
Eso por cierto sucedió en Éfeso. La gente llevaba los paños y los delantales de Pablo y los ponían sobre los enfermos y los endemoniados; las enfermedades se iban y los espíritus malos salían.
Pablo había hecho todo bien de su parte; había enseñado, trabajado, y evangelizado. Pero para que la iglesia pase más allá del crecimiento normal, tiene que haber una excepcional obra de Dios.
Años atrás el pastor Mung predicaba junto con mi padre en el noroeste de la China. Cuando por fin se alivió un poco la persecución, en 1983 volvió a abrir la iglesia, con treinta personas. Al tiempo de su muerte en 2004, a los 96 años de edad, la iglesia contaba con quince mil miembros. Antes de su muerte le pregunté: “¿Cómo se hizo esto?”
Él me respondió: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos… y oramos mucho.” Luego me contó acerca de los milagros que Dios había hecho en esa ciudad.
Dios quiera que describamos el crecimiento y la revitalización en la obra de fundar iglesias, no en términos de lo que nosotros hayamos hecho, sino enfocando las grandes cosas que Dios ha hecho (Hechos 14:27).
Lo que encendió la yesca en Éfeso fue la experiencia de los siete ocultistas –hijos de Esceva– cuando trataron de echar fuera al espíritu malo en el nombre de Jesús. Fue como un arma poderosa que explotó en sus manos (Hechos 19:13–20).
Fíjese en la anomalía. Este fue el milagro más efectivo de los casi tres años que Pablo pasó en Éfeso, y él no tuvo nada que ver con ello. Pero el efecto fue tremendo: tanto en el público en general, que “[tuvo] temor”, y en los creyentes que quemaron los libros de magia que habían conservado después de su conversión.
Cuando el poder del Espíritu Santo invade una iglesia, descubrimos que muchos creyentes todavía tienen en posesión “libros” del enemigo. Si los hermanos de nuestras iglesias trajeran todos sus videos, DVDs, revistas, libros, páginas de Internet, bebidas, y drogas podríamos también tener una gran fogata. Tienen todavía todas esas cosas porque en la iglesia no hay una convincente demostración del poder del Espíritu.
Cuando hay yesca, hay crecimiento exponencial en la obra que se establece; ocurren cosas que sólo el Espíritu puede producir, por ejemplo algo que catapulta a la iglesia a un nuevo nivel de crecimiento e influencia.
El aguijÓn
Cómo quisiéramos evitar el aguijón; pero siempre que abramos una nueva iglesia habrá un aguijón. Al escribir desde Éfeso, a la conclusión de su tercer viaje misionero, Pablo refiere a la iglesia en Corinto su experiencia con el aguijón en la carne, que aunque había pedido en oración que el Señor se lo quitara, seguía allí.
Pablo no dijo cuál era su aguijón, y es bueno que no lo hiciera. Nadie tiene el mismo aguijón.
No conozca ningún próspero ministerio o alguna nueva iglesia donde no haya habido sufrimiento entre el liderazgo.
Cómo quisiera asegurar a los hermanos que se dedican a abrir nuevas obras que todo va a marchar sobre rieles; pero lo cierto es que habrá problemas y dificultades que no desaparecerán, a pesar de nuestras oraciones y los mejores esfuerzos de nuestra parte.
No dejemos que el aguijón nos impida cumplir la misión. Podemos tener la misma seguridad que Pablo: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).
La transparencia
En su discurso de despedida, Pablo dijo a los ancianos de Éfeso: “Vosotros sabéis cómo me he comportado entre vosotros todo el tiempo, desde el primer día que entré en Asia” (Hechos 20:18).
¡Qué declaración! No hubo nada oculto en su vida; no se alejó del ministerio para hacer sus propias cosas o para darse lujos en pecado y pereza. Estuvo en servicio todo el tiempo. No fue un pastor y fundador de iglesias de los tiempos cómodos.
Al escribir desde Éfeso, dijo a los corintios que nunca se puso máscara (2 Corintios 3:13–18). No había diferencia entre su persona y su apariencia como ministro; o como diríamos, entre su conducta en el púlpito y en privado.
El establecimiento de una nueva iglesia sólo será tan próspero como la autenticidad de los que hacen la obra. Es nuestro deber vivir constantemente de tal manera que podamos decir: “Síganme a mí, como yo sigo a Cristo” (véase 2 Tesalonicenses 3:7,9).
Las amenazas
Los hermanos que abren nuevas obras están alerta de los peligros. Pablo por cierto lo estaba. Él advirtió a los ancianos de Éfeso sobre dos grandes peligros que amenazaban el bienestar de la iglesia: (1) lobos rapaces venidos desde afuera, y (2) hermanos que se levantarían a hablar cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos (Hechos 20:28–30).
Los lobos causan estragos; desgarran a la gente. La naturaleza de los lobos y de los falsos maestros es causar división debido a su insaciable búsqueda de bien personal. Están más interesados en construir su propia iglesia –su propia guarida– que en edificar la iglesia de Jesucristo.
De modo que es deber de los líderes consagrados al Señor buscar el bien de la iglesia, que Cristo ha comprado con su propia sangre.
Antes de que Pablo dijera a los líderes que cuidaran del rebaño, les dice “mirad por vosotros” (Hechos 20:28). Debemos cuidarnos personalmente y también el ministerio. Tenemos que velar por nosotros mismos antes de velar por otros. Somos protectores y defensores del pueblo de Cristo, y debemos recordar el alto precio pagado por “los bienes” que han sido puestos a nuestro cuidado.
ConclusiÓn
Cuando están presentes estos elementos puede haber un dinámico y fructífero establecimiento de iglesias:
- tiempo oportuno
- modelo
- enseñanza
- ayudantes
- trabajo duro
- lágrimas
- yesca
- aguijón
- transparencia
- amenazas
Observe el resultado que producen estos elementos: “Así crecía y prevalecía poderosamente la palabra del Señor” (Hechos 19:20).
Que el Señor nos dé esa clase de resultado en las comunidades de los Estados Unidos que no han sido alcanzadas, mientras vigorosamente fundamos nuevas iglesias y revitalizamos las ya fundadas.
