Enriquecimiento teológico
Aplicaciones prácticas de la neumatología del Antiguo Testamento: nuestra necesidad de la ayuda del Espíritu
Por Tim Enloe
IntroducCIÓn

Un estudio de los encuentros con el Espíritu Santo en el Antiguo Testamento nos lleva a pensar en la paciencia, habilidad, y sabiduría del Espíritu. Leemos respecto de algunos personajes ordinarios y hasta de mala reputación que tuvieron profundas experiencias sobrenaturales, y que luego condujeron a otros a victorias sobrenaturales. Como en la historia de la tortuga que estaba en lo alto de un poste de madera, un hecho es obvio: ambos, la tortuga y los líderes del Antiguo Testamento, no llegaron allí por sí mismos.
Las principales narrativas acerca del Espíritu en el Antiguo Testamento nos indican muchas esferas de responsabilidad: primero como individuos, luego como líderes, y aun también tienen implicaciones universales. Deseo reflexionar sobre algunas aplicaciones prácticas en cada una de estas esferas. Mi anhelo es que deseemos renovar la transformación, el poder, y la guía del Espíritu en nuestra vida y en nuestro ministerio.
En la esfera personal
Fijar nuestro enfoque en personas dotadas carismáticamente puede ser inspirador; pero también desagradable. Desde Moisés hasta Sansón y David, momentos agridulces de victoria personal y de fracaso demuestran esta sencilla verdad: la consagración personal puede afectar el tiempo que dure tal dotación.
La expresión de ira de Moisés en Cades revela que le quedaba todavía enojo homicida desde su arranque de ira cuando quebró las tablas de la Ley. Su acción de golpear la roca trajo un prematuro final de su liderazgo, limitándolo geográficamente. La desobediencia puede ser muy costosa, disminuyendo el tiempo de un ministerio dotado por el Espíritu.
La narrativa acerca de Gedeón es un ejemplo de un líder dotado de poder del Espíritu que se extravía del Señor y, por consiguiente, pierde su efectividad. Este incidente vino inmediatamente después de una gran victoria. Su afición por los zarcillos de los ismaelitas fue una trampa para él y para todo Israel, llevándolos a la adoración idolátrica (Jueces 8:23-27). La historia de Gedeón tuvo una grandiosa primera parte, pero por no seguir en santidad, cambió la biografía para darle una conclusión desabrida y amarga.
Luego tenemos a Sansón, un líder medio lleno del Espíritu, y por otro lado adicto al placer. Su historia nos hace pensar en la gracia de Dios a pesar de la debilidad humana. El contradictorio final de Sansón, tanto de victoria como de derrota, deja al lector pensando en lo que pudo haber sido si él sólo se hubiese consagrado más al Señor.
Dios escogió a Saúl como rey ante la insistencia de Israel, aun cuando una monarquía aparentemente todavía no era el plan divino. La comisión de Saúl incluye tanto la asombrosa y precisa interacción profética con Samuel y la extraordinaria interacción personal con el Espíritu de profecía. Poco después de su coronación, él desobedeció descaradamente a Dios perdonando la vida de Agag, el rey amalecita. Esto fue el comienzo de un ciclo en el que Dios trató misericordiosamente a un Saúl desobediente, quien parece estar cada vez más empeñado en su propia destrucción. Una vez más, la falta de consagración impide lo que pudo haber sido.
El rey David es el prototipo del Mesías más claro del Antiguo Testamento; de corazón tierno pero de vulnerable talón de Aquiles. Nótese su temor de la posibilidad de que el Espíritu Santo lo dejara después de su pecado en contra de Urías y Betsabé: “No quites de mí tu santo Espíritu” (Salmo 51:11). Este hombre según el corazón de Dios sabía que las decisiones pecaminosas traían consecuencias.
En este punto usted puede preguntarse: ¿podrá alguno cumplir su cometido? Ciertamente, si Moisés que recibió la Ley original y copias de ella –escritas a mano en tablas de piedra– no pudo finalizar su carrera, ¿cómo puedo yo lograrlo? El nuevo pacto muestra que el cambio moral habilitado por el Espíritu es más que posible; se espera que así sea. Pablo nos dice: “Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13).
Las provisiones del nuevo pacto de la obra de regeneración y santificación del Espíritu Santo hacen posible ahora lo que antes fue imposible, aun para los líderes. Combine eso con la obra de gracia y misericordia del Nuevo Testamento, y de pronto tenemos la oportunidad de romper el ciclo vicioso y experimentar la más plena duración de nuestra unción individual.
En la esfera de liderazgo
Números 11 muestra una verdad impulsora: la santa desesperación en la esfera de liderazgo –aun cuando esté motivada por la frustración y el desánimo– puede dar motivo a un encuentro corporativo con el Espíritu Santo.
Moisés –profeta por excelencia, mediador sacerdotal, y gobernante teocrático– evidencia una frustración que todos encaramos en el ministerio: dirigir a gente que no siempre está tan dispuesta a seguir como nosotros estamos a ser su líder.
Sólo podemos suponer las intenciones del plan de Dios en esta historia; pero Moisés aparentemente había llegado al fin de sus fuerzas –o al menos es lo que él creía–, lo cual condujo al primer derramamiento corpóreo del Espíritu. Desde Moisés hasta Pablo se nos recuerda que la fortaleza divina es perfeccionada en nuestra debilidad (2 Corintios 12:9).
Moisés expresó su frustración al orar: “Y si así lo haces tú conmigo, yo te ruego que me des muerte, si he hallado gracia en tus ojos; y que yo no vea mi mal” (Números 11:15).
Podemos idenficarnos –al menos en parte– con la queja de Moisés a Dios: “Esto es tu culpa; yo vivía feliz cuidando las ovejas de mi suegro cuando me llamaste al ministerio.” Las abrumadoras cargas físicas, emocionales, y espirituales que llevamos nos pueden conducir a refugiarnos en un escondite o empujarnos a desesperadas sesiones de oración que resulten en que el cielo baje a la tierra.
En Hechos 4, los apóstoles recientemente investidos con el poder del Espíritu y que padecían persecución, expresan a Dios su desesperación. En lugar de admitir la derrota o de abandonar territorio, su oración desesperada conmovió el cielo, lo cual a su vez sacudió la tierra: “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios” (Hechos 4:31).
La aplicación es obvia: no tenga temor de manifestar su desesperación ante Dios y delante de la gente a quien usted dirige. La auténtica desesperación puede ser un motivador muy contagioso cuando se comunica apropiadamente. Hay que inspirar la pasión espiritual en otros; no se puede meramente enseñar. De modo que para ser contagioso no tenga temor de aparecer como débil o vulnerable frente a aquellos a los que influencia. Decida expresar de forma sincera y saludable sus deseos espirituales, aun sus frustraciones.
El Espíritu Santo honrará su humildad sincera y su dependencia de Él. Después de la oración desesperada de Moisés, él pasó de estar solo a tener un derramamiento corporativo que dotó de poder a setenta ayudantes ungidos con el Espíritu, para aliviar su carga. Hoy también el Espíritu Santo oye el clamor de los líderes que humildemente imploran por su ayuda.
En la esfera universal
En una escala casi universal vemos una premisa divina respecto de la habilitación del Espíritu: su poder nos dota para que hagamos lo que previamente era humanamente imposible. Sea que la imposibilidad esté dentro de las leyes de la física o sencillamente en la tarea misma, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad e incapacidad.
Moisés, Josué, Bezaleel, Otoniel, Gedeón, Jefté, Sansón, Saúl, David, los profetas, y muchos otros comprobaron que esto es cierto:
- Un homicida tartamudo, fugitivo de la ley, llega a ser emancipador y profeta del pacto con un talento natural por lo dramático.
- Un protegido gana confianza nacional y respeto internacional cuando comprueba su llamado en la demolición de los muros de una ciudad, con varios desfiles y toques de trompeta.
- Un campesino con variables en un vellón humedecido barre el campo de batalla con trescientos hombres.
- Un muchacho pastor derriba a un gigante enemigo que se había burlado de él y de su Dios, con tan sólo insertar una piedrecilla en la cabeza del paladín.
Dios usa lo menos probable, en maneras que están fuera de las circunstancias y habilidades naturales, para asegurar el rico contraste entre Aquel que inviste de poder y el que es investido.
Con frecuencia seguimos lo que son nuestros propios planes, sin detenernos a verificar si estamos siendo dirigidos de lo alto. Luego sigue frecuentemente un segundo error: no nos damos cuenta de que una falta de dependencia del Espíritu da como resultado una falta de intervención del Espíritu. Fácilmente podemos acostumbrarnos a operar sin su ayuda.
Las dos preguntas siguientes me han servido bien para reorientar mi necesidad del poder del Espíritu, porque definitivamente tienen el poder de revelar quién está detrás de mis planes y acciones:
- Aclaración: ¿Qué me está dirigiendo a hacer el Espíritu Santo?
- Implementación: ¿Necesito su poder sobrenatural o puedo manejar el asunto con mis propios recursos?
El recordatorio de Pablo a los corintios sobre la forma en que él procedía debe ser un llamado de alerta para nosotros: “Ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Corintios 2:4,5).
Recuerde que cuando el Espíritu Santo está sobre nosotros, podemos hacer cosas que normalmente no estaríamos capacitados a hacer.
Pensamientos de conclusiÓn
Tal vez usted, igual que yo, se ha sentido como alguien de bajo perfil, con poca educación, escaso de recursos económicos, sin ayudantes, o carente de cualquier otra cosa. ¿Es este reconocimiento de nuestra incapacidad la admisión de la derrota, o una oportunidad para que el Espíritu nos capacite?
Si usted se está sintiendo frustrado como Moisés, o insuficientemente equipado como Gedeón, recuerde que sus debilidades pueden ser sus mayores oportunidades de recibir la fortaleza que viene del Señor.
Por tanto, ¿qué está señalándole Dios que haga? ¿Puede usted hacerlo sin su ayuda?
Debemos identificar las metas y los mandatos divinos en nuestra vida, y luego descansar en la paciencia, habilidad, y sabiduría del Espíritu Santo para que la tarea sea hecha.
Tal vez aun hoy algunas oraciones desesperadas den acogida a la ayuda del Espíritu.
