Joseph Hillary King (1869-1946)
Un elevado concepto de la Expiación
Por Douglas Jacobsen

Joseph Hillary King fue uno de los más amables y juiciosos líderes de los comienzos del movimiento pentecostal. Aun cuando él, como la mayoría de los teólogos, estaba convencido de que sus opiniones representaban la mejor y más clara expresión de la fe cristiana, siempre manifestó respeto por aquellos que tenían otra opinión. A veces se sentía desalentado porque los creyentes pentecostales parecían desinteresados en el cuidadoso pensamiento teológico, prefiriendo la experiencia emocional antes que la claridad doctrinal. Pero King se sentía llamado por Dios a un ministerio de explicar las doctrinas pentecostales, y permaneció fiel a esa tarea, aun cuando su obra parecía menospreciada.
King pasó su niñez en un sector de Carolina del Sur que era un erial espiritual. Un evangelista itinerante le presentó el evangelio y él se convirtió al Señor a los dieciséis años de edad. Al asistir a un culto de adoración en una iglesia metodista de la vecindad, varios meses más tarde, tuvo un maravilloso encuentro con Dios que llenó su corazón de “luz, amor, y gloria”. Estaba convencido de haber sido santificado plenamente por el Espíritu de Dios; pero cuando habló con su madre, ella replicó: “Tú sabes que no estás santificado”. Cualquiera haya sido el pensamiento de su madre, King estaba convencido de que Dios había hecho algo especial en su corazón, y atesoró la experiencia por el resto de su vida.
Para King la experiencia era importante. Una vez dijo: “Mi experiencia es mi credo”. Pero en realidad era un pensador lógico en asuntos de fe. Efectivamente, la razón lo condujo a la fe pentecostal. G.B. Cashwell, que recién volvía del avivamiento en la misión de la calle Azuza, estaba predicando en su sector. King escuchó atentamente y en forma crítica el mensaje de Cashwell acerca de las lenguas como la señal del bautismo en el Espíritu Santo. Su reacción inicial fue criticar las opiniones de Cashwell como erróneas, pero también se sintió movido a pensar el asunto en forma lógica. Después de dos días de intenso estudio bíblico, de pensar y de orar, King cambió de opinión y quedó convencido de que Cashwell estaba en lo cierto. Al día siguiente volvió a los cultos de Cashwell, admitió plenamente que su primer pensamiento había sido erróneo, y recibió el bautismo en el Espíritu Santo con la evidencia que lo acompaña: hablar en lenguas.
King era un líder eclesiástico mucho antes de ser pentecostal. Había sido ordenado en la iglesia metodista en 1891, y durante los primeros siete años de su ministerio fue un “predicador caminante” (puesto que los lugares que atendía como pastor eran demasiado pobres como para proveerle un caballo) para varias congregaciones en la región donde se unen Georgia, Tennessee, y Carolina del Norte. Sin embargo, para fines de los años 1890, King estaba comenzando a sentirse reprimido por la formalidad de la Iglesia Metodista. En 1898 transfirió su afiliación a la más dinámica Iglesia de Santidad de los Bautizados con Fuego, y dentro de dos años llegó a ser el líder de esa pequeña denominación. Llevado por su propia experiencia pentecostal, King condujo a esta Iglesia al redil pentecostal, y más tarde la ayudó a unirse a la mucho más grande Iglesia de Santidad Pentecostal. King, que obviamente tenía talentos administrativos, pronto fue llevado hacia el liderato de la Iglesia de Santidad Pentecostal, en la que sirvió como Supervisor General de 1917 a 1941.
La selección que sigue se ha tomado del primer libro de King, From Passover to Pentecost [Desde la Pascua hasta Pentecostés] (1914). Este libro fue escrito en parte para refutar lo que King consideraba como pensamiento erróneo de William Durham y su recién terminada obra de teología. King era un creyente pentecostal de santidad, y sostenía la doctrina de la segunda obra de santificación. El pasaje reproducido aquí, sin embargo, no se centra en Durham, sino en lo que era el propio entendimiento de King del pecado y la Expiación. King tenía un profundo y rico entendimiento de la Expiación, que puede enriquecer la comprensión de cualquiera respecto de la obra de Cristo. Este pasaje refleja también la opinión gentil y amorosa de King respecto de Dios. Entre otras cosas, él sugiere que la grandeza del amor de Dios puede hacer posible que gente que nunca ha oído del Cristo histórico, de alguna manera encuentre al Cristo esencial, lo que puede resultar en su redención. Él no estaba seguro de que esto fuese posible, pero claramente esperaba que pudiera serlo. En todo caso, creía que la gracia de Dios era mayor de lo que cualquiera pudiera entender.
En el corazón de todo inconverso existe el pecado en dos maneras. Hay pecados y pecado. Lo primero se refiere a acciones, lo último a condición. Los pecados son algo actual; el pecado es original. El pecado es heredado; los pecados se cometen. El pecado nos ha sido trasmitido desde la caída de Adán; los pecados son acciones de desobediencia contra la ley de Dios. El pecado nos separa de Dios; los pecados traen sobre nosotros la condenación de Dios. El pecado es un principio; los pecados son una práctica. Ambos están íntimamente relacionados. El pecado es la raíz; los pecados son el fruto. El pecado es la fuente; los pecados son el arroyo que fluye de ella. El pecado es la semilla sin efecto de ley; los pecados son los hechos cometidos sin ley. El pecado es el padre; los pecados son la progenie. El pecado es adámico; los pecados son individuales y personales. El pecado es el Viejo Hombre; los pecados son las trasgresiones.
De acuerdo a lo anterior, afirmamos que todos los que han nacido después de la Caída nacen en pecado, o con el principio de pecado en ellos. Cometimos pecado en Adán, en el Huerto. Estábamos en él potencialmente cuando desobedeció. Cada alma estaba en germen en el primer hombre cuando éste fue creado. Dios sopló parte de sí mismo en el cuerpo formado del polvo de la tierra, creando así al hombre, y en ese soplo divino nació en germen la raza humana. Como estábamos potencialmente en Adán, la cabeza de la raza, participamos de su pecado de desobediencia. “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). “Por cuanto todos pecaron” en el texto original es más enfático: “En quien todos han pecado”, esto es, en Adán, el primero en cometer pecado. Pecamos en él y caímos con él en muerte y ruina. Cuando Adán pecó, Dios vio en él a toda la raza, y consideró esa acción como de toda la familia humana. Por tanto, cada uno recibió el efecto, y experimentó el resultado de la desobediencia de Adán y de la suya propia.
La condenación del pecado de Adán no ha sido impartida a todos los nacidos en el mundo, sino sólo los efectos de su trasgresión nos han sido trasmitidos. El efecto que el pecado tuvo en él fue la sensación de culpa, y en su naturaleza fue implantado el principio de pecado, pero sólo el efecto de su pecado ha sido trasmitido sobre todos sus descendientes, implantando en ellos el mismo principio. ¿Por qué no ha sido trasmitido a toda su vasta descendencia la culpa de su acción? Porque la expiación de Cristo fue puesta bajo los pies del hombre en el momento en que pecó, librándole de muerte instantánea y de condenación en el infierno. La Expiación, ofrecida virtualmente desde la fundación del mundo, e incluyendo a todos en sus provisiones, fue aplicada incondicionalmente a Adán en el momento de su pecado, no en la remoción de su culpa o sus efectos, sino en librarlo del castigo eterno que había merecido, y concediéndole el privilegio de vivir sobre la tierra y de propagar su simiente. La Expiación quitó de una vez la culpa y la condenación del pecado de Adán de toda la raza humana, de modo que nadie está bajo obligación de ir al infierno por causa de ese pecado. Así como Adán quedó eximido del instantáneo castigo eterno por su primer pecado a través de la aplicación incondicional de la Expiación, del mismo modo su posteridad fue eximida de esas mismas consecuencias por los mismos medios de gracia. Nadie tiene que ir al infierno por causa de la transgresión de Adán. A él le fue dada una segunda oportunidad, y se le permitió, por medio de la Expiación, vivir y encontrar el camino de regreso a Dios. Toda su posteridad tiene la misma oportunidad de escapar de las consecuencias del pecado y de obtener el favor y la paz de Dios, mediante la misma libertad que se nos ha concedido (no en el mundo venidero) por medio de Cristo.
Romanos es la epístola de la Expiación. El capítulo cinco tiene la más grandiosa exposición de este tema que hallamos en la Biblia. Para entenderlo se requiere estudiarlo, y para apreciarlo, es preciso entenderlo. ¿Qué podemos aprender de tan profunda exposición?
1. La Expiación es análoga a la Caída. La Caída es universal. El pecado afecta a todo ser viviente; nadie ha escapado. Dondequiera se encuentre el hombre, allí está el pecado. Donde sea que haya pecado, hay alguna vaga idea de que existe un poder que puede removerlo, o que hay algún modo de escapar de sus consecuencias. La Expiación cubre todo el terreno del pecado. Millones nada saben de ello, históricamente. Sin embargo, todos son misteriosamente afectados por la Expiación en aquel aspecto por el cual es incondicionalmente aplicada. Puede haber quienes tienen al Cristo esencial pero que nada saben del Cristo histórico. Con toda sinceridad pueden haberse esforzado, a través de la niebla del paganismo, y orado al Dios que hizo los cielos y la tierra; de ese modo han alcanzado a Cristo y encontrado la paz. No estamos seguros de que esto sea así, pero lo deducimos de ciertas declaraciones en la Palabra. Dios ilumina a cada ser humano que viene al mundo, hablándole por medio de la Creación y mediante la Palabra escrita, a quienes la tienen. “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.” “Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos.”
Todo esto muestra, en forma indirecta, el efecto de la expiación sobre el corazón de los paganos, evitando que se borre totalmente toda traza de la imagen divina en el ser de ellos, y abriendo un camino mediante el cual la verdad pueda llegar a su conciencia y razón.
En Adán, todos pecamos; en Cristo, somos justificados. Esto es en un sentido representativo. En germen, estábamos en Adán cuando él pecó, y en él su pecado fue atribuido a toda alma. A todos se nos ha considerado como participantes de su acción.
La Expiación, en su institución virtual, precedió al pecado y a la caída del ser humano. En este sentido fue un hecho cumplido en la mente de Dios. Y cada uno estaba potencialmente en Adán en la Expiación, antes del primer pecado. Por esto, Adán fue librado de caer en el abismo de noche eterna en el momento en que pecó. De igual modo, todos los que en germen estaban en él, estando potencialmente en Cristo, fueron al mismo tiempo librados de la culpa del primer pecado y de su consiguiente castigo. En este sentido, son hechos justos. Fue quitada toda condenación como resultado de su participación en germen en la transgresión edénica. No fueron quitados los efectos de trasmisión del pecado, por consiguiente su influencia corruptora fluye en el mundo entero a través del canal de la generación humana. Esto seguirá hasta que haya en el mundo una remoción final de los efectos del pecado adámico, en la restauración edénica por medio de la venida y del reinado de Cristo. La Expiación borrará todo rastro de la caída en toda la creación.
2. Todos morimos en el primer pecado Esto se refiere a la muerte espiritual, y en parte mental. La muerte no es otra cosa que separación de Dios. Quedamos desconectados de Él en el Edén, y morimos. La muerte del cuerpo es sólo un resultado indirecto de la Caída. No existía en un estado inmortal e imperecedero antes de la entrada de la muerte en el mundo. El árbol de la vida era lo que ministraba para la preservación imperecedera del cuerpo en el Edén. Cuando Adán pecó, Dios lo expulsó del Huerto y colocó una espada flamígera alrededor del árbol de la vida para impedir que el hombre comiera de él y viviera para siempre, esto es, que se preservara y perpetuara su existencia física sobre la tierra para siempre, en la miseria del pecado en su alma y espíritu. Su cuerpo comenzó a decaer de inmediato cuando fue expulsado del Huerto. La decadencia continuaría hasta que el cuerpo sucumbiera, y a esto llamamos muerte. Es sólo el final de la obra de la muerte. Si el hombre no hubiese pecado, su cuerpo habría sido elevado al plano de existencia imperecedera absoluta, en que habríamos sido elevados a una vida superior. Esto habría ocurrido al concluir su tiempo de prueba en el Edén.
La Expiación liberará, o ha hecho provisión para la liberación de la muerte espiritual, mental y física, y de toda corrupción en el mundo que nos rodea. Todos los nacidos de Adán serán levantados de la muerte, para no volver a morir, en el sentido de la muerte en esta esfera de la existencia. Volverán a vivir físicamente en Cristo en la resurrección. Los espíritus de los malvados permanecerán en muerte eterna, porque no permitieron que ésta fuera quitada de ellos en esta vida. Los salvos eligieron aceptar que la Expiación removiera el pecado aquí, y serán colocados más allá de su posible recurrencia en la glorificación. Los cuerpos de los santos serán glorificados como resultado de las provisiones de la Expiación para que sean levantados a un estado de existencia de la eterna incorrupción que tuvieron antes de la Caída. Lo mismo se aplicará en la resurrección y después de ella, lo que será su glorificación.
3. La Expiación excede los efectos y los límites de la CaídaFue instituida antes de la Caída, anticipándose a la total extensión de ella, y de esta manera debe no solamente cubrir toda la extensión de la Caída, sino ir más allá y cubrir todo el original e infinito propósito de Dios en la creación del hombre y de todas las cosas desde la eternidad.
