CD [Disco Compacto] de
Advance/Pulpit
Agotadas desde hace mucho tiempo pero recordadas con afecto, las revistas
Advance [Avance] y Pulpit [El púlpito] bendijeron a miles de ministros.
Ahora el archivo entero de Advance/Pulpit casi 40 años de información,
inspiración, ayudas, e historia está disponible para usted en CD separados.
En inglés solamente.
¡Paz! América la desea. Iraq la desea. Arabia Saudita
la desea. Israel la desea. Rusia la desea. Latvia la desea. China
la desea. Parece que todos la desean, pero cada uno bajo sus propias
condiciones, y este interés propio ha quitado la paz de la
tierra.
Hay dos clases de paz:
La paz que Jesús da, y
La paz que el mundo da.
La primera es el fruto del Espíritu y el resultado de una
relación con el Príncipe de Paz. Como tal, es interna
y personal.
LA PAZ PROMETIDA
Jesús hizo esto muy claro cuando dijo: “La paz os
dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se
turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).
Jesús sabía cuál es la naturaleza de la paz
que el mundo da. El sabía que las libertades de las que gozaban
sus discípulos en ese entonces pronto les serían quitadas.
El sabía que les esperaban dificultades y tiempos difíciles.
De modo que les dio su paz para prepararlos para el día cuando
ya no hubiera la paz que el mundo da.
Mire usted, la paz que Jesús da no funciona en un vacío.
Tampoco es la calma que viene después de la tormenta. ¡La
paz que Jesús da es calma y quietud del corazón en
medio de la tormenta! Es una paz que el mundo no puede dar.
La historia ha probado que la paz que el mundo da es pasajera.
Sólo durará tanto como la determinación de
los hombres mundanos que la hacen. “La guerra para acabar
con todas las guerras” fracasó en traer paz duradera.
“Paz en nuestro tiempo” siempre parece ser algo del
mañana - ¡y sabemos que el mañana nunca llega!
LA PAZ PERSONAL
La paz que Jesús da, por otra parte, es el resultado de
una relación con el Príncipe de Paz. Como tal, es
interna y personal. Así como el temor del Señor es
el principio de la sabiduría, esta paz comienza con Dios
y no puede lograrse aparte de una relación personal con El.
Es tan duradera como nuestra determinación a “permanecer
en la rama” y sacar paz de la provisión espiritual
de Cristo. ¡Es una paz personal que sobrepasa todo entendimiento!
La paz que el mundo da fracasa porque deja fuera al Príncipe
de Paz. No puede haber ninguna paz permanente entre los hombres
hasta que los hombres hagan la paz con Dios. La relación
vertical debe preceder a la relación horizontal. Pero cuando
la vertical se pone junto a la horizontal, juntas forman una cruz,
y es por medio de una cruz que Jesús hizo posible la reconciliación
entre los hombres. “Porque él es nuestra paz, que de
ambos pueblos hizo uno” (Efesios 2:14).
LA PAZ PARADOJICA
La paz que Jesús da es paradójica de muchas maneras.
Mientras que la paz que el mundo da está basada en un principio
de “mal por mal”, la paz que Jesús da permite
a los que la poseen devolver “bien por mal”. Esto quiere
decir que reciben poder espiritual para hacer cosas sobrenaturales.
¡Mire los milagros que hacen!
Se regocijan cuando son vituperados y perseguidos (Mateo 5:11,12).
Oran por sus enemigos y les dan de comer cuando tienen hambre
(Romanos 12:20).
Van la segunda milla y dan la otra mejilla (Mateo 5:39-41).
Se niegan a llevar a juicio a su hermano cuando éste
los ha ofendido (1 Corintios 6:7).
No ponen piedra de tropiezo a su hermano sino más bien
le permiten que su conciencia sea su guía (Romanos 14:21).
¡Qué vida tan sobrenatural! No hay nada natural en
la paz que Jesús da. Se necesita más poder para devolver
“bien por mal” que para exigir la justicia y luchar
por ella.
LA PAZ PARTIDARIA
Sin embargo, esto no quiere decir que la paz que Jesús da
es pasiva y sumisa. Es muy “pro reino”. El reino de
Dios es justicia, paz, y gozo en el Espíritu Santo, y la
justicia es su primer principio. Sus ciudadanos amantes de la paz
y sin egoísmo están en guerra contra la injusticia
de cualquier forma. Aunque no luchan por sus derechos personales,
lucharán hasta la muerte por el reino de Dios. Sus armas
de guerra no son carnales pero no se equivoque, las armas espirituales
son poderosas para derrotar fortalezas. Aunque la paz que el mundo
da se esfuerza por acabar con las hostilidades entre los reinos
de los hombres, no se puede negociar ninguna paz entre el reino
de Dios y el reino de Satanás.
Por lo tanto, el objetivo de la guerra espiritual es la “destrucción
de fortalezas… argumentos y toda altivez que se levanta contra
el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la
obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:4,5). Note que aquí
no hay ningún “tratado de paz”. No hay ninguna
concesión. No hay ninguna reconciliación entre los
reinos.
De modo que ¿cuál es la paz que resulta de un conflicto
semejante? Ciertamente no es entre los reinos involucrados. Más
bien, es la paz de mente y corazón que experimenta el cautivo
pecador cuando es reconciliado con Dios y cuando se rompe el poder
que tiene Satanás en él. ¡Esta es la paz que
Jesús da! ¡Es una paz “pro reino” que es
también agresivamente partidaria!
El que produce el fruto del Espíritu no llega a términos
con las infructíferas obras de las tinieblas. No dice “Paz
a toda costa.” No dice “Olvidemos la doctrina en el
interés de la unidad.” No dice “Tratemos el pecado
con guantes de seda para no ofender al pecador.” Se niega
a entregar las armas de su guerra espiritual en el interés
de una hermandad mundial que uniría a todas las religiones
bajo un solo emblema. Tiene paz con Dios, pero jamás hace
la paz con el enemigo.
LA PAZ DEL PACIFICADOR
El apóstol Santiago nos da otra dimensión de la paz
que Jesús da: “Y el fruto de justicia se siembra en
paz para aquellos que hacen la paz” (3:18). ¿Qué
es lo que está diciendo? Está diciendo: “¡La
paz no se encuentra, se hace!” Jesús lo expresó
de otra manera. El dijo: “Bienaventurados los pacificadores.”
Hay aquellos que siempre están buscando encargos sin controversia
en los lugares pacíficos donde puedan trabajar sin conflicto.
Los que hacen esto rara vez encuentran lo que buscan. Este no es
un mundo de paz, y las personalidades y las diferencias de opinión
causan conflicto y división. Son los enfermos los que necesitan
al médico. Jesús estaba diciendo: “Bienaventurados
los que, con una disposición pacífica, pasan a una
situación controversial y ‘hacen’ la paz.”
¡Los pacificadores son bienaventurados!
Cristo es nuestro supremo ejemplo de hacer la paz. Efesios 2:14,15
lo dice con elocuencia: “Porque él es nuestra paz,
que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de
separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley
de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí
mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz.”
El pacificador no dice tener ningún derecho. Se niega a
ser parte del problema. Se niega a pensar en sí mismo. Toda
su preocupación es la reconciliación de los demás,
y está dispuesto a padecer para ver que suceda. Jesús
no hizo nada malo, sino que tomó la culpa por lo malo que
nosotros habíamos hecho, haciendo así la paz. El era
un pacificador, y nos ha entregado a nosotros la obra de hacer la
paz. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo.
. . y nos entregó a nosotros la palabra de la reconciliación.
Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios
rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos
con Dios” (2 Corintios 5:19,20).
Esto quiere decir que el papel del creyente como embajador en nombre
de Cristo es el de pacificador. ¡Y qué papel es ese!
Nuestro mundo presente está hostigado con muchos interrogantes
sin ninguna respuesta. “Pero los impíos son como el
mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan
cieno y lodo. No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos”
(Isaías 57:20,21).
Pero piense en esto: Dios ha puesto a su iglesia en ese agitado
mar con la respuesta para la zozobra del mundo. Esa respuesta es
Jesús. ¡No hay otra! Se nos ha encargado ir a todo
el mundo con la respuesta. Cristo mismo vendrá “cuando
[nuestra] obediencia sea perfecta” (2 Corintios 10:6). Así
que obedezcamos y vayamos “calzados los pies con el apresto
del evangelio de la paz” (Efesios 6:15).
—Morris O. Williams, D.D., profesor
asociado de Misiones, Seminario Teológico de Las Asambleas
de Dios.