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Paz

INTRODUCCION:

¡Paz! América la desea. Iraq la desea. Arabia Saudita la desea. Israel la desea. Rusia la desea. Latvia la desea. China la desea. Parece que todos la desean, pero cada uno bajo sus propias condiciones, y este interés propio ha quitado la paz de la tierra.

Hay dos clases de paz:

  1. La paz que Jesús da, y
  2. La paz que el mundo da.

La primera es el fruto del Espíritu y el resultado de una relación con el Príncipe de Paz. Como tal, es interna y personal.

LA PAZ PROMETIDA

Jesús hizo esto muy claro cuando dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27). Jesús sabía cuál es la naturaleza de la paz que el mundo da. El sabía que las libertades de las que gozaban sus discípulos en ese entonces pronto les serían quitadas. El sabía que les esperaban dificultades y tiempos difíciles. De modo que les dio su paz para prepararlos para el día cuando ya no hubiera la paz que el mundo da.

Mire usted, la paz que Jesús da no funciona en un vacío. Tampoco es la calma que viene después de la tormenta. ¡La paz que Jesús da es calma y quietud del corazón en medio de la tormenta! Es una paz que el mundo no puede dar.

La historia ha probado que la paz que el mundo da es pasajera. Sólo durará tanto como la determinación de los hombres mundanos que la hacen. “La guerra para acabar con todas las guerras” fracasó en traer paz duradera. “Paz en nuestro tiempo” siempre parece ser algo del mañana - ¡y sabemos que el mañana nunca llega!

LA PAZ PERSONAL

La paz que Jesús da, por otra parte, es el resultado de una relación con el Príncipe de Paz. Como tal, es interna y personal. Así como el temor del Señor es el principio de la sabiduría, esta paz comienza con Dios y no puede lograrse aparte de una relación personal con El. Es tan duradera como nuestra determinación a “permanecer en la rama” y sacar paz de la provisión espiritual de Cristo. ¡Es una paz personal que sobrepasa todo entendimiento!

La paz que el mundo da fracasa porque deja fuera al Príncipe de Paz. No puede haber ninguna paz permanente entre los hombres hasta que los hombres hagan la paz con Dios. La relación vertical debe preceder a la relación horizontal. Pero cuando la vertical se pone junto a la horizontal, juntas forman una cruz, y es por medio de una cruz que Jesús hizo posible la reconciliación entre los hombres. “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno” (Efesios 2:14).

LA PAZ PARADOJICA

La paz que Jesús da es paradójica de muchas maneras. Mientras que la paz que el mundo da está basada en un principio de “mal por mal”, la paz que Jesús da permite a los que la poseen devolver “bien por mal”. Esto quiere decir que reciben poder espiritual para hacer cosas sobrenaturales. ¡Mire los milagros que hacen!

  1. Se regocijan cuando son vituperados y perseguidos (Mateo 5:11,12).
  2. Oran por sus enemigos y les dan de comer cuando tienen hambre (Romanos 12:20).
  3. Van la segunda milla y dan la otra mejilla (Mateo 5:39-41).
  4. Se niegan a llevar a juicio a su hermano cuando éste los ha ofendido (1 Corintios 6:7).
  5. No ponen piedra de tropiezo a su hermano sino más bien le permiten que su conciencia sea su guía (Romanos 14:21).

¡Qué vida tan sobrenatural! No hay nada natural en la paz que Jesús da. Se necesita más poder para devolver “bien por mal” que para exigir la justicia y luchar por ella.

LA PAZ PARTIDARIA

Sin embargo, esto no quiere decir que la paz que Jesús da es pasiva y sumisa. Es muy “pro reino”. El reino de Dios es justicia, paz, y gozo en el Espíritu Santo, y la justicia es su primer principio. Sus ciudadanos amantes de la paz y sin egoísmo están en guerra contra la injusticia de cualquier forma. Aunque no luchan por sus derechos personales, lucharán hasta la muerte por el reino de Dios. Sus armas de guerra no son carnales pero no se equivoque, las armas espirituales son poderosas para derrotar fortalezas. Aunque la paz que el mundo da se esfuerza por acabar con las hostilidades entre los reinos de los hombres, no se puede negociar ninguna paz entre el reino de Dios y el reino de Satanás.

Por lo tanto, el objetivo de la guerra espiritual es la “destrucción de fortalezas… argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:4,5). Note que aquí no hay ningún “tratado de paz”. No hay ninguna concesión. No hay ninguna reconciliación entre los reinos.

De modo que ¿cuál es la paz que resulta de un conflicto semejante? Ciertamente no es entre los reinos involucrados. Más bien, es la paz de mente y corazón que experimenta el cautivo pecador cuando es reconciliado con Dios y cuando se rompe el poder que tiene Satanás en él. ¡Esta es la paz que Jesús da! ¡Es una paz “pro reino” que es también agresivamente partidaria!

El que produce el fruto del Espíritu no llega a términos con las infructíferas obras de las tinieblas. No dice “Paz a toda costa.” No dice “Olvidemos la doctrina en el interés de la unidad.” No dice “Tratemos el pecado con guantes de seda para no ofender al pecador.” Se niega a entregar las armas de su guerra espiritual en el interés de una hermandad mundial que uniría a todas las religiones bajo un solo emblema. Tiene paz con Dios, pero jamás hace la paz con el enemigo.

LA PAZ DEL PACIFICADOR

El apóstol Santiago nos da otra dimensión de la paz que Jesús da: “Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz” (3:18). ¿Qué es lo que está diciendo? Está diciendo: “¡La paz no se encuentra, se hace!” Jesús lo expresó de otra manera. El dijo: “Bienaventurados los pacificadores.”

Hay aquellos que siempre están buscando encargos sin controversia en los lugares pacíficos donde puedan trabajar sin conflicto. Los que hacen esto rara vez encuentran lo que buscan. Este no es un mundo de paz, y las personalidades y las diferencias de opinión causan conflicto y división. Son los enfermos los que necesitan al médico. Jesús estaba diciendo: “Bienaventurados los que, con una disposición pacífica, pasan a una situación controversial y ‘hacen’ la paz.” ¡Los pacificadores son bienaventurados!

Cristo es nuestro supremo ejemplo de hacer la paz. Efesios 2:14,15 lo dice con elocuencia: “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz.”

El pacificador no dice tener ningún derecho. Se niega a ser parte del problema. Se niega a pensar en sí mismo. Toda su preocupación es la reconciliación de los demás, y está dispuesto a padecer para ver que suceda. Jesús no hizo nada malo, sino que tomó la culpa por lo malo que nosotros habíamos hecho, haciendo así la paz. El era un pacificador, y nos ha entregado a nosotros la obra de hacer la paz. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo. . . y nos entregó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2 Corintios 5:19,20).

Esto quiere decir que el papel del creyente como embajador en nombre de Cristo es el de pacificador. ¡Y qué papel es ese! Nuestro mundo presente está hostigado con muchos interrogantes sin ninguna respuesta. “Pero los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos” (Isaías 57:20,21).

Pero piense en esto: Dios ha puesto a su iglesia en ese agitado mar con la respuesta para la zozobra del mundo. Esa respuesta es Jesús. ¡No hay otra! Se nos ha encargado ir a todo el mundo con la respuesta. Cristo mismo vendrá “cuando [nuestra] obediencia sea perfecta” (2 Corintios 10:6). Así que obedezcamos y vayamos “calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz” (Efesios 6:15).

—Morris O. Williams, D.D., profesor asociado de Misiones, Seminario Teológico de Las Asambleas de Dios.