La persona y la obra del EspÍritu Santo
Dones de palabra y la responsabilidad del creyente
Por Hardy W. Steinber
El Dr. A. J. Gordon, uno de los primeros ministros bautistas en los Estados Unidos, comentó que “cuando en un período de la historia de la iglesia ha surgido una pequeña compañía tan rendida al Espíritu Santo y tan llena de su presencia como para convertirse en un dócil instrumento de su voluntad, un nuevo Pentecostés ha nacido en el mundo cristiano”. También se puede notar que los avivamientos pentecostales han sido acompañados de manifestaciones sobrenaturales del Espíritu Santo. Los dones de la palabra como la profecía, hablar en lenguas, e interpretación de lenguas han estado entre esas manifestaciones.
Si bien es cierto que todos los dones del Espíritu son sobrenaturales, la manifestación de algunos, como los dones de la palabra, es en cooperación con los creyentes. Por eso el cristiano es responsable de ser sensible a la obra que el Espíritu Santo quiere hacer.
A diferencia de las manifestaciones satánicas en que el instrumento humano está completamente sujeto al poder de Satanás (Marcos 5:1-20; 9:17-27), el creyente del Espíritu no es un desvalido autómata. Pablo escribió que “los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas” (1 Corintios 14:32). Aunque el Espíritu Santo nunca se equivoca, el creyente, a través de quien el Espíritu quiere obrar, es humano y por consiguiente susceptible de malinterpretar la intención del Espíritu. Por lo tanto, en la iglesia de Corinto había abusos de los dones de palabra, que, en vez de enriquecer a un grupo de creyentes, realmente resultó en burla (versículo 23).
Para ayudar a los creyentes a colaborar con el Espíritu Santo en los dones de la palabra, la Biblia da pautas que subrayan la responsabilidad de quien habla y de quien oye estas manifestaciones.
La responsabilidad de quien habla
Como en toda experiencia espiritual la fe es un ingrediente indispensable en los dones de la palabra. Pablo escribió: “De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe” (Romanos 12:6). Las dudas y los temores pueden ser un impedimento para que el creyente se rinda al Espíritu Santo. Un gran temor que expresan algunos creyentes es “¿cómo puedo saber si la impresión que tengo es de origen humano o divino?” Por otra parte, es posible que sintamos un celo tan humano por las manifestaciones del Espíritu que procedamos de manera presuntuosa. Tanto el temor como la presunción deben ser desplazados por la verdadera fe.
El último término es merismois y se encuentra en Hebreos 2:4, que trata de los “dones del Espíritu Santo”. Pero esta palabra significa más bien porciones, partes o divisiones. Viene del verbo merizo que significa dividir, distribuir, asignar, repartir. Ni el nombre ni el verbo tienen referencia directa a la idea de dones, aun cuando el contexto de Hebreos 2:4 lo sugiere. El énfasis es mayormente en la obra del Espíritu de distribuir dones, y es comparable a lo que dice Pablo en 1 Corintios 12:11: “Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como Él quiere”.
Cuando se sabe que el Espíritu quiere manifestar su presencia, el creyente en fe debe prestar atención a la instrucción de Pablo: “No apaguéis al Espíritu” (1 Tesalonicenses 5:19). La versión Berkeley del Espíritu Santo traduce este versículo: “No extingan el poder del Espíritu”. En la traducción del Nuevo Testamento de monseñor Ronald Knox, se traduce: “No repriman la declaración del Espíritu”. Los creyentes deben tener fe en que el Espíritu Santo tal vez quiere manifestarse a través de ellos y deben en todo momento ser sensibles a su dirección.
Una segunda pauta para quien habla es: “Pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40). Cuando un creyente recibe una impresión de que el Espíritu Santo quiere manifestarse a través de él, no es necesariamente el momento de articular la palabra. El Espíritu Santo espera que el creyente use su discreción a fin de esperar el momento adecuado para comunicar el mensaje.
Una actitud cordial y buenos modales, es decir, el fruto del Espíritu, son importantes para saber cuándo hablar. Si más de una persona siente que el Espíritu la impele a hablar, uno debe esperar cortésmente al otro. Pablo escribió: “Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno [alguien] interprete” (14:27).
Es difícil imaginar que el apacible Espíritu Santo interrumpiría la predicación de la Palabra o el llamado al altar. Es el Espíritu Santo quien unge al siervo del Señor para que predique y pida una respuesta de los oyentes. El creyente lleno del Espíritu honrará esta unción y esperará el momento propicio para comunicar la palabra.
Una tercera pauta en los dones de la palabra es la edificación de la iglesia. Pablo escribió en el contexto de los dones espirituales: “Hágase todo para edificación” (14:26). Más adelante señala que la persona que profetiza es mayor que la persona que habla en lenguas, a no ser que interprete. La razón es “que la iglesia reciba edificación” (14:5). Edificar es construir espiritualmente, promover el crecimiento espiritual.
Los dones de la palabra nunca deben interrumpir un servicio ni destruir lo que el Espíritu quiere obrar. Las descripciones bíblicas de los dones de la palabra pueden ayudar el potencial mensajero a reconocer si él armoniza con el Espíritu o si está obrando con presuntuosidad. La profecía, conforme escribió Pablo, es “para edificación, exhortación y consolación” (14:3). Las lenguas con interpretación es hablar “con revelación, o con ciencia, o con profecía, o con doctrina” (14:6). Así es como los dones de la palabra añaden significado al propósito de la reunión de los creyentes. Deben enriquecerse y mejorar en vez de restar valor a la ocasión de la reunión.
Una cuarta responsabilidad del comunicador es interpretar o callar. Pablo escribió: “Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación” (14:13). Hablar en lenguas en la congregación debe ser acompañado de interpretación. Aunque el Espíritu Santo puede dar la interpretación a través de otra persona, no el que habla en lenguas (14:27), es claro que quien habla tiene una especial responsabilidad de ser receptivo a la dirección del Espíritu. Así como se requiere de fe para rendirse al Espíritu y hablar en lenguas, también se requiere de fe para la interpretación.
En 1 Corintios 14:5, Pablo dice que la persona que profetiza es mayor (es decir, presta mayor servicio) que quien habla en lenguas, a no ser que interprete. Nuevamente es obvio que la persona que habla en lenguas tiene la responsabilidad de rendirse al Espíritu Santo para la interpretación, si esta fuera la intención del Espíritu.
La responsabilidad de quien oye
La responsabilidad en relación con los dones de la palabra no sólo descansa en quien habla, sino también en quien oye. Y una principal responsabilidad tiene que ver con la actitud del oyente. Pablo escribió: “No menospreciéis la profecía” (1 Tesalonicenses 5:20). El oyente no debe menospreciar los dones de la palabra o tomarlos a la ligera.
Dos factores pueden llevar a que se considere con desdén los dones de la palabra. Hay algunos que no están concientes de la clara enseñanza en las Escrituras respecto a las manifestaciones del Espíritu, arbitrariamente podrían rechazarlo por ignorancia. Por otra parte, los abusos en las enseñanzas de las Escrituras pueden resultar en escepticismo. Pablo se refirió a una situación en que la gente podría haber considerado locura el don de la palabra (1 Corintios 14:23). La falta de enseñanza es la razón de la existencia de ambos factores.
Los creyentes no deben rechazar lo auténtico por causa de lo falso. Deben entender que, por causa del factor humano, puede haber fanatismo. Dios reconoció la posibilidad de abuso y por eso en 1 Corintios 12—14 proveyó la enseñanza concentrada acerca de los dones espirituales. Los creyentes sinceros entenderán que esta enseñanza no tiene como fin prevenir o desanimar a los creyentes de responder al Espíritu, sino que la manifestación de Dios sea todo lo que Él quiere. Ellos reconocerán que debido a que la iglesia tiene tal necesidad de lo sobrenatural, Dios ha provisto abundante instrucción para hacerlo posible en un ambiente con las actitudes adecuadas.
Aunque los creyentes no deben apagar el Espíritu (1 Tesalonicenses 5:19 ni menospreciar la profecía (versículo 20), tampoco deben ser crédulos. En el mismo contexto donde encarece la aceptación de lo sobrenatural, Pablo escribe: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). Se pueden desarrollar dos extremos. Uno es rechazar todo como falsedad; el otro, aceptar todo como la voz de Dios. El creyente tiene la responsabilidad de determinar lo que es realmente inspirado por el Espíritu.
Es posible que el mensajero en alguna oportunidad use una expresión como: “Yo, el Señor, digo…” Aun así se debe aplicar la enseñanza de las Escrituras. El oyente debe probar lo que se dice. Pablo explica claramente que los oyentes deben juzgar o evaluar lo que se dice (1 Corintios 14:29,30).
No obstante esta evaluación debe hacerse sobre un buen fundamento. Algunos comparan la extensión de una interpretación con la extensión del mensaje en lenguas, y esto puede ser un fundamento defectuoso. Se debe notar que esta manifestación del Espíritu es interpretación, no traducción. La palabra griega que se traduce como interpretar significa explicar y también se traduce como exponer. Es la palabra que se usa respecto al ministerio de Jesús en el camino a Emaús, donde Él expuso las Escrituras a los dos discípulos (Lucas 24:27).
En Daniel 5:25-28 encontramos un ejemplo de interpretación. Las palabras que Belsasar vio sobrenaturalmente escritas en la pared eran “Mene, mene, tekel, uparsin.” La traducción exacta habría sido “numeración, numeración, pesado, división”. Pero Daniel comunicó la interpretación, no la traducción. Las 35 palabras que usó para interpretar las cuatro palabras escritas fueron: “MENE: Contó Dios tu reino, y le ha puesto fin. TEKEL: Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto. PERES: Tu reino ha sido roto, y dado a los medos y a los persas.” Por lo tanto, comparar la extensión de una interpretación con la extensión de las lenguas no es un fundamento válido para evaluar una interpretación.
Sin embargo, hay pruebas bíblicas que se pueden aplicar para evaluar los dones de la palabra. Primero, “nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús” (1 Corintios 12:3). Cuando el Espíritu Santo se manifiesta en los dones de la palabra, nunca habrá declaraciones que presenten a Jesús de una manera adversa. Respecto al ministerio del Espíritu, Jesús dijo: “El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 16:14). El Espíritu Santo siempre exalta a Jesús.
En los primeros años de la iglesia, como hoy, había falsos profetas. El apóstol Juan advirtió a los creyentes y les dijo como podían distinguir la verdad de la falsedad: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo” (1 Juan 4:1-3).
Otra prueba para evaluar los dones de la palabra es la Palabra de Dios. Toda la Escritura es inspiración del Espíritu Santo (2 Timoteo 3:16) y el Espíritu no contradice con los dones de la palabra lo que inspiró de manera escrita.
Desde el principio Dios advirtió que vendrían algunos diciendo que son enviados de Él (Jeremías 23:21). Profetizarían falsedad en nombre de Dios (14:14). Profetizarían de lo que hay en el corazón de ellos y no lo que el Espíritu les inspirara (23:16; Ezequiel 13:2,3). Irían al extremo de decir: “Él [Dios] dice”, para expresar sus propios pensamientos (Jeremías 23:31). Además de estos, puede haber sinceros creyentes que, con buena intención, hablen erróneamente porque no han aprendido a distinguir entre la dirección del Espíritu y la opinión personal.
Los dones de la palabra divinamente inspirados pueden soportar el escrutinio de las Escrituras, y las palabras que no son manifestaciones del Espíritu Santo necesitan la prueba de la Palabra de Dios. Quienes menosprecian los dones de la palabra necesitan recordar que hay falsificaciones de casi todo lo auténtico. Los oyentes tienen la responsabilidad de aplicar en amor la prueba de las Escrituras.
Una tercera prueba de los dones del Espíritu tiene relación con la Palabra que se proclama. Después del ascenso de Jesús, los discípulos, “saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían” (Marcos 16:20). Cuando se proclama la Palabra de Dios se espera que haya confirmación de la Palabra. Los dones de la palabra normalmente armonizarán con la unción que Dios ha dado a sus siervos para proclamarla.
Donde hay vida, puede haber problemas, y esto también se aplica a la vida espiritual. La solución no es desechar los dones de la palabra, ni apagar el Espíritu. La solución es eliminar la falta de comprensión (1 Corintios 12:1) mediante un cuidadoso y completo estudio de la Palabra de Dios. El resultado debe ser la ferviente oración que los creyentes se rindan de tal manera al Espíritu Santo que éste se manifieste a través de ellos. La iglesia enfrenta un perverso enemigo, pero la provisión sobrenatural de Dios para la victoria, incluidos los dones de la palabra, es más que suficiente.
Las poderosas palabras de Zacarías son tan poderosas hoy como lo fueron en su tiempo: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6).