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La persona y la obra del EspÍritu Santo

No con ejército, ni con fuerza

Por Stanley M. Horton

“Esta es palabra de Jehová a Zorobabel, que dice: No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6). ¿Fue esta palabra un nuevo inicio? ¿Estaba dando a entender Dios que ahora cambiaba su método de tratar con los hombres? No en absoluto. El Espíritu de Dios estaba activo en la Creación (Génesis 1:2) y ha continuado en actividad en cada etapa del plan de Dios.

En aquellas ocasiones en que Dios empleó ejércitos, aun entonces la victoria fue de Dios (Éxodo 17:9, 15). Aun las hazañas de Sansón fueron realizadas, no mediante el poder muscular superior, sino por la acción del Espíritu del Señor (Jueces 13:25; 14:6; 15:14). La visión de Zacarías únicamente atrae la atención a un principio fundamental que se aplica a todos los que son colaboradores con el Señor.

La visión que trae esta palabra es la quinta en una serie de ocho que fueron dadas para estimular a aquellos que estaban reconstruyendo el templo después de su destrucción por los babilonios. Las ocho son simbólicas y todas giran alrededor de la obra del Mesías. Dios quería que el pueblo viera que la obra de ellos para Él no era un asunto aislado, un suceso local. Lo que ellos estaban haciendo era parte del gran plan de Dios para la redención del mundo, un plan que hallaría su consumación en la obra del Redentor, nuestro Señor Jesucristo. Un breve vistazo de estas visiones nos ayudará a ver la quinta visión en su contexto apropiado.

La primera visión es de una compañía de jinetes entre los mirtos en un valle profundo (sugiriendo tal vez la seguridad del pueblo de Dios). Ellos son dirigidos por Uno en un caballo rojo. Uno que es más que cualquier hombre o ángel, Uno que es Cristo revelado como el Protector y Restaurador de su pueblo.

La segunda visión presenta cuatro cuernos de poderes mundiales (probablemente los mismos representados por la imagen de Daniel 2 y las bestias de Daniel 7: Babilonia, Medo-Persia, Grecia, y Roma),1 y cuatro carpinteros que representan los cuatro poderes mundiales que a su tiempo traen el juicio de Dios sobre éstos.

La tercera visión representa un varón (Cristo) con una cuerda de medir, indicando que por medio de Cristo vendrá el cumplimiento de las promesas de Dios de expansión, de paz, y de gloria para Jerusalén.

La cuarta visión muestra a Josué (Jeshúa, forma hebrea de Jesús), el sumo sacerdote de aquel tiempo (Esdras 2:2; 3:2), vestido con vestiduras viles, representando los pecados del pueblo. Aunque el adversario lo acusa, las vestiduras viles le son quitadas, el pecado es perdonado y limpiado, y se lo viste con vestiduras hermosas. Esto entonces es declarado la representación de la obra del Mesías, el “Renuevo”, esto es, el nuevo brote de la raíz de David (Isaías 11:1; 53:1; Jeremías 23:5). Significativamente, la quinta visión, que enfatiza al Espíritu como el Dador de poder (Hechos 1:8) sigue inmediatamente a esta representación del perdón de pecado. Las visiones restantes indican que los pecadores deben ser destruidos, que el pecado debe ser quitado, pero que los agentes que cumplirán esta función al fin de los tiempos, en los días de Zacarías estaban bajo control.2

Que la quinta visión indica de manera definida un paso más allá de la cuarta está sugerido por el hecho de que el mensajero angélico tuvo que elevar a Zacarías a una posición más alta y más aguda de conciencia para que recibiera la visión, y también por el hecho de que Zacarías encuentra que la quinta visión es difícil de entender.3 (Note, Zacarías no estaba dormido). Muchos comentaristas modernos parecen tener tanta dificultad como la que tuvo Zacarías y hay mucho desacuerdo en la interpretación de los detalles.4

La visión misma es difícil de describir. Zacarías ve un candelabro de oro sólido (las velas de cera no se usaban en los tiempos del Antiguo Testamento). El candelabro constaba de siete lámparas. Leemos que desde el depósito colocado encima había “siete tubos para las lámparas”. En realidad, en el hebreo dice “siete siete tubos para las lámparas”. Las interpretaciones que se le da a esto es que había un tubo para cada lámpara, siete en total;5 dos tubos para cada lámpara, 14 en total; o siete tubos para cada lámpara, 49 en total. El mejor uso en el idioma hebreo de la expresión “siete siete” es cuando se toma distributivamente, y la mayoría de los comentaristas que la toman de este modo ven en el uso de los siete tubos para cada lámpara un símbolo de plenitud de provisión.6 Sin embargo, la Biblia no dice la manera en que las lámparas estaban dispuestas. Es probable que las lámparas no estuvieran en una línea, como lo estuvieron en los candelabros del tiempo de Herodes. Lo más probable es que estuvieran en un círculo, debajo del depósito “sobre brazos de igual longitud, conectadas a intervalos regulares desde el eje central”.7 De este modo, las lámparas darían luz en todas direcciones.

Sin embargo, la belleza del candelabro de oro es perjudicada por el concepto de siete tubos para cada lámpara. La palabra “tubo” (hebreo, mutsakah) significa realmente un lugar para vaciar, un labio, o canalón. Los descubrimientos arqueológicos muestran que las lámparas del Antiguo Testamento eran sencillas. Eran pequeñas, poco profundas, con depósitos en forma de una concha con un labio en uno de sus lados, donde se colocaba el pabilo.

Mi sugerencia es que la expresión hebrea “siete siete” significa que el gran depósito colocado en la parte superior tenía siete labios. Desde éstos surgía una provisión continua de aceite hacia las lámparas que estaban dispuestas de tal manera que una lámpara estaba debajo de cada uno de estos labios. Entonces, el sentido distributivo se aplicaría también a las lámparas, de modo que cada lámpara tenía siete labios para pabilos, dando un total de 49 luces. Así, representaría no sólo plenitud de provisión, sino una plenitud de luz que se extendía a todo el mundo. Esto tiene relación directa con Hechos 1:8 y Mateo 24:14. La luz del evangelio debe seguir difundiéndose mediante el poder del Espíritu hacia las regiones más remotas del mundo hasta el fin del tiempo.

Claramente, el aceite es un tipo del Espíritu Santo y las lámparas son un tipo de aquellos a través de los cuales el Espíritu ilumina al mundo.8 Sin embargo, hay poco acuerdo entre los comentaristas respecto de lo que representan las lámparas. Algunos intérpretes modernos cortan arbitrariamente el pasaje entre los versículos 6ª y 10b y hacen que las siete lámparas sean los siete ojos de Dios.9 Esto haría que el candelabro represente a Dios o a Cristo y que las lámparas sean símbolos del Espíritu Santo. Pero esto difícilmente se ajusta al contexto,10 aun cuando Calvino consideró que las lámparas representaban las “gracias de los varios dones de su Espíritu”, y que el número siete indicaba perfección.11

Algunos comentaristas judíos y la mayoría de los dispensacionalistas modernos consideran que el candelabro es Israel, o Israel restaurado durante el Milenio, puesto que el libro de Apocalipsis usa siete candelabros separados para representar a las siete iglesias, y a través de ellas a la Iglesia como un todo.12

La mayoría, sin embargo, concuerda con Keil al tomar las lámparas encendidas como un “símbolo de la iglesia o nación de Dios, que hace que la luz de su Espíritu o de su conocimiento de Dios brille ante Dios y se proyecte en la noche de un mundo alejado de Dios”, reconociendo que el Nuevo Testamento con frecuencia se refiere a los discípulos o a la Iglesia como luces (Mateo 5:14; Lucas 12:35; Apocalipsis 1:20).13 O, mejor, como lo expone Leupold: “Cada lector atento puede hacer su propia aplicación de esta visión. El ‘candelabro’ era la iglesia de Dios, por cuanto provee luz a través de las siete lámparas, esto es – siendo siete el número de las operaciones divinas – mediante el poder que suple Dios. Este poder es el Espíritu. Una lámpara cumple su función cuando brilla con el poder del combustible o aceite que tiene. La iglesia cumple su función, no mediante el esfuerzo humano, sino dejando que el Espíritu la haga ser una luz para el mundo. En este punto nos vemos enfrentados con un asunto de fe: ¿Creeremos que Dios proveerá una adecuada porción del Espíritu? Esto es lo que nos lleva al lema: ‘No con ejército, ni con fuerza’”.14

Pero esto no es todo. En cada lado del candelabro hay un olivo con un tubo de oro a través del cual fluye el aceite. La palabra “tubos” (hebreo, tsanteroth) en el versículo 12 es diferente de aquella del versículo 2. Aquí, el significado es de un conducto. Sin embargo, la expresión hebrea puede tomarse con el significado de que el aceite en el depósito es provisto por los olivos, o que el aceite en el depósito realmente suple a los árboles (llamados los ungidos, hijos de aceite, en el versículo 14) con su aceite.15

En este último caso puede tomarse como que enseña que la luz es mantenida por Dios, no por el príncipe Zorobabel, o por su administración civil, y no por el sacerdote Josué, o su sistema religioso.

En el primer caso, también debe reconocerse que los “hijos de aceite” significa más que Zorobabel y Josué, más que la iglesia y el estado, y que representa más bien el ministerio principesco y sacerdotal que el Espíritu de Dios ordena, un ministerio que encuentra su plenitud únicamente en Cristo.16

En cualquier caso, podemos ver a Cristo como la verdadera fuente, el Dador del Espíritu Santo, “el gran depositario de los infinitos recursos de Dios”.17

Vale la pena desligarse de la dependencia del mundo. Su poderío y fuerza no son suficientes para cumplir la obra de Dios. (Poderío y fuerza son sinónimos que incluyen toda la fortaleza, el valor, la riqueza, la habilidad, el valor, la eficiencia y suficiencia del ser humano).18 No es extraño, entonces, que el Nuevo Testamento dé un énfasis tan frecuente a la necesidad de nuestra dependencia del poder del Espíritu.

Jesús establece un ejemplo cuando realiza milagros por el poder del Espíritu (Mateo 12:28). Sus palabras finales a sus discípulos prometieron poder “cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hechos 1:8). Todo el libro de los Hechos muestra lo que esto significa. Los apóstoles muestran con posterioridad que la Iglesia está edificada o construida por medio de los dones del Espíritu.

Una de las invitaciones finales de la Biblia es “El Espíritu y la esposa dicen: Ven” (Apocalipsis 22:17). Ciertamente, de principio a fin, la Palabra de Dios enseña que es “por mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos”.

Notas

1. Merrill F. Unger, Zechariah (Grand Rapids: Baker Book House, 1965), 37. Otros prefieren Asiria, Egipto, Babilonia, y Medo-Persia.

2. G.N.M. Collins, “Zechariah”,The New Bible Commentary, ed. F. Davidson (Grand Rapids: Wm. E. Eerdmans Publishing Co., 1053), 752, 753.

3. Thomas V. Moore, A Commentary of Zechariah (London, Banner of Truth Trust, 1961 reimpresión de 1856), 72. Unger, op. Cit., 70.

4. H.C. Leupold, Exposition of Zechariah (Grand Rapids: Baker Book House, 1965), 81.

5. John Calvin, Commentaries on the Twelve Minor Prophets, trans. John Owen (Grand Rapids: Wm. E. Eerdmans Publishing Co., 1950), Vol. V, 105. George Adam Smith, The Book of the Twelve Prophets (New York: Harper & Bros., 1928), 290.

6. T.T. Perowne, “Haggai and Zechariah”, Cambridge Bible (Cambridge: University Press, 1983), 86. David Baron, The Vision and Prophecies of Zechariah (London: Morgan & Scott, 1918), 130. Carl Friedrich Keil, The Twelve Minor Prophets, trans. James Martin (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans Publishing Co., 1954 reimpresión), 263. Unger, op. cit., 73. Moore, op. cit., 72.

7. Hinckley G. Mitchell, A Critical and Exegetical Commentary on Haggai and Zechariah (Edinburgh: T. & T. Clark, 1912), 162.

8. E. B. Pusey, The Minor Prophets (London: James Nisbet and Co. Ltd., 1907), 101.

9. Mitchell, op. cit., 163. H.L. Ellison, Men Spoke from God, 2ª ed. (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans Publishing Co., 1958), 129.

10. Leupold, op. cit., 85. Keil, op. cit., 265. Charles L. Feinberg, God Remembers (Wheaton, Illinois: Van Kampen Press, 1950), 72.

11. Calvin, op. cit., 108.

12. Unger, op. cit., 73, 80. Feinberg, op. cit., 69, 71. Baron, op. cit., 132, 135.

13. Keil, op. cit., 266, 275. Moore, op. cit., 71. Theo. Laetsch, The Minor Prophets (St. Louis: Concordia Publishing House, 1956), 428.

14. Leupold, op. cit., 88.

15. Ellison, op. cit., 129.

16. Keil, op. cit., 277. Ellison, op. cit., 129. Baron, op. cit., 135. Smith, op. cit., 290.

17. F.B. Meyer, The Prophet of Hope (London: Morgan and Scott, n.d.), 44.

18. Leupold, op. cit., 87.

 

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