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La persona y la obra del EspÍritu Santo

Él me glorificará: un estudio de la exaltación de Cristo por el Espíritu Santo

Por A. D. Millard

La enseñanza más desarrollada y amplia de Jesús sobre el Espíritu Santo que se haya registrado se encuentra en Juan 16. Él habló a sus discípulos de su sucesor, el Espíritu Santo, al cual se refirió como “otro Consolador” (uno llamado para ayudarnos). Un repaso de sus palabras revela muchas cosas significativas acerca de la persona y obra del Espíritu Santo, pero ninguna más destacada que las palabras que describen la exaltación de Cristo por el Espíritu Santo. En un análisis de la obra del Espíritu Santo, en Juan 14 a 16, resulta de inmediato un marco cristológico de referencia:

Con relación a Cristo: la obra del Espíritu Santo de testificar (15:26) y de glorificar (16:14) se refiere a la persona de Cristo.

Con relación a los creyentes: la obra del Espíritu Santo de enseñar (14:26), guiar (16:13), hacer saber (16:13,15), hacer recordar (14:26) se refiere a Cristo y su reino.

Con relación al mundo: la obra del Espíritu Santo de redargüir de pecado, de justicia y de juicio (16:8) se refiere a Cristo y sus requerimientos.

Es evidente que en la triada de personalidades con que el Espíritu Santo está relacionado, la persona de Cristo es la principal y su obra a favor de cada uno de los elementos humanos se relaciona con el Reino y los requerimientos de Cristo. En este contexto examinamos el tema de la exaltación de Cristo por el Espíritu Santo.

La palabra traducida “exaltar” en el Nuevo Testamento se basa en la palabra griega hupsoo, que lleva la idea de elevar o levantar. Se usa tanto con referencia a la crucifixión de Cristo (Juan 3:14; 8:28; 12:32,34) como a su resurrección (Hechos 2:33; 5:31 y Filipenses 2:9). Cuando la Biblia usa la palabra con relación a los hombres generalmente va conectada con actitudes de orgullo y humildad (compare Lucas 1:52; Mateo 23:12; Santiago 1:9).

El acto de exaltación de Cristo atribuído al Espíritu Santo se expresa más directamente por la palabra glorificar. “Él me glorificará” (Juan 16:14). La misma palabra se usa para expresar la exaltación del Padre por Cristo, y la exaltación del Hijo por el Padre (Juan 17:4,5). Se usa de manera sistemática con referencia a Dios y requiere un estudio especial de su uso con referencia a Cristo. Trasmite de manera sistemática la idea de exhibir excelencia, o de revelar lo que de modo inherente se halla en el carácter de la persona a quien se le asigna. En hebreo es kabod, una palabra que está conectada etimológicamente con la palabra para “peso”, denotando substancia medida por su peso. Doxa es una de las varias palabras en el Nuevo Testamento griego que conlleva la idea fundamental de exponer o revelar aquello que constituye notable excelencia.1

Íntimamente conectada con la idea de “revelar” está en la palabra doxa la idea de alabanza. De allí que nuestra “doxología” en el himnario cristiano sea apropiadamente “A Dios el Padre celestial… unidos todos alabad”. También es digno de notar que la revelación de Jesús como el Cordero sobre el trono en el cielo hace surgir la doxología de los redimidos en alabanza: “El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza” (Apocalipsis 5:12).

Por tanto, la obra del Espíritu Santo en revelar a Cristo está íntimamente relacionada con glorificarle. A su vez, el ser humano que sea beneficiado con la revelación de Jesús, no puede hacer otra cosa sino glorificarlo.

El Espíritu Santo y la glorificación de la persona de Cristo

Con buen entendimiento Andrew Murray señala que hay una doble glorificación del Hijo. Una es la que hace el Padre, la otra la hace el Espíritu Santo. Por el Padre, Él es glorificado en Dios mismo (Juan 17:5); por el Espíritu Santo, en nosotros. Jesús habla de ambas en el Evangelio de Juan. Acerca de su glorificación en el cielo, Jesús dijo: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo” (Juan 17:5). Respecto de su glorificación en la tierra, Él dijo: “Él me glorificará” (Juan 16:14). Tal como Jesús había venido para revelar y glorificar al Padre, así el Espíritu Santo ha venido para revelar y glorificar al Hijo: (1) “Él dará testimonio acerca de mí” (Juan 15:26), y (2) “Él me glorificará” (Juan 16:14). La glorificación de Jesús, hecha por el Espíritu Santo, es en el pasado, en el presente, y en el futuro.

A. El Espíritu Santo glorificó a Cristo en su vida terrenal. En su libro acerca del Espíritu Santo en la teología cristiana, George S. Hendry señala que en el Nuevo Testamento el Espíritu Santo se menciona en los momentos decisivos de la vida y el ministerio de Jesús: en su concepción, su bautismo, su tentación, su primera predicación, su expulsión de demonios, y aun en su muerte y resurrección.2 El Espíritu Santo es el agente creativo y santificador en la milagrosa concepción y en el nacimiento de Jesús (Mateo 1:20; Lucas 1:35). En el bautismo de Jesús, el Espíritu descendió sobre Él, ungiéndole para su trabajo como Profeta, Sacerdote, y Rey.3 En el ministerio de Jesús, el Espíritu Santo testificó continuamente de la divinidad de Jesús. En su muerte en la Cruz, Hebreos 9:14 revela que fue “mediante el Espíritu eterno” que Él “se ofreció sin mancha a Dios”. Su resurrección se cumplió mediante la obra vivificante del Espíritu Santo (Romanos 8:11), y su ascensión está conectada inseparablemente con el derramamiento del Espíritu: “si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros” (Juan 16:7). De este modo, el Espíritu Santo estaba siempre presente, obrando a su favor, ungiéndolo y glorificándole a través de su vida y ministerio terrenal.

B. El Espíritu Santo glorificó a Cristo en Pentecostés. Hendry declara acertadamente que el derramamiento del Espíritu es un testimonio de la glorificación de Jesús.4 En Juan 7:39 está declarado de manera explícita: “Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Juan 7:39). Por su naturaleza, el bautismo del Espíritu Santo testifica de la glorificación de Jesús en el cielo. Simultáneamente, su glorificación en la tierra es efectuada en los creyentes y por medio de ellos. Algunos han acusado al movimiento pentecostal de tener un énfasis exagerado en el Espíritu, por sobre el de Cristo. Las Escrituras testifican lo opuesto. El hecho del bautismo con el Espíritu Santo, administrado por Jesús mismo (Juan 1:33), da testimonio de la glorificación de Jesús, y nadie puede dar mayor reconocimiento de la glorificación de Jesucristo que aquellos que han sido bautizados con el Espíritu. Nadie puede dar mayor expresión de la vida de Jesús, de su gracia y de sus dones, que aquellos que han recibido el bautismo del Espíritu Santo. Dentro de los templos de sus cuerpos, el Espíritu Santo glorifica a Jesús, haciéndolo el objeto de la adoración de ellos. “Él me glorificará.”

C. El Espíritu Santo glorifica a Cristo por medio de la Iglesia. El libro de Hechos relata la historia de la iglesia primitiva. La figura central del libro de Hechos es el Cristo resucitado que continúa su ministerio (“hacer y enseñar”, Hechos 1:1) por medio de su Iglesia dotada de poder del Espíritu. Myer Pearlman expresó con precisión: “Después de la ascensión, el Espíritu llegó a ser el Espíritu de Cristo en el sentido de ser impartido a otros.”5 El repetido énfasis en la resurrección de Cristo es el corazón del mensaje de Hechos: “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos” (Hechos 2:32). “El Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos” (Hechos 3:15). “A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese” (Hechos 3:26). “Hablando ellos… y anunciasen en Jesús la resurrección de entre los muertos” (Hechos 4:1-2). “Sea notorio a todos vosotros… que en el nombre de Jesucristo... quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano” (Hechos 4:10). Por tanto, una iglesia pentecostal continúa el ministerio de liberación comenzado por Jesús (Lucas 4:18) y sirve como la más demostrable evidencia de la resurrección de Cristo. Como una confirmación del hecho de la resurrección de Jesús y de su exaltación a la diestra del Padre en el cielo, el Espíritu Santo está obrando en y por medio del cuerpo terrenal de Cristo: la Iglesia. “Él dará testimonio acerca de mí”(Juan 15:26). “Él me glorificará” (Juan 16:14).

D. El Espíritu Santo glorifica a Cristo en su reinado. La gloria de Cristo está conectada inseparablemente con su trono. Es en la presencia de los “siete espíritus de Dios” que tiene lugar en el cielo la revelación de Jesús en esplendor y gloria (Apocalipsis 4:5-11). Es en la presencia de los “siete espíritus de Dios” que se postran los redimidos delante de Él y cantan un cántico nuevo: “Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios” (Apocalipsis 5:9-10).

En preparación para la coronación de Cristo, el Espíritu se une en concierto con la Esposa (la Iglesia) en un último llamado al “que quiera”, antes de la cena de bodas del Cordero. De este modo, el Espíritu glorifica a Jesús al llamar y preparar a su Iglesia para la coronación de Cristo como Rey de reyes y Señor de señores (Apocalipsis 19:16).

El Espíritu Santo glorifica a Cristo en los creyentes

Lo que Jesús dijo acerca del ministerio del Espíritu Santo a los creyentes son palabras de pedagogía: “enseñará” (Juan 14:26), “guiará” (16:13), “lo hará saber”, y “os recordará” (14:26). Ellas implican que las personas llenas del Espíritu han de ser instruidas y disciplinadas por el Espíritu, por todo lo que esa pedagogía implica. Pero el tema de la enseñanza del Espíritu es Cristo y su Reino, con relación a los tres aspectos del tiempo:

A. Con referencia al pasado: “Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26). La enseñanza del Espíritu estaría anclada en lo que Jesús ya les había enseñado. La revelación del Espíritu y la Palabra de Dios nunca se contradicen. La Palabra de Dios es el marco de referencia para la pedagogía del Espíritu.

B. Con referencia al presente: “Él os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13). “Él dará testimonio acerca de mí” (Juan 15:26). El Espíritu Santo da testimonio de la verdad concerniente a Jesucristo. R. A. Torrey lo ha expuesto muy bien: “Es solamente por medio del testimonio del Espíritu Santo que los hombres llegan a un verdadero conocimiento de Cristo (1 Corintios 12:3). Nadie exalta a Cristo como lo hace el Espíritu Santo. Nunca entenderemos a Cristo ni veremos su gloria hasta que el Espíritu Santo nos lo dé a conocer. Meramente el escuchar sermones y estudiar la Biblia nunca conseguirán que veamos ‘las cosas de Cristo’. El Espíritu Santo debe ser quien nos lo muestre. Lo que el Espíritu Santo más quiere es revelar a Jesucristo a los hombres. Permita que Él lo haga. Cristo aparece de manera tan diferente cuando el Espíritu lo glorifica, tomando ‘las cosas de Cristo y mostrándolas a nosotros’.”6

Es importante notar la afinidad y la relación del Espíritu con la verdad. En la actualidad el hombre busca experiencias religiosas sin verdad, pero el Espíritu Santo no guía a experiencia alguna sin que haya un fundamento de verdad revelada. Jesús dijo que la verdadera adoración es en espíritu y en verdad (Juan 4:23).

Aun más, para honrar a Cristo, el Espíritu Santo produce fruto en los creyentes de semejanza a Cristo (Romanos 14:17). R. A. Torrey ha expresado este hecho con verdadera agudeza espiritual:

“Toda verdadera belleza de carácter, toda verdadera semejanza a Cristo en nosotros, es la obra del Espíritu Santo, es fruto de Él. Es el Espíritu que lo produce, no nosotros... Que quede en claro, y para siempre, que la carne no puede producir este fruto, que uno no puede lograr estas cosas por esfuerzo propio, que son ‘el fruto del Espíritu’.”7

C. Con referencia al futuro: Su ministerio de enseñanza se relaciona con “las cosas venideras”. Las personas instruidas por el Espíritu son proféticamente alerta. Una de las características notorias respecto del derramamiento del Espíritu Santo en los comienzos de siglo pasado fue el énfasis hecho en el inminente regreso de Cristo. Con frecuencia se ha registrado que en la declaración profética el Espíritu habló de la cercanía del fin siempre cuando fue derramado el Espíritu. En la pedagogía espiritual este es un énfasis bíblico: “Os hará saber las cosas que habrán de venir” (dentro del marco de la palabra profética revelada de Dios, la que exalta a Jesús como el Rey que pronto viene).

La glorificación que el Espíritu hace de Cristo en relación con el mundo

Lo que Jesús dijo acerca del ministerio del Espíritu Santo a los creyentes son palabras de pedagogía: “enseñará” (Juan 14:26), “guiará” (16:13), “lo hará saber”, y “os recordará” (14:26). Ellas implican que las personas llenas del Espíritu han de ser instruidas y disciplinadas por el Espíritu, por todo lo que esa pedagogía implica. Pero el tema de la enseñanza del Espíritu es Cristo y su Reino, con relación a los tres aspectos del tiempo:

A. Con referencia al pasado: “Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26). La enseñanza del Espíritu estaría anclada en lo que Jesús ya les había enseñado. La revelación del Espíritu y la Palabra de Dios nunca se contradicen. La Palabra de Dios es el marco de referencia para la pedagogía del Espíritu.

B. Con referencia al presente: “Él os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13). “Él dará testimonio acerca de mí” (Juan 15:26). El Espíritu Santo da testimonio de la verdad concerniente a Jesucristo. R. A. Torrey lo ha expuesto muy bien: “Es solamente por medio del testimonio del Espíritu Santo que los hombres llegan a un verdadero conocimiento de Cristo (1 Corintios 12:3). Nadie exalta a Cristo como lo hace el Espíritu Santo. Nunca entenderemos a Cristo ni veremos su gloria hasta que el Espíritu Santo nos lo dé a conocer. Meramente el escuchar sermones y estudiar la Biblia nunca conseguirán que veamos ‘las cosas de Cristo’. El Espíritu Santo debe ser quien nos lo muestre. Lo que el Espíritu Santo más quiere es revelar a Jesucristo a los hombres. Permita que Él lo haga. Cristo aparece de manera tan diferente cuando el Espíritu lo glorifica, tomando ‘las cosas de Cristo y mostrándolas a nosotros’.”6

Es importante notar la afinidad y la relación del Espíritu con la verdad. En la actualidad el hombre busca experiencias religiosas sin verdad, pero el Espíritu Santo no guía a experiencia alguna sin que haya un fundamento de verdad revelada. Jesús dijo que la verdadera adoración es en espíritu y en verdad (Juan 4:23).

Aun más, para honrar a Cristo, el Espíritu Santo produce fruto en los creyentes de semejanza a Cristo (Romanos 14:17). R. A. Torrey ha expresado este hecho con verdadera agudeza espiritual:

“Toda verdadera belleza de carácter, toda verdadera semejanza a Cristo en nosotros, es la obra del Espíritu Santo, es fruto de Él. Es el Espíritu que lo produce, no nosotros... Que quede en claro, y para siempre, que la carne no puede producir este fruto, que uno no puede lograr estas cosas por esfuerzo propio, que son ‘el fruto del Espíritu’.”7

C. Con referencia al futuro: Su ministerio de enseñanza se relaciona con “las cosas venideras”. Las personas instruidas por el Espíritu son proféticamente alerta. Una de las características notorias respecto del derramamiento del Espíritu Santo en los comienzos de siglo pasado fue el énfasis hecho en el inminente regreso de Cristo. Con frecuencia se ha registrado que en la declaración profética el Espíritu habló de la cercanía del fin siempre cuando fue derramado el Espíritu. En la pedagogía espiritual este es un énfasis bíblico: “Os hará saber las cosas que habrán de venir” (dentro del marco de la palabra profética revelada de Dios, la que exalta a Jesús como el Rey que pronto viene).

La glorificación que el Espíritu hace de Cristo en relación con el mundo

“Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). El Espíritu Santo honra a Cristo en forma negativa como también positivamente.8 Él produce convicción en los inconversos concerniente a las reclamaciones de Cristo con relación a:

A. Pecado. El pecado consiste fundamentalmente en no aceptar la provisión divina de salvación. La obra del Espíritu Santo es convencer al mundo de pecado, “porque no creen en mí”, dijo Jesús (Juan 16:9). Es debido a las reclamaciones de Cristo que el Espíritu Santo ejerce poder de convicción sobre los inconversos.

B. Justicia. Por medio de Cristo Dios revela sus normas de justicia, y en Él los pecadores se presentan justos ante Dios. Es por la justicia de Cristo que el Espíritu Santo produce convicción en los inconversos.

C. Juicio venidero. Los que rechazan a Cristo y le deshonran tendrán el mismo juicio de Dios que el “príncipe de este mundo”, quien ha de ser juzgado (Juan 16:11). Es por las reclamaciones de Cristo que el Espíritu Santo invoca convicción en cuanto al destino eterno del hombre.

Resumen

Bien sea a la Iglesia o al mundo, el Espíritu Santo no tiene otro mensaje sino el de Cristo Jesús. La exaltación de Jesús no tan solamente tuvo que ver con la persona de Cristo, sino que se ve en su revelación de Cristo al hombre. A la Iglesia Él está revelando a Cristo en nueva belleza y nueva gloria. Al mundo Él está revelando el pecado, la justicia, y el juicio en su relación con Jesucristo.

Notas

1. Everett F. Harrison, Baker’s Dictionary of Theology (Grand Rapids: Baker Book House, 1960), 236.

2. George S. Hendry, The Holy Spirit in Christian Theology (Philadelphia: Westminster Press, 1956), 19.

3. Myer Pearlman, Knowing the Doctrines of the Bible (Springfield, Mo.: Gospel Publishing House, 1937), 283.

4. Hendry, loc. cit.

5. Pearlman, loc. cit.

6. R. A. Torrey, What the Bible Teaches (New York: Fleming H. Revell Co., 1933), 246.

7. Ibid., 253.

8. G. Campbell Morgan, Living Messages of the Books of the Bible (New York: Fleming H. Revell Co., 1912), 159.

 

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